Capítulo 30
Las oficinas de Marenostra están en Denia, en la carretera de Las Marinas, en un edificio bajo con el logotipo en la fachada y once coches en el aparcamiento.
Llegué a las diez menos cinco del lunes trece con una carpeta de gomas —otra, la vieja se quedó en la isla— y con dos años de papeles del concurso de acreedores.
Óscar me hizo esperar cuatro minutos, que es lo que tarda alguien en terminar una llamada, y luego salió él mismo a buscarme al hall en vez de mandar a nadie.
Su despacho tiene una ventana que da al aparcamiento y un mapa de la costa en la pared, con chinchetas. La isla está arriba a la derecha, con dos chinchetas.
—Dame los papeles —dijo.
Se los di.
Estuvo cuarenta minutos leyendo. Cuarenta minutos sin hablar, pasando hojas, con una calculadora al lado y un boli con el que no escribió nada. En algún momento me trajeron un café que no había pedido.
Cuando terminó, juntó las hojas y las puso en el centro de la mesa.
—Vale —dijo—. Tú sabes lo que has venido a preguntarme.
—Sí.
—Pues pregúntamelo tú, que yo no te lo voy a proponer.
Y ahí, en aquel despacho, con el mapa de la costa detrás y el aparcamiento por la ventana, dije en voz alta la cosa que llevaba tres días dando vueltas en mi cabeza.
—Quiero asumir el pasivo entero yo. Personalmente. Y sacar a mi hermana del aval.
Óscar se echó atrás en la silla.
—Eso no es algo que yo te dé.
—Ya lo sé. Eso es algo que se negocia con los acreedores y con el banco. —Puse la mano encima de la carpeta—. Lo que quiero de ti es que me digas si es posible y cómo.
—¿Y por qué me lo preguntas a mí?
—Porque eres el que más sabe de esto de toda la gente que conozco, y porque tú saliste de aquello y yo no.
Óscar se tomó su tiempo.
—Es posible —dijo—. Y es malo.
Cogió el boli y por fin escribió, en una hoja suelta, en columna.
Me lo explicó en veinte minutos y me lo dejó por escrito.
El resumen es este: hay una vía para novar la deuda a título personal, liberando al avalista, si el deudor principal asume la totalidad con un calendario cerrado y una garantía.
Se hace. No es raro. Y cuesta lo que cuesta: el calendario que salía a mí eran cinco años con una cuota que se come todo lo que gane por encima de mil doscientos euros al mes, y la garantía tenía que ser algo real.
—Solo tienes una cosa real —dijo Óscar.
—Ya lo sé.
—La mitad de la caseta.
—Ya lo sé.
—Y si pones eso de garantía y un año fallas dos cuotas, esa mitad no la compramos nosotros, que te haríamos precio. Se la queda el banco y sale a subasta. —Dejó el boli—. Y entonces esa mujer se despierta un martes con un socio que puede ser cualquiera.
Miré por la ventana. Once coches, una furgoneta y una gaviota en el techo de la furgoneta.
—Hay otra opción y la sabes —dijo Óscar—. Me vendes la mitad el quince, cobras cuarenta y un mil, nosotros te levantamos el pasivo, tu hermana sale del aval esta semana y tú te vas a Madrid sin deber nada a nadie por primera vez en tres años.
—Ya.
—Y la caseta la seguiría llevando ella, ¿eh. Eso no te lo he dicho nunca y te lo digo ahora: el proyecto de restaurante nuestro con ella dentro nos sirve. Yo he comido su arroz. Le firmaría un contrato de doce meses mañana.
—Ella no lo firmaría.
—Ya lo sé. —Óscar se encogió de hombros—. Pero eso no es culpa mía ni tuya, es de ella.
Estuvimos un momento callados.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.
—Dime.
—El catorce de mayo. La opción y la escritura, veinte minutos de diferencia, en la misma notaría. ¿Por qué así?
Óscar se pasó la mano por la boca.
—Porque el vendedor tenía prisa y porque tú no tenías cuarenta y un mil euros —dijo—.
La entrada de tu compra la pusiste con lo tuyo, sí, pero el resto lo tenías porque yo te había dicho que en cuatro meses lo recuperabas.
Eso lo sabíamos los dos. —Me miró—. Y por eso llevas cuatro meses jodido, Leo, no por lo demás.
Porque aquel día tú no compraste una caseta. Yo te compré a ti.
—Una última cosa —dije, ya de pie.
—Dime.
—El veintiuno, en el pleno. Si sale que sí a las tres concesiones, ¿vosotros seguís adelante sin nuestra caseta?
Óscar me miró desde la silla.
—Seguimos —dijo—. Peor, más pequeño y con la escuela de vela en la playa mala. Pero seguimos. Y el ferry lo pagamos igual, porque eso ya está escrito en la propuesta y yo no retiro cosas escritas.
—¿Aunque no os salga a cuenta?
—Nos sale a cuenta. Menos, pero sale. —Se levantó a abrirme la puerta—. Leo, yo no soy el malo de esto. Soy el que llegó con el dinero. Que no es lo mismo aunque se parezca mucho.
Salí de allí a las doce y cuarto con dos folios escritos a mano por él y con una cita para el miércoles quince con el banco.
Me senté en el coche de alquiler en el aparcamiento y no arranqué durante veinte minutos.
Lo que había en aquellos dos folios era, sin adornos: cinco años viviendo con mil doscientos euros al mes, y mi mitad de una caseta metida como garantía en una operación en la que, si fallo, la pierde una mujer que a estas alturas no me habla.
Y aun así era mejor que la otra.
No por ella. Esto lo he pensado mucho y creo que es verdad: no lo hice por ella. Si lo hubiera hecho por ella, se lo habría contado, y no se lo conté.
Lo hice porque el catorce de mayo, en aquella notaría, firmé dos papeles con veinte minutos de diferencia, y llevaba cuatro meses viviendo dentro del segundo. Y porque a los treinta y seis años uno se puede permitir una cosa así una vez, y no dos.
Arranqué a las doce y media. Cogí el ferry de las cinco y media. Y desde la cubierta, cuando ya se veía la isla, marqué el teléfono de Andrés, el que me avaló, el que perdió la casa.
Me lo cogió.
Es la primera vez en tres años que me lo coge, y creo que me lo cogió porque desde el barco sale un número raro.
—Soy Leo —dije.
Silencio.
—No cuelgues. No te llamo para pedirte nada y no te voy a pedir perdón por teléfono, que eso es una guarrada.
—Me agarré a la barandilla—. Te llamo para decirte que el miércoles firmo una cosa por la que voy a estar cinco años pagando, y que en esos cinco años tú eres el primero. El primero, Andrés. Antes que nadie.
Otro silencio, más corto.
—¿Y por qué ahora? —dijo.
Y con la isla acercándose por delante y el ruido del motor debajo, le dije la única cosa que se me ocurrió que fuera verdad:
—Porque he vuelto a tener algo que perder y me he acordado de cómo era.