Todo a medias Capítulo 32
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Capítulo 32

El inventario de cierre de temporada en aquella casa se ha hecho siempre entre dos personas.

Lo hacía mi abuela con Puri. Después mi abuela conmigo.

Después Puri y yo. Se hace la última semana, con el local ya cerrado al público, y consiste en contar absolutamente todo lo que hay dentro y apuntarlo en una libreta: platos, vasos, cubiertos, sartenes, sillas, manteles, botellas, latas, congelados. Todo. Se tarda dos días.

Se hace entre dos porque uno cuenta y otro apunta, y porque si lo hace uno solo se equivoca y porque, según mi abuela, «así hay dos que saben lo que hay».

El veintiocho de septiembre a las ocho de la mañana, Puri se presentó en la caseta con la libreta del inventario, la puso en la barra y dijo:

—Yo hoy no puedo.

—Puri.

—Tengo lo del médico de mi hermana en Denia.

—Tu hermana tiene el médico los jueves.

—Pues este mes lo tiene hoy. —Se colgó el bolso—. Ya viene él a las nueve.

Y se fue.

Y aquella mujer, que lleva cuarenta y cuatro años en esa cocina y que no ha dicho una mentira en su vida más que esa, se fue por la arena con el bolso al hombro y sin volverse.

Llegó a las nueve menos cinco.

Llevaba diecinueve días sin verle. Se le notaba: uno no sabe cuánto le cambia la cara a una persona en diecinueve días hasta que la ve.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Y cogimos la libreta.

Hicimos el inventario en día y medio, y en ese día y medio hablamos exactamente lo necesario para contar mil ochocientas cosas.

«Cuarenta y dos.» «Cuarenta y dos.» «Vasos de sidra, doce, dos rotos.» «Doce, dos rotos.» «Sartenes, siete, y la grande no cuenta que es de Puri.» «No cuenta.»

Y así, seis horas seguidas, el martes entero y el miércoles hasta las dos.

Fue una de las cosas más raras que he hecho en mi vida y fue, y esto lo digo sin ningún adorno, la única manera en que aquello se podía terminar.

Si Puri hubiera estado, habríamos hablado los tres de cualquier cosa y no habría pasado nada.

Si nos hubiéramos sentado a hablar los dos solos, nos habríamos dicho lo que se dice la gente, que no sirve para nada.

En vez de eso contamos mil ochocientas cosas.

Y en algún momento del segundo día, contando la vajilla vieja, la que está en la balda alta del almacén y que no se usa desde los noventa, se paró con un plato en la mano.

Es un plato hondo, blanco, con una raya azul en el borde, de los que se compraban por docenas.

—¿Esto se lo llevan ellos? —dijo.

—Eso me lo llevo yo.

—Vale. —Lo apuntó en la columna de la derecha, la de «Roig», que era la que habíamos hecho el primer día sin discutirla—. ¿Cuántos hay?

—Veintitrés.

—Veintitrés.

Y siguió.

Lo del final fue el miércoles a las dos y cuarto.

Terminamos. Cerró la libreta, la puso en la barra, y nos quedamos los dos de pie, en una caseta vacía con todo apilado y etiquetado, con la persiana subida y la luz de septiembre entrando de lado.

—Ya está —dije.

—Ya está.

—Firmamos el ocho de octubre en Denia. Te llamará el notario.

—Ya me ha llamado.

Nos quedamos callados.

Y entonces él dijo:

—Candela, yo no...

—No.

—Vale.

—De verdad que no. —Cogí la libreta y me la puse debajo del brazo, por hacer algo con las manos—. Ahora no. Hoy no. Igual dentro de un año sí, pero hoy no me cabe.

—Vale.

Cogió su caja de cuchillos, la de madera con el cierre, que llevaba tres meses en la balda de su pase. Y el cuaderno de cuadros. Y ya está: eso era todo lo que había traído aquel hombre a mi caseta el veinticinco de junio, y eso fue todo lo que se llevó.

En la puerta se paró.

—Los ocho folios siguen valiendo —dijo—. En otro sitio, con otra cocina y con otros números, pero el martes de la consulta vale en cualquier sitio de esta isla. Y el cocido también.

—Ya lo sé.

—Vale.

Se fue por la arena, hacia el pueblo, y yo me quedé en la puerta con la libreta del inventario debajo del brazo, mirándolo irse, exactamente igual que el veintiuno de junio.

Cogió el ferry de las cinco y media del jueves treinta de septiembre.

No fui al pantalán. Fabio sí fue, y me lo contó al día siguiente sin que yo se lo preguntara, y me dijo que se habían dado un abrazo y que le había dicho que hiciera el grado y que no dejara la hostelería del todo, que la hostelería es una cosa que se puede llevar toda la vida en un bolsillo.

Puri tampoco fue.

Puri estuvo aquel jueves por la tarde conmigo en la caseta, guardando en cajas las veintitrés unidades de la vajilla vieja con raya azul, envolviéndolas de una en una en papel de periódico.

Y a las cinco y media en punto, cuando se oyó la sirena del ferry desde el puerto, aquella mujer se paró con un plato a medio envolver en las manos, se quedó quieta hasta que dejó de sonar, y luego siguió envolviendo.

Ninguna de las dos dijo nada.