Capítulo 31
El quince de septiembre a las nueve de la mañana me llamó Merche.
—¿Estás sentada?
—Estoy pelando gambas.
—Pues siéntate igual. —Se oyó papel—. Me acaba de llegar la nota. Hay una carga nueva sobre la mitad de Miralles. La inscribieron ayer.
—¿Qué carga?
—Una hipoteca. Del banco. —Merche hizo una pausa de las suyas—. Candela, ese hombre ha metido su mitad de la caseta como garantía de una novación de deuda personal. He mirado el importe. Son ciento dieciocho mil euros.
Me quedé con la gamba en la mano.
—¿Eso qué significa?
—Que no ha vendido a Marenostra. Que la opción venció ayer y no la ejerció. —Otra pausa—. Y que ha asumido él solo un pasivo que tenía repartido, poniendo lo único que tiene.
—¿Y su hermana?
—Su hermana ya no aparece. La han sacado.
Colgué y me quedé plantada en mi cocina, sola, a las nueve y cuarto de la mañana del quince de septiembre, con un barreño de gambas delante.
Y me eché a llorar de una manera absurda, de pie, sin taparme la cara, y Puri entró, me vio, dio media vuelta y salió, y volvió a los diez minutos como si no hubiera pasado nada, y en esos diez minutos yo terminé de pelar las gambas.
Porque lo entendí enseguida. Cualquiera que haya llevado un negocio lo entiende enseguida: aquel hombre había pignorado la mitad de la caseta de mi abuela. Si un año falla dos cuotas, esa mitad sale a subasta y me despierto con quien sea.
Y a la vez —a la vez, en el mismo minuto— había hecho lo único decente que le quedaba por hacer en el mundo, que era sacar a su hermana y pagar lo suyo.
Aquello no me lo contó él. No me ha contado nunca nada de eso. Me lo contó el registro de la propiedad.
Estuve tres días haciendo números.
Los hice sola, en la mesa nueve, de noche, con los ocho folios suyos delante —que los tenía, y no los rompí, y eso también quiero que conste— y con la carpeta de Merche.
Y salían dos verdades que no se podían negociar.
La primera: yo no puedo llevar aquella caseta con la mitad hipotecada por ciento dieciocho mil euros.
No es que no me deje dormir. Es que ningún banco me da una caldera, ni un préstamo de reforma, ni un aval de proveedores, sobre un local que tiene la mitad gravada por la deuda personal de un tercero.
Miré tres entidades. Las tres dijeron lo mismo con distintas palabras.
La segunda: mi comedor de invierno funciona con veintiséis cubiertos al día y no funciona sin caldera, ventanas y obra.
Es decir: el invierno se había muerto el catorce de septiembre a las cinco de la tarde en una notaría de Denia, mientras un hombre firmaba el papel más honrado de su vida.
Bajé a Denia el lunes veinte.
Pedí cita yo. Fui yo. No me acompañó nadie, aunque Merche se ofreció, y ese es un error que no voy a repetir en la vida: a esas cosas se va con la gestora.
Óscar Bru me recibió a las once en un despacho con un mapa de la costa en la pared.
—Buenos días —dijo—. La escucho.
Y le dije lo que había ido a decir.
—Véndame la mitad de él y le vendo yo la mía.
Óscar no se movió.
—No puedo comprar la mitad de él —dijo—. La opción venció el quince y no se ejerció. Y aunque pudiera, esa mitad tiene una hipoteca de ciento dieciocho mil.
—Ya lo sé.
—Entonces no sé qué me está proponiendo.
—Le estoy proponiendo que compren la caseta entera —dije—. Que paguen ustedes al banco lo que grava la mitad de él, que le compren su mitad libre, y que me compren la mía. Y que el precio total sea el que ustedes tasaron, y no un euro más, porque yo no vengo a sacarles dinero.
Óscar se echó atrás en la silla y estuvo un rato mirándome.
—Eso es una operación de tres partes y hace falta que él firme.
—Firmará. Si le sale el pasivo entero de encima, firmará.
—¿Ha hablado con él?
—No.
—¿Y por qué no?
—Porque no me hablo con él —dije—. Y porque esto lo hago yo por mí, no por él.
Óscar cogió un boli y empezó a escribir en una hoja. Sin hablar, cuatro o cinco minutos, y en algún momento se giró a la pantalla e hizo una cuenta.
—Es posible —dijo al final—. Sale más caro que lo que teníamos previsto, porque la carga es alta, pero la operación tiene sentido para nosotros y podemos justificarla. —Dejó el boli—. ¿Qué quiere a cambio?
—Tres cosas. Y no son dinero.
—Dígame.
—Una. El nombre. La Fortuna no se vende. Ustedes compran el local, la licencia y las paredes. El nombre me lo llevo yo y ustedes se comprometen por escrito a no usarlo, ni parecido, ni en el restaurante, ni en la carta, ni en un cartel.
—Concedido —dijo, sin pensarlo.
—Dos. Todo lo que hay dentro que no esté clavado es mío. Y hay una cosa que quiero por escrito en el contrato con su nombre: un libro de contabilidad de tapa dura que está en la balda alta del almacén, y un fichero de madera. No quiero discusiones en el traslado.
—Póngalo usted como quiera y lo firmo.
—Y tres. —Ahí me costó—. El ferry de invierno. Ustedes ofrecieron cinco años en el casal. Yo quiero diez, y quiero que esté en el convenio con el ayuntamiento, no en un folleto.
Y ahí Óscar Bru dejó de escribir.
—Eso no depende de usted ni de mí. Eso es dinero de verdad, y son cinco años más de un servicio que no da beneficio.
—Ya lo sé.
—¿Y por qué se lo pide usted, que se va?
Me quedé un momento en aquella silla, con el aparcamiento por la ventana y once coches ahí abajo.
—Porque el ferry es la única cosa de todo esto que le importa a todo el mundo y no le importa a nadie en particular —dije—.
Yo le estoy vendiendo la única caseta privada de esa playa, que es la que ustedes necesitan, y me estoy quedando sin ella.
Y a cambio le pido una cosa que no me da a mí ni un euro. Le pido cinco años más de barco.
Óscar me miró un rato largo.
—Siete —dijo.
—Diez.
—Siete y una cláusula de revisión con el ayuntamiento al octavo año.
—Ocho y la revisión.
—Ocho y la revisión. —Alargó la mano por encima de la mesa—. Y ahora, si me permite, le voy a decir una cosa que no le va a gustar.
—Dígala.
—Usted acaba de negociar mejor que él en cuatro meses. —Me dio la mano—. Y ha venido sola y sin abogado, que ha sido una barbaridad, pero ha salido bien porque yo tengo por costumbre no aprovecharme de eso. Que no todo el mundo la tiene, señora Roig. No lo vuelva a hacer.
Salí de allí a la una menos veinte.
Y ya en la calle, en la acera de la carretera de Las Marinas, con los coches pasando, me di cuenta de lo que acababa de hacer, y me tuve que apoyar en un coche aparcado que no era mío.
Había vendido la caseta de mi abuela.
El pleno fue al día siguiente, el veintiuno, a las siete de la tarde, y salió que sí.
Trece a favor de las tres concesiones, cuatro en contra y dos abstenciones.
Yo estaba en la tercera fila, con Puri, y no hablé, y no me preguntó nadie, porque a esas alturas todo el pueblo sabía lo que había ido a hacer yo a Denia el lunes, porque en esta isla no hay ni un solo secreto que dure veinticuatro horas, ni siquiera los que uno hace bien.
Maite leyó el convenio en voz alta. Cuando llegó a la cláusula del ferry, dijo:
—Compromiso de financiación de la línea de invierno por un periodo de ocho años, con revisión al octavo.
Y ahí, en la sala, hubo un ruido distinto al de julio. Un ruido más largo.
Y a mí, en la tercera fila, con las manos en el bolso, se me pasó por la cabeza que aquella era la única cosa de todo el verano que iba a durar más que yo.
Al salir, Vicent me estaba esperando en la puerta.
Estaba de pie, apoyado en la pared del casal, con la gorra en la mano. No puesta. En la mano.
Y cuando pasé por delante, no contestó. Se apartó de la pared, se puso derecho, y esperó a que yo pasara.
Y eso, viniendo de él, no me lo ha hecho nadie en la vida.