Todo aquello que soñamos ser Prólogo
1%
Todo aquello que soñamos ser

Todo aquello que soñamos ser

Por Noa Hernandez, Virginia Ruiz Ruiz

© inepub.com

Prólogo

Gala

Llovía. Recuerdo que llovía. Mientras dejaba atrás Piccadilly Circus, mi mente solo podía repetir sus palabras como un eco: «Si soy todo lo que no quieres que sea, entonces será mejor que te vayas».

Así que me fui. Dejé atrás todo aquello en lo que creía, en lo que había soñado ser.

Le di la espalda a la persona que me tendió la mano y me enseñó la magia de las letras.

Mi compañero, mi confidente, mi mejor amigo.

Llovía tanto que ya no distinguía si el borrón frente a mí se debía al aguacero o a mis propias lágrimas.

Quería huir no solo de esta plaza, ni siquiera de este país, sino del mundo entero.

Si hubiera sido capaz, habría huido de mi cuerpo.

Nada tendría sentido sin lo que dejaba atrás.

¿Quién era sin el tecleo constante o el rasgar de un bolígrafo en el papel?

¿Dónde quedaban las lluvias de ideas, el éxtasis de conectar las tramas o la pasión de escribir un beso?

En la actualidad, cuando pienso en ello, sangro tinta.

Escribo y escribo con el único objetivo de dejar de pensar en él, pero no puedo.

Escribo, pero nada tiene sentido, como si me hubiera olvidado de hablar.

Como si él se hubiera llevado todas las palabras.

No mires atrás . Me convencí, al igual que Orfeo, de que si quería salir ilesa de todo esto no debía mirar atrás.

Ignoré que, en realidad, el objetivo de Orfeo era recuperar a su amada, cuando yo lo único que hacía era alejarme.

¿Por mí, por él? ¿Por mi propio orgullo?

Mi madre solía decir que me pesaba demasiado, que nunca sabía equilibrarlo.

Yo opinaba que a veces hay que tomar la iniciativa y luchar por lo que quieres.

Porque si luchas por ello y descubres que no lo consigues, que no te pertenece, ¿acaso puedes decir que lo hizo alguna vez?

Llovía tanto que llegué a pensar que el agua borraría todos estos años a su lado, pero fui demasiado ingenua.

A veces el tiempo no cura las heridas, solo las sume en un profundo letargo.

Dos años después, la misma herida supuraría, abriéndose la cicatriz como el cráter de un volcán; todos los sentimientos resurgiendo, lava incandescente quemándome hasta ser solo hueso.

Debajo de la piel, de los músculos…, allí fue donde ese día de lluvia pretendí enterrar, sin éxito alguno, lo que soñamos ser.