Todo a medias Capítulo 28
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Capítulo 28

La asamblea vecinal del viernes diez estaba convocada desde el uno de septiembre. Eso lo digo para que quede claro que aquello no lo montó nadie contra mí: era la reunión de siempre, la que se hace antes del pleno, para que la gente diga lo que piensa antes de que los concejales voten.

Lo que no estaba previsto era que el jueves nueve pasara lo que pasó.

Yo estuve todo el viernes en el apartamento.

No bajé a la caseta. Le escribí a Fabio a las nueve de la mañana para decirle que aquel día no iba y que hiciera lo que le dijera ella, y Fabio no me contestó, y a las dos de la tarde me llegó un pulgar hacia arriba, que en un chaval de dieciocho años es una manera de decirte cuatro cosas.

A las siete de la tarde me llamó Puri.

Es la única vez que esa mujer me ha llamado por teléfono.

—¿Va a ir usted esta noche? —dijo.

—No lo sé.

—Vaya. —Una pausa—. Le van a poner a caldo igual, y si no está, peor. Aquí al que no aparece se le pone doble.

—Puri.

—Dígame.

—¿Ella cómo está?

Puri se lo pensó.

—Ha hecho cuarenta y dos cubiertos y no se ha equivocado en ninguno —dijo—. Así está.

Y colgó.

Fui.

Llegué a las nueve y veinte, diez minutos tarde, y me quedé de pie al fondo, al lado de la puerta, en el mismo sitio que en julio. El casal estaba más lleno que en julio. Ciento sesenta, ciento setenta personas. Había gente de pie en los laterales.

Ella estaba en la fila cuatro, con Puri al lado.

Maite abrió como abre siempre, en tres minutos y sin papeles: que el pleno era el veintiuno, que se votaban las tres concesiones municipales, que el ayuntamiento no tenía nada firmado con nadie y que aquella noche hablaba quien quisiera y por orden.

Habló mucha gente. Hora y media.

Habló la madre de Fabio, a favor, mejor que en julio.

Habló Quino, en contra, y dijo una cosa que se me quedó: que él lo que no quería era tener que pedir permiso para bajar a una playa a la que había bajado toda su vida, aunque el permiso se lo dieran siempre.

Habló un hombre joven que trabaja en Denia y que dijo que a él le daba igual el club, que lo que quería era el ferry, y que si el ferry lo pagaba el diablo, pues el diablo.

Y a las once menos veinte, Maite dijo:

—Candela Roig.

Se levantó.

Yo llevaba hora y media mirándole la nuca desde la puerta del fondo y supe, cuando se puso de pie, que aquello iba a ir mal, porque conozco a esa mujer trabajando y sé cómo se pone cuando ha decidido algo antes de entrar.

Antes de hablar hizo una cosa. Se quedó de pie tres o cuatro segundos con la mano apoyada en el respaldo de la silla de delante, sin decir nada, mirando al frente.

Puri, a su lado, le tocó el brazo. Le tocó el brazo una vez, dos dedos, muy rápido.

Y ella se apartó el brazo. No con violencia: lo apartó dos centímetros y empezó a hablar.

Habló cuatro minutos.

Los tres primeros fueron buenos. Fueron, de hecho, lo mejor que le he oído decir a nadie sobre aquel sitio: contó el proyecto de invierno, de miércoles a domingo, el cocido de los martes, las once razones del ferry, los veintiséis cubiertos.

Dijo que ella no venía a pedirle a nadie que votara en contra de veintidós puestos de trabajo, porque eso sería una desvergüenza, y que si el pueblo quería el club, el pueblo tenía derecho al club.

Y dijo que la caseta de su abuela no estaba en venta, y que ella no la iba a vender.

Y entonces vino el cuarto minuto.

—Pero hay una cosa que este pueblo tiene derecho a saber antes de votar —dijo—, y es con quién está tratando.

Y ahí me miró.

Ciento setenta personas siguieron su mirada hasta la puerta del fondo, donde estaba yo de pie, y no hubo ni un ruido en la sala.

—Ese señor —dijo— tenía un restaurante en Madrid que se llamaba Sarpa y lo cerró en enero de hace tres años debiendo dinero a dieciocho proveedores.

Dieciocho. Gente pequeña, como Vicent. Y el jefe de cocina que trabajaba con él le había avalado un préstamo, y ese hombre perdió su casa.

Su casa, no un negocio. Y su hermana firmó otro aval y todavía lo tiene.

Silencio.

—Yo esto lo sé —dijo— porque me lo contó él. A mí. En mi caseta.

Se sentó.

Voy a intentar contar lo que pasó en aquella sala con la mayor precisión de la que soy capaz, porque llevo mucho tiempo dándole vueltas.

No hubo abucheo. No hubo gritos. Ciento setenta personas se quedaron muy calladas, y después empezó un murmullo bajo, y la gente se giró hacia el fondo, hacia la puerta, hacia mí, y me miraron.

Eso es todo lo que pasó: me miraron.

Y era verdad. Cada palabra. Los dieciocho proveedores son dieciocho.

Andrés perdió su casa en Getafe por avalarme cuarenta mil euros en dos mil veinte y hoy vive de alquiler en Fuenlabrada y no me coge el teléfono desde hace tres años.

Mi hermana tiene sesenta mil euros colgados del cuello.

Todo eso es verdad, y se lo conté yo a esa mujer una noche de agosto en la barra de su caseta, con las luces apagadas, porque me preguntó y porque quise contárselo.

Maite dejó pasar el murmullo diez segundos y luego dijo:

—¿Alguien más?

Y no habló nadie más.

Salí antes de que terminara. No por dignidad: porque no me cabía el aire. Salí a la calle y anduve hasta el final del paseo, hasta donde se acaban las farolas, y estuve allí un rato largo.

Puri me alcanzó a las doce menos cuarto. La oí llegar por las chanclas.

Se puso a mi lado, mirando el agua, sin tocarme.

—¿Es verdad? —dijo.

—Sí.

—¿Todo?

—Todo.

Puri asintió despacio.

—Pues ya está —dijo.

Estuvimos callados un minuto.

—Yo llevo cuarenta y cuatro años en esa cocina —dijo entonces—. Y hoy he visto a esa niña hacer una cosa que no le he visto hacer nunca en treinta y tres años, y mire que la he visto enfadada.

—Tenía derecho.

—Tenía derecho a estar rabiosa. —Se subió el chal—. Lo de esta noche no era rabia. Lo de esta noche lo tenía preparado, que ha dicho el nombre del restaurante y el del cocinero y el año, y esas tres cosas no se dicen de rabia.

Me quedé mirando el agua.

—Y usted —siguió— también lo tenía preparado, lo del cajón, cuatro meses. Así que estamos todos iguales y ya se pueden ir a dormir.

Se dio la vuelta para irse. A los tres pasos se paró.

—Miralles.

—Dígame.

—El lunes venga a la caseta a las ocho.

—Ella me ha dicho que no vaya.

—Ya lo sé lo que le ha dicho. —Se colocó el bolso—. Pero el martes hay que hacer un inventario de cierre de temporada, y ese inventario, en esa casa, se hace entre dos personas, siempre se ha hecho entre dos, y este año las dos personas son usted y ella, les guste o no les guste.

Se metió por la calle de la iglesia sin volverse.

Volví al apartamento a la una y algo y me senté en la mesa con los ocho folios del invierno delante, que tenía la copia, y estuve mirándolos hasta las tres.

A las tres cogí el móvil y le escribí a Óscar:

¿Puedo ir el lunes a Denia? Necesito hablar del pasivo, no de la caseta.

Contestó a los cuatro minutos. A las tres de la mañana, otra vez, como si aquel hombre no durmiera nunca.

A las 10. Trae los papeles del concurso de acreedores.