Capítulo 2
Gala
Siempre he tenido grandes expectativas para el verano.
El verano es la época de correr hasta que no puedas más, de dormirte bajo el sol, de helados que te dejan las manos pegajosas.
Incluso en Reino Unido, con sus nubes grises y su característico frío durante todo el año, el verano es sinónimo de libertad.
Quizá es porque llevo dos veranos sin pisar el país que tanto me ofrecía antaño. Quizá es porque eso me hace recordar a la única persona que siempre creyó en mí. Quizá, precisamente por ese motivo, he decidido volver. Por ese motivo y, claro está, el concurso.
«Escritores, esta es vuestra oportunidad», se leía en letras grandes nada más entrar a la página de la editorial Blissbridge. No hizo falta mucho más para conquistarme.
Retiro para escritores: un concurso literario diferente
¿Quieres disfrutar de una aventura sin precedentes?
¿Estás deseando publicar tu libro? ¡Esta es tu oportunidad!
Disponemos de nuevas fechas para nuestro retiro de escritores anual, ¡pero con sorpresa incluida!
En esta ocasión, ocho personas serán seleccionadas para pasar cinco semanas en el acogedor Bibury, donde no solo podrán escribir rodeados de naturaleza, sino también conseguir publicar con nuestra editorial.
Al final del retiro, los autores deberán entregar un borrador de su obra, de entre las cuales seleccionaremos una ganadora.
¿Quieres saber más? Consulta las bases…
Publicar. Una novela. Con Blissbridge. Una de las mayores editoriales del país.
¡Era el mayor sueño de mi vida! Por eso no dudé ni un segundo en inscribirme y —todavía no sé muy bien cómo ni por qué— me escogieron.
A mí, de entre todas las personas del mundo, me escogieron a mí .
Yo, que tenía un currículum literario prácticamente nulo y que había enviado un relato de dos páginas bastante pobre.
Ese es el cúmulo de circunstancias que me han traído hasta aquí: el coche de un desconocido que huele fatal y que, aún encima, se ha perdido.
—Estoy seguro de que era por aquí —repite por millonésima vez, cuando ya estoy a punto de tirarme de los pelos.
—Déjalo, Brad, para donde puedas.
«Prefiero apañármelas con Google Maps», las palabras se me quedan en la punta de la lengua, deseosas de salir.
—Bart —me corrige.
Apenas murmuro un «hum» sin mucho ánimo como respuesta. Bart detiene el coche en mitad de la nada.
—¿Seguro que no quieres que te acerque? —insiste él.
Voy a tardar más en coche que andando.
Lo cual, pasadas dos horas, compruebo que es mentira.
Tengo una raya de cobertura y me estoy quedando sin batería.
No hay ni una sola persona en diez kilómetros a la redonda.
Aún encima, arrastrar la maleta por el medio del campo no es nada agradable.
Aunque mi madre provenga de un pueblecito, me he criado casi toda mi vida en Madrid; soy una chica de ciudad, no hay ninguna duda.
Un coche pasa a mi lado y me pita. Me giro con el puño alzado, dispuesta a cantarle las cuarenta, cuando me percato de que se trata de una chica más o menos de mi edad que me mira por encima de sus gafas de sol.
—¿Te has perdido?
—No —es mi primera respuesta—. Bueno, en realidad sí. Un poco.
—¿Un poco? —Arquea las cejas—. ¿Adónde vas?
—Bibury.
La desconocida entrecierra los ojos.
—¿No irás por casualidad al retiro de escritores?
No me lo puedo creer. Mi salvación.
—Sí, justo —respondo alegre—. ¿Tú también?
—Sube, que te llevo —contesta en su lugar, lo que me tomo como un «sí».
Una vez en el coche, veo las cosas con perspectiva. Lo que antes eran hectáreas infinitas de campo ahora son un magnífico paisaje con el que deleitarse. Me acomodo en el asiento del copiloto con las energías renovadas.
—Soy Naisha, por cierto —se presenta la chica.
La observo con detenimiento. Quizá es incluso más joven que yo, aunque solo un par de años.
Los rayos de sol que se cuelan por la ventanilla caen sobre su piel morena, iluminando sus suaves facciones.
Tiene el cabello recogido en una coleta que parece hecha a toda prisa, al igual que su atuendo.
Un par de leggings y una sudadera corta, como quien sale a correr.
—¿Y tú eres…? —dice ella pasados unos minutos.
Sacudo la cabeza para centrarme. Es guapa, pero perderme en su rostro como si estuviera esculpido por los dioses es de idiotas. Yo no soy una idiota. Además, no he venido aquí para ligar, es lo último que necesito. Si pretendo terminar un manuscrito después de años necesito concentración absoluta.
—Ejem. —Carraspeo, aclarando mis pensamientos—. Gala, perdona. ¿También eres escritora?
—Oh, sí, escribo unas listas de la compra que te mueres. Tomates, lechuga… No veas. Shakespeare está a puntito de levantarse de su tumba.
Suelto una carcajada. Esta chica me cae bien, punto para ella.
Naisha conduce en silencio hasta Bibury, que es exactamente como me esperaba: un pueblecito británico adorable en el que el Tesco más cercano se encuentra a media hora.
Sí, lo he mirado. Naisha recorre el pueblo y me voy fijando en las casas de piedra y el verde de los árboles.
Al final de la carretera principal gira a la izquierda y se mete por un sendero más estrecho.
Ya empiezo a distinguir el tejado de la casa donde tendrá lugar el retiro.
«Un lugar de ensueño», prometía el anuncio. Y, sin ninguna duda, lo es.
—Si quieres puedes ir bajando mientras yo aparco —propone Naisha—. Tus compañeros deben de estar esperando en el jardín.
«¿Tus compañeros…?», quiero preguntar. Sin embargo, me puede la emoción y me apeo del coche a gran velocidad. Mi maleta prácticamente vuela mientras me encamino hacia el jardín. Tan solo reduzco la velocidad al escuchar una voz cantarina.
—¡Eh, mirad! ¡Alguien nuevo!
Distingo un grupo de gente charlando, una de las chicas con un llamativo cabello pelirrojo.
A medida que me acerco, la persona que se encuentra al lado de la susodicha se da la vuelta y mi corazón se salta un latido.
Está demasiado lejos, no puede ser él… Mis ojos me engañan.
Llevo tanto tiempo sin verlo que tengo alucinaciones. Eso es.
Camino decidida, más fingiendo que con verdadera fortaleza, hasta que mis peores temores se confirman.
Se ha cortado el pelo. Ese es el primer pensamiento que cruza mi mente.
Se ha cortado el pelo y sus mechones de color castaño claro ya no le cubren los ojos, lo que le da un aspecto más…
adulto. Y eso me aterra. Me fijo en cada pequeño detalle a pesar de la distancia: su mandíbula ligeramente más marcada, sus labios entreabriéndose con asombro, sus ojos almendrados…
Finjo que toda esta situación no me inquieta y me abro paso por el jardín con dignidad.
Quiero morirme aquí mismo.
—¡Me parece que eres la última! —exclama la pelirroja, entusiasmada.
Pero solo tengo ojos para él. Kyle Walker. La persona en la que más confiaba y la persona que dejó de confiar en mí. Trago saliva y elevo la cabeza, muy digna.
—Aún queda una chica… —empiezo a decir, refiriéndome a Naisha.
Nada más pronunciar esas palabras, la susodicha aparece con una libreta en la mano y un bolso minúsculo colgando de su hombro.
—Lamento muchísimo el retraso —se disculpa Naisha mientras se recoloca las gafas de sol—. ¡Bienvenidos al retiro de escritores de Blissbridge! Solo por confirmar, necesito vuestra identificación y demás. —Señala la casa tras ella—. Vamos pasando y rellenáis la ficha en el recibidor.
Solo entonces reparo en que en ningún momento admitió que viniera específicamente al retiro de escritores para escribir .
Naisha echa a andar en dirección a la entrada, seguida muy de cerca por la pelirroja y un niño que parece recién salido del colegio.
Detrás de ellos, un señor de bigote y aspecto poco amigable y una señora más mayor de pelo canoso les siguen el ritmo.
Una chica de mi edad teclea algo en su móvil antes de imitar a los demás, mientras que un muchacho de tez oscura le da una última calada a su cigarro.
Al final, solo quedamos Kyle y yo. Porque siempre ha sido así, porque en algún momento estábamos destinados a encontrarnos. Kyle y Gala. Gala y Kyle. Dos astros errantes que siempre supieron que iban a colisionar. Si creímos que la explosión sucedió hace años, no podíamos estar más equivocados.
¿Debería hablar? ¿Hacerme la interesante?
No, no tiene ningún sentido. Él me leerá con la facilidad que antaño, sabrá que mi vida está construida con la misma firmeza que un castillo de naipes.
¿Intento rememorar viejos tiempos? ¿Hacer algún chiste?
No, huirá en cuanto abra la boca. «¿Por qué no pruebas con algo más sencillo?
», me incito a mí misma. Lo que sucede es que nada es sencillo con Kyle.
—Hola —me atrevo a decir.
El chico abre los ojos con sorpresa. No se esperaba que fuera a dirigirle la palabra, puede que yo tampoco esperase hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta cómo me marché la última vez que nos vimos.
—Hola.
Hace dos largos años que no lo veo. Todavía lo sigo en Instagram, claro, así que aprovecho para cotillear de vez en cuando.
No hay muchas novedades: continúa trabajando en el restaurante de sus padres, continúa yendo a las mismas cafeterías a las que iba conmigo, continúa saliendo de vez en cuando con su grupo de amigos del barrio.
Parece que no ha cambiado nada y, a la vez, que ha cambiado demasiado.
No reconozco a la persona que tengo frente a mí.
—Así que sigues escribiendo, ¿eh? —suelto para romper el hielo.
—Me imagino que tú sí —responde mordaz. No se me pasa por alto cómo esquiva mi pregunta, así que entrecierro los ojos. Tiene el ceño fruncido, tanto como lo tenía aquel día. Me estremezco—. Deberíamos pasar.
Este no es Kyle Walker. No es él, me lo han cambiado. Yo lo he cambiado. Me muerdo el labio apenas una décima de segundo.
—Sí, deberíamos. —Su tono es seco, a medio camino entre la educación británica y querer mandarme a la mierda.
No quiere nada de mí, capto la indirecta.
Kyle es el primero en romper el contacto visual y unirse al resto de nuestros compañeros.
Suspiro, derrotada. Esta no era la idea que tenía en mente para un retiro en medio del campo.
Gala Hughes, espabila. Eres más que esto .
Alzo la barbilla con superioridad —puro teatro, estoy a una actuación más de un Goya— y decido que nadie, ni siquiera Kyle Walker, va a estropearme esta experiencia.
Cuando entramos en la casa, Naisha les está enseñando las instalaciones.
Se trata de una construcción de piedra de dos plantas, muy iluminada gracias a los grandes ventanales del salón.
La disposición del mobiliario le da un toque de casita de cuento.
Los sofás rodean la chimenea que, a su vez, se encuentra enmarcada en una pared provista de cuadros campestres.
Hay varias estanterías repletas de libros y una enorme mesa de comedor con un centro floral.
Huele a limpio, incluso diría que a recién estrenado, y me encanta.
—Según el formulario que rellenasteis, hay una persona vegetariana y una intolerante a la lactosa, ¿me equivoco?
—Naisha se ha colocado las gafas sobre la cabeza para leer sus notas—.
No os preocupéis, enseguida os traeré la compra.
—Su voz denota cierto retintín—. Una vez a la semana me tendréis aquí con víveres o para informaros de cualquier novedad. ¿Alguna petición especial?
La chica pegada al móvil le comenta algo a lo que no le presto demasiada atención. Mis ojos vagan por la escalinata de madera. Ya me estoy imaginando cómo serán las habitaciones cuando la voz de Naisha me trae de vuelta a la realidad.
—Si eso es todo, ¿os parece si rellenamos la ficha? Es solo un trámite.
Hago lo que nos pide intentando poner la mayor distancia entre Kyle y yo. Naisha recoge los papeles y nos indica que subamos al piso superior. Las habitaciones son prácticamente idénticas, por lo que nos las enseña muy por encima y nos permite que las repartamos por nuestra cuenta.
—Os dejo instalándoos —dice cuando ya tiene un pie en la escalera—. Dentro de una hora o así volveré con la compra.
Varios de los presentes se ponen a charlar o directamente a adjudicarse dormitorios. Dejo mi maleta a un lado para que no estorbe y corro escaleras abajo.
—¡Naisha!
La chica se detiene bajo el umbral de la puerta.
—¿Necesitas que compre algo?
—No, no. —Aunque quizá sí—. O sea, yo soy la vegetariana.
Me observa de hito en hito.
—Enhorabuena.
—¿Qué? —replico—. Gracias, supongo. Bueno, que lo que quería decir es que no sabía que eras la organizadora de todo esto. Pensaba que eras una escritora más.
Naisha chasquea la lengua.
—En realidad soy la becaria. Cobro poco y tengo que venir a comprobar que no os habéis matado una vez a la semana. Mi trabajo soñado —ironiza.
Contengo una risa. En definitiva, me cae bien esta chica.
—¿Me matas si te digo que te fijes bien en las etiquetas de la comida? A veces pone que es vegetariano y no lo es.
—Pues sí, te mato —contesta—. Nos vemos en una hora.
Al menos tengo la impresión de que le he caído bien. A la persona que está en el piso de arriba, mi antiguo mejor amigo, sé que no.