Todo a medias Capítulo 29
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Capítulo 29

El sábado abrí a las diez, como todos los sábados.

Hicimos sesenta y un cubiertos. Fabio vino, trabajó y me habló solo de trabajo. Puri vino, cocinó y no me dijo ni una palabra en todo el día que no fuera «marchando» o «ponme la bandeja».

Ese es el castigo de esta isla. No te grita nadie. Simplemente, durante unos días, todo el mundo te habla solo de trabajo.

A media mañana, mientras montaba la terraza, hice la lista de las cosas que había dicho en el casal y las repasé una por una.

Sarpa. Verdad.

Dieciocho proveedores. Verdad, y me la había dicho él con esa cifra, esa noche de agosto, en la barra, a oscuras, cuando le pregunté qué había pasado en Madrid y me lo contó entero sin quitarse importancia ni una sola vez.

El cocinero que perdió la casa. Verdad. Se llama Andrés y él me dijo su nombre, y también me dijo que llevaba tres años llamándole el día de su cumpleaños y que no se lo cogía, y eso no lo conté en el casal.

El aval de su hermana. Verdad.

No mentí. En cuatro minutos delante de ciento setenta personas no dije una sola cosa que no fuera cierta, y todo lo que dije lo dije con nombres, cifras y años, que es como se dicen las cosas cuando quieres que se queden.

Y eso es exactamente el problema.

Porque una mentira se puede retirar. Yo he mentido en esa barra ochocientas veces —«enseguida sale», «no, si no pasa nada», «está buenísimo»— y todas esas mentiras se deshacen solas.

Lo que dije el viernes no se deshace, porque era verdad, y porque las cuatro cosas que dije se las había sacado yo a un hombre preguntándole en una barra a oscuras a las dos de la mañana.

Él me contó eso porque yo se lo pregunté. Y se lo pregunté porque quería saberlo. Y quería saberlo porque me importaba.

Y a los veintidós días lo usé.

A la una y media entró mi padre.

Se sentó en el taburete del extremo, pidió una cerveza y no dijo nada de nada durante veinte minutos, mientras la sala se llenaba y yo iba y venía.

Cuando fui a retirarle el vaso, dijo:

—Lo del casal ya lo sé.

—Ya me lo imagino.

—Estuvo mal.

Me paré con el vaso en la mano.

—¿Perdona?

—Que estuvo mal, Candela. —No levantó la voz. Miraba la barra—. Ese hombre habrá hecho lo que sea, y yo no lo defiendo, que bastante tengo. Pero eso que dijiste anoche se lo contó él a ti a solas.

—Tú no estabas.

—Me lo han contado seis personas antes de las diez de la mañana. —Se levantó, dejó los dos euros de siempre—. Y las seis me lo han contado con la misma cara.

Y salió sin terminarse la cerveza.

Mi padre. Mi padre, que vendió media caseta sin decírmelo, viniendo a decirme a mí que estuvo mal. Y teniendo razón.

A las seis de la tarde me metí en la cámara a por unas cervezas y me quedé dentro con la puerta cerrada, como hago yo, y estuve un rato mirando la tira de cinta marrón, que sigue ahí, recta y tensa, desde el veintinueve de julio.

Y me acordé de mi padre en la Nochebuena de hace dos años, saliendo al patio a fumar con la cara que traía, y de mí sirviendo turrón.

En mi familia no montamos escenas. Ese es nuestro orgullo: que no montamos escenas. Mi padre no montó una escena y por eso vendió media caseta sin decírselo a nadie. Yo no monté una escena en Nochebuena y por eso ese aval siguió ahí dos años más.

Y el viernes por la noche monté la escena de mi vida.

La monté delante de ciento setenta personas, con nombres y años, sobre un hombre que se lo había pasado peor que yo y que me lo había contado en confianza.

Salí de la cámara con las cervezas, las puse en el hueco, y seguí trabajando, porque eran las seis de la tarde de un sábado y tenía dos mesas esperando.

Aquella noche cerré sola, bajé la persiana sola —se atranca, ya lo he dicho— y subí la cuesta sola.

Y me di cuenta, a mitad de la subida, de que llevaba veinte años haciendo eso mismo todas las noches sin que me pareciera nada del otro mundo, y de que en dos meses y medio se me había olvidado.