Capítulo 33
Estuve seis semanas en Madrid, en casa de mi hermana, durmiendo en el sofá cama del cuarto de la niña, trabajando de segundo en un sitio de comidas de empresa en Manoteras que me consiguió un antiguo proveedor.
Mil cuatrocientos euros. La cuota del banco es todo lo que pase de mil doscientos, así que en octubre pagué doscientos euros y en noviembre pagué doscientos, y así cincuenta y ocho veces más.
En Denia firmé el ocho de octubre a las once de la mañana. Ella estaba en la sala con Merche. Yo iba solo. Estuvimos cuarenta minutos y nos dimos la mano al salir, delante del notario, y no nos dijimos nada más.
Con lo que salió de mi mitad, el banco canceló la carga y bajó el pasivo a setenta y un mil. Sigo debiendo setenta y un mil euros. Mi hermana no debe nada. Andrés cobró el primer plazo el veinte de octubre y me mandó un mensaje de cuatro palabras: recibido, gracias, no llames .
Y hasta ahí llega la parte que se puede contar con números.
Volví el ocho de noviembre en el ferry de las doce y media, sin avisar a nadie.
El ferry de invierno sale tres días por semana: lunes, martes y viernes. Es un barco más pequeño y va medio vacío. Ese día íbamos once: dos hombres con caja de herramientas, tres señoras que volvían de Denia con bolsas del hospital, un chaval con una mochila, el cartero, dos que no conocía y yo.
La isla en noviembre no se parece nada a la isla.
La playa del Faralló estaba vacía y era más grande.
El paseo, sin sombrillas ni carteles, se veía entero de punta a punta.
El camping cerrado con una cadena. El colmado de Quino con la mitad del escaparate vacío.
Y en la punta de la playa, la caseta, con la persiana bajada, un vallado de obra de dos metros alrededor y un cartel del club de mar con un render y una fecha: primavera.
Estuve un rato mirándolo desde lejos, con la maleta al lado, y luego me di la vuelta y subí al pueblo.
La pescadería vieja está en la calle de detrás de la plaza, hace esquina, tiene dos escaparates que llevan quince años tapados con papel de periódico y un suelo de terrazo verde que es lo único que se salva.
Me lo había dicho Fabio en un mensaje de octubre, sin que yo se lo preguntara: jefa ha comprado la pescadería .
La puerta estaba abierta.
Dentro había una radio puesta, dos focos de obra, un montón de escombro en el centro, y una mujer con un pañuelo en la cabeza y una maza, tirando el mostrador de azulejo.
Me quedé en la puerta hasta que me vio.
Se paró. Bajó la maza. Se quitó el pañuelo, se lo volvió a poner. Y se quedó allí, en medio de su obra, a cinco metros.
—Hola —dije.
—Hola.
Y no dijo nada más, y yo tampoco, y estuvimos así lo que se tarda en contar hasta doce.
—He venido a trabajar —dije—. No a hablar. Si quieres hablar, hablamos cuando tú digas, y si no quieres, no hablamos nunca. Pero he mirado esto por fuera y sé lijar suelos y sé desmontar una instalación vieja sin cargarme el cuadro, y tú no tienes dinero para pagar a nadie que sepa hacerlo.
Ella se apoyó en el mango de la maza.
—¿Cuánto tiempo? —dijo.
—El que haga falta.
—¿Y de qué vives?
—De la mañana. He hablado con Batiste. Le hago los desayunos y los bocadillos de siete a doce por seiscientos euros y la comida.
—Batiste no necesita a nadie.
—Batiste tiene sesenta y ocho años y se levanta a las cinco y media desde hace cuarenta. —Dejé la maleta en el suelo—. Necesita a alguien desde hace diez años, lo que pasa es que hasta ahora no había nadie dispuesto a cobrar eso.
Se quedó mirando el escombro un rato largo.
—Yo no te voy a pagar —dijo.
—Ya lo sé.
—Y no te voy a dar la mitad de nada. Esto es mío. Lo he comprado yo con lo que me quedó, y está a mi nombre, y a mi nombre se queda.
—Me parece bien.
—Y no vas a dormir en mi casa.
—Voy a dormir en la habitación de encima de la panadería, que ya la he hablado con la madre de Fabio.
Y ahí, por primera vez en dos meses, aquella mujer hizo una cosa con la boca que no era ni enfado ni educación.
—Qué rápido lo tienes todo hablado con todo el mundo —dijo.
—Llevo seis semanas pensándolo.
Se puso el pañuelo bien.
—Hay una pala detrás de la puerta —dijo—. El escombro va al contenedor de la esquina y hay que bajarlo en el carro de dos en dos, que si lo llenas se rompe.
Cogí la pala.
Estuvimos cuatro horas sin hablar más que del escombro. A las cinco y media se hizo de noche —en noviembre aquí se hace de noche a las cinco y media, que es una cosa que yo no sabía— y encendimos los dos focos.
A las siete se fue.
Se puso el abrigo, cogió las llaves, y en la puerta dijo:
—Mañana a las ocho.
—A las ocho.
—Y trae guantes, que aquí no hay.
Y se fue.
Los seis días siguientes fueron iguales: yo en la barra de Batiste de siete a doce, en la obra de doce y media a las siete, y en la habitación de encima de la panadería a partir de las ocho.
El sábado trece vino Puri.
Vino a las cuatro de la tarde con un termo de café y dos vasos, se sentó en un cubo dado la vuelta, en medio de la obra, y estuvo dos horas mirándonos trabajar sin ayudar en nada, que a los sesenta y uno es un derecho.
Antes de irse, cuando ya estaba en la puerta, me dijo:
—Miralles.
—Dígame.
—La caldera dónde va.
—Ahí. —Señalé el hueco del fondo—. Y el tubo por fuera, por el patio de atrás.
—Bien. —Se ajustó el pañuelo del cuello—. Que a mí las manos en el agua fría no me las pone nadie.
Se fue con el termo vacío.
Y aquella noche, subiendo a la habitación de encima de la panadería, con la ropa llena de yeso y las manos como las tenía, hice una cosa que llevaba tres años sin hacer.
Conté las salidas de aquel cuarto.
Hay una: la puerta.
Y me acosté.