Todo aquello que soñamos ser Capítulo 1
3%

Capítulo 1

Kyle

Dicen que todos y cada uno de nosotros hemos venido a este mundo por una razón. Hay personas cuyo propósito es crear, otras cuyo cometido se limita al disfrute y existen algunas que aún no lo han encontrado.

Hace un tiempo llegué a pensar que yo nací para ser escritor.

He pasado la mayor parte de mi vida escribiendo.

Me apasiona contar historias, viajar a otros mundos y jugar con las palabras como si fueran mías.

Pienso que el arte no solo entiende de colores: las letras también pueden clavarse en lo más profundo.

La cuestión es que llevo sin hacer lo que más me llena desde hace dos años.

Podría relatar un sinfín de razones por las que he llegado a este punto, como que trabajar en el restaurante de mis padres se ha convertido en mi prioridad desde que terminé la carrera de Literatura Inglesa o que al final he descubierto que sencillamente no es lo mío.

Pero no estaría siendo del todo sincero, ¿verdad?

Uno no siempre es sincero consigo mismo.

Y es que existe un motivo mayor por el que dejé de escribir, un motivo que tiene nombre y apellidos.

Nunca he llegado a experimentar lo que supone el vacío hasta que dejé de rellenar páginas en blanco.

Ya no tenía más palabras que decir, ni siquiera letras con las que poder formarlas.

Mi vida dejó de estar emborronada de tinta y, aunque lo inmaculado a veces parece brillar más, lo único que ha conseguido ha sido alejarme de todas esas estrellas que susurran promesas y cumplen deseos.

Puede que ahora tenga los pies en la tierra, pero yo mismo me he arrebatado la posibilidad de tocar las nubes.

Y, aunque lo primero brinda seguridad, a veces también está bien probar a volar.

Quizá por esa necesidad de volver a sentir, tomé mi primera decisión precipitada.

Siempre me he considerado una persona meticulosa, alguien capaz de razonar con el cerebro e ignorar al órgano que late.

No obstante, fue a este último al que escuché en cuanto, sin siquiera pensarlo, me apunté a un retiro para escritores.

Llevaba un tiempo siendo acribillado por el mismo anuncio en cualquier red social a la que entraba.

«Retiro para escritores —decía—. Nuevas fechas disponibles».

La verdad es que lo ignoré durante un tiempo.

No es que no me llamara la atención ni que prefiriera hacer lo que más me gusta en la seguridad de mi hogar.

De hecho, escribir nunca me ha resultado una actividad solitaria.

Pasé del tema de la misma forma en que llevo tiempo ignorando ese cosquilleo que siento en los dedos cada vez que me topo con un teclado o me hago con un simple bolígrafo.

Pero hubo un día que lo cambió todo. Un día que decidí leer el anuncio al completo.

La información iba mucho más allá: «Retiro para escritores: un concurso literario diferente».

Al parecer, quienes se animaran a pasar cinco semanas aislados en una casa en medio de la nada participaban automáticamente en un concurso literario cuya novela ganadora tendría la suerte de ser publicada en un futuro próximo.

¿Fue el premio o que el cosquilleo se hizo tan insoportable que acabó ganando la batalla?

¿Fue el rendirme a la escritura como lo único por lo que existo?

¿O fue el mundo recordándome que, al igual que él decidió darme la oportunidad y mecerme entre sus brazos, yo estoy obligado a hacer algo para compensarlo?

Quién sabe cuál fue la razón, ¿verdad? Qué importa, a estas alturas.

Sea como sea, está claro que, a diferencia de lo que ya creía perdido, sigo dispuesto a descubrir cómo se siente tocar una nube.

Así es como, contra todo pronóstico, acabé apuntándome en un acto de valentía.

…

Aprieto los labios para reprimir cualquier atisbo de sonrisa.

Los dedos me tiemblan y mi corazón parece querer batir el récord de latidos por minuto.

No es felicidad lo que siento, al menos no en su totalidad.

El nerviosismo se ha apoderado de mí proclamándose dueño de cada poro de mi piel, cada parte que me forma.

El bullicio de la estación de Paddington tampoco ayuda en absoluto.

Los transeúntes caminan de un lado para otro, el chirrido de las vías del tren resulta ensordecedor y las manillas del gran reloj que decora el lugar se mueven más rápido de lo que recuerdo.

Me pregunto si todos y cada uno de los que estamos aquí nos sentimos igual de perdidos o si, por el contrario, soy el único que no sabe dónde meterse.

Resulta curioso cómo las personas van en busca del vagón correcto en un sitio en el que las posibilidades son infinitas.

¿Quién les dice que ese tren les llevará a su destino?

Es más, ¿cómo reconocen cuál es el camino correcto?

¿Acaso saben que lo es? ¿Lo han adivinado de alguna manera que desconozco?

Me obligo a dejar de pensar para dirigirme hacia mi andén correspondiente.

Cuando me instalo en el asiento justo al lado de la ventana, suelto todo el aire retenido hasta ahora.

Saco mis auriculares del bolsillo y me los coloco a la par que «There Is a Light That Never Goes Out» de The Smiths comienza a sonar.

Según el billete, el viaje no durará más de hora y media, por lo que llegaré sobre las diez de la mañana.

La casa donde el retiro se llevará a cabo se encuentra en Bibury, un pueblo pequeño de unos seiscientos habitantes considerado uno de los más bonitos de la zona.

En realidad, creo que la editorial que ha montado todo esto lo ha hecho con una meticulosidad admirable.

Ha alquilado una casa solo para nosotros, nos ha asignado a una persona que se encargará de nuestro bienestar y, por lo que parece en un principio, no tiene pinta de que vaya a faltarnos de nada.

Lo único que espero es que esto no se convierta en el inicio de una de estas películas de terror en las que todo parece perfecto y, de repente, solo hace falta que caiga la noche para que desaparezca la primera víctima.

De ser así, espero no ser el afortunado.

Clavo mis pupilas en el paisaje que se deja ver a través de la ventana.

Mis ojos oscuros se embriagan del azul del cielo y el verde veraniego de los árboles.

Hace un calor inaguantable en Londres, pero al menos no está lloviendo como de costumbre.

Mi madre suele detestar los días soleados, defiende la importancia del agua con uñas y dientes y a veces me da la sensación de que en cualquier momento va a ponerse a bailar la danza de la lluvia para vivir en una tormenta continua.

Pensar en mi madre me recuerda que tengo que escribir un mensaje en el grupo familiar en cuanto llegue.

Aún puedo sentir la culpabilidad que sentí en cuanto, tanto a ella como a mi padre, les mencioné todo esto del retiro.

Soy consciente de que solo estaré fuera de casa cinco semanas y que mi ausencia en el restaurante no supondrá ningún problema.

Mis hermanos, sobre todo el mayor, se encargarán de que así sea.

Sin embargo, el nudo que se instaló en mi garganta en aquel momento y que aún no ha cesado no opina lo mismo.

Es como si hubiera algo dentro de mí que se siente culpable por perseguir mis sueños.

Que, si no me centro en mis responsabilidades y vivo una vida centrada en lo que debo, podría llegar a convertirme en una persona detestable.

Me acabo durmiendo con la cabeza apoyada en el cristal a mitad de trayecto.

Por suerte, despierto cinco minutos antes de llegar a la estación de Kemble.

Debido a las altas temperaturas, no considero la opción de ir caminando, por lo que opto por coger un taxi.

Poco tiempo después, le tiendo un billete al conductor y me bajo para sentir los cálidos rayos de sol de Bibury chocando contra mi piel.

Comienzo a andar hacia la dirección que se nos indicó.

La casa no debería estar muy lejos, teniendo en cuenta que el pueblo no es demasiado grande.

Trago saliva en el momento en que me la encuentro de frente.

La piedra grisácea y la madera conforman la vivienda con armonía.

Cuenta con varias ventanas estratégicamente colocadas las cuales dan al inmenso jardín que la rodea.

Si tuviera que utilizar tan solo una palabra para describir lo que están viendo mis ojos en este momento sería «impresionante».

He de admitir que permanezco quieto durante algunos instantes.

Es cierto que las fotos muestran con detalle la belleza del lugar, pero nunca imaginé que este fuese a ser incluso mejor en persona.

Unas voces a lo lejos me sacan del trance, por lo que descubro que no soy el primero en llegar.

Diviso a unas seis personas reunidas justo al lado de la puerta principal.

Me fijo en ellas a medida que avanzo. Todos somos bastante diferentes entre nosotros: dos de los presentes aparentan mucha más edad que la mayoría, mientras que uno parece sacado de preescolar.

A su vez, dos chicas completamente dispares conversan ante la atenta mirada de un tercero.

La primera en percatarse de mi presencia es una de ellas, la cual me dedica una sonrisa casi tan deslumbrante como el cobrizo de su cabello. Es bastante guapa y parece simpática, por lo que no dudo en imitar su gesto.

—¡Cada vez somos más! —Ensancha su sonrisa acercándose a mí—. Me llamo Candy, encantada.

Ese nombre le queda como anillo al dedo.

—Igualmente, yo Kyle —contesto alzando mi tono de voz para que los demás también puedan escucharlo—. ¿Cómo es que aún no habéis entrado? —Señalo la casa con la cabeza.

Candy se encoge de hombros en respuesta.

—Todavía no ha venido nadie encargado.

—¿En serio? —pregunto con incredulidad—. ¿Y lleváis mucho tiempo esperando?

—Unos veinte minutos, más o menos —explica—. Seguramente sea un retraso sin importancia. Quizá haya tráfico.

—Supongo.