Todo aquello que soñamos ser Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

No digo nada más. Vuelvo a centrar mi atención en lo que me rodea con los labios ligeramente curvados.

Me fascina que todos los que estamos aquí vayamos a volver a casa con una nueva creación en nuestras manos.

Probablemente cada uno escriba a su manera, con un sinfín de ideas deseando salir a la luz y unos resultados que aún no puedo ni llegar a imaginar.

La ilusión se instala en mi pecho en forma de calor y el cosquilleo de mis dedos se intensifica.

Aún no tengo muy claro sobre qué voy a escribir.

Ni siquiera le he dado vueltas al asunto pues, de haberlo hecho, es probable que ese arrebato de valentía no hubiera tenido nada que hacer contra todos los miedos que me acechan cuando me permito pensar en el tema.

Prefiero creer que, en cuanto ponga un pie en la casa y me enfrente a mi primera hoja en blanco después de tanto tiempo, la magia no haya desaparecido. No las tengo todas conmigo, pero…

Sacudo la cabeza. No, Kyle. No pienses. Actúa.

—Y, bueno… ¿cuál sido la razón por la que te has animado a apuntarte a esto? —Candy vuelve a romper el silencio, cosa que le agradezco enormemente. Su sonrisa no se desvanece ni un segundo.

—Supongo que por lo mismo que los demás.

—Es obvio, ¿no? Tiene sentido que todos tengamos un punto en común.

—¿Entonces? —Enarco una ceja.

—Me refiero a la verdadera razón por la que estás aquí. Ya sabes, esa por la que escribes más allá de un premio.

La pelirroja me mira esperando una respuesta ingeniosa.

Y no la culpo, la verdad. ¿Cómo podría hacerlo?

Los artistas ansiamos más de todo lo que ya nos brinda este mundo.

Buscamos magia en una realidad donde cuesta creer en ella porque nadie ha podido demostrar su existencia todavía.

Así es como nos vemos obligados a crearla nosotros mismos, a inventárnosla a base de arte.

—Me gusta… —Lo medito, claro que lo medito. Pero cuando lo pienso mi cabeza me da vueltas. Se vuelve incontrolable. Me marea. Tengo tantas razones por las que estoy aquí que no sabría ni por dónde empezar—. Me gusta plasmar en papel todo aquello que puedo visualizar en mi mente.

Es como si pudiera convertir lo irreal en algo tangible.

—A mí también —admite con ilusión. Le brillan tanto los ojos que me acabo preguntando si los míos consiguen transmitir lo mismo—. ¿Te gustaría ganar?

Me encojo de hombros.

—Es tentador, pero no mi prioridad.

De repente, el más pequeño del grupo se une a nosotros con una confianza abrumadora.

Se parece tanto a mi hermano pequeño que poco más y pego un respingo.

Tiene el mismo cabello rizado, alborotado y oscuro.

Sus ojos son igual de grandes, igual de expresivos.

Lo miro y parece que he regresado a casa. O que no me he llegado a marchar.

—Escuchadme. —Llama nuestra atención moviendo los brazos rápidamente—. ¿Y si todo esto del retiro es una trampa para acabar con nosotros? Hace tiempo vi una película parecida y no me sorprendería que vayamos muriendo uno a uno en extrañas circunstancias.

Solo con eso ya sé que vamos a llevarnos bien, sobre todo porque es justo lo que yo he pensado de camino.

—Soy Tom, por cierto.

—Tienes una imaginación abrumadora, chavalín —le aseguro. Igual que la mía

Su rostro se contrae.

—¿Cómo que chavalín? ¡Si tengo dieciocho años!

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Tranquilo, fiera, solo estaba bromeando.

—¿Cuántos tienes tú?

—Veinticuatro.

—Solo nos llevamos seis años.

—Los suficientes como para verme con el derecho de llamarte chavalín.

El pequeño Tom se cruza de brazos fingiendo indignación mientras que Candy nos observa con expresión divertida.

En numerosas ocasiones peco de introvertido, el mundo me abruma de tal manera que no soy capaz de prestarle atención a lo que me rodea.

Sin embargo, en cuanto me siento cómodo no me resulta difícil abrirme al resto.

Así es como me siento ahora mismo, me es sencillo relacionarme con ellos. Al menos, con estos dos.

—¡Eh, mirad! ¡Alguien nuevo! —exclama Candy con alegría.

No podría describir con palabras el sentimiento que se instala en mi ser en cuanto me giro para descubrir de quién se trata.

Todo parece caer sobre su propio peso. La persona que me hizo dejar de escribir se dirige hacia el lugar en el que planeo volver a recuperar la magia.

Lo hace con paso firme, un pie detrás de otro.

Parece acercarse a cámara lenta, pero esa es solo una ilusión.

De hecho, todo ocurre con tanta rapidez que apenas tengo tiempo para procesarlo.

No sé cómo ha llegado hasta aquí y desconozco el motivo por el que se ha inscrito en este retiro.

La realidad es que no me apetece descubrirlo.

Mi corazón vuelve a latir con fuerza, mucho más rápido de lo que lo hacía en la estación. Desvío la mirada para encontrar una vía de escape, una alternativa que me ayude a evitar lo inevitable. Pero es inútil. Mi expresión se endurece automáticamente y todo atisbo de sonrisa se borra de mi rostro.

Por el contrario, ella luce despreocupada.

Su corta cabellera azabache y su tez tostada por el sol no han cambiado en absoluto.

Me pregunto si seguirá oliendo igual de bien, también si su lengua seguirá siendo tan afilada como antaño.

Está igual, prácticamente igual. Pero, incluso a una distancia considerable, es evidente que no es la misma.

El tiempo ha pasado por ella, los años no han perdonado.

Ambos hemos crecido, no sé por qué me sorprendo.

Sigue sin percatarse de mi presencia, aún está demasiado lejos.

Sin embargo, no tarda en hacerlo. En cuanto el oscuro de su mirada se clava en mis pupilas puedo divisar cómo frunce ligeramente el ceño.

Date la vuelta. Date la vuelta, date la vuelta. Por favor, no me hagas esto y date la vuelta.

Como es imposible que escuche mis pensamientos, la chica continúa su camino con decisión.

En el mismo instante en el que el espacio entre nosotros se reduce y sus ojos ahondan aún más profundo en los míos, se me olvida completamente ese periodo de mi vida en el que ella pasó a ser tan solo un recuerdo.

No sé cómo he llegado a pensar que podría escapar de Gala Hughes, porque nunca seré capaz de hacerlo.