Capítulo 27
El concurso de arroces se hace el nueve de septiembre desde el año setenta y siete y siempre es igual: catorce fuegos en la explanada del puerto, catorce cazuelas, mesas largas de caballete con manteles de papel, y el pueblo entero comiendo de pie y sentado desde las dos hasta que se acaba.
No es un concurso de verdad. Hay jurado, hay un ancla de latón que se lleva alguien, y hay tres personas que se lo toman en serio. Los demás vamos porque es el día en que se termina el verano.
Aquel año cocinamos los dos.
Nos apuntó Maite de oficio, en la lista, con una sola línea: «La Fortuna — Roig y Miralles». Cuando lo vimos en el cartel del ayuntamiento el lunes, él dijo que si quería lo cambiaba y yo dije que no.
Hicimos el arroz del martes.
No el del libro, que ese se murió con mi abuela.
El nuestro: el sofrito de Puri, el caldo mío, el punto suyo, la caballa de Vicent metida donde no la mete nadie.
Lo cocinamos en la explanada, en un fuego de leña, delante de doscientas personas, con Fabio dando vueltas alrededor como si fuera nuestro mánager y Puri sentada en una silla plegable a tres metros dirigiendo sin levantarse.
Salió el mejor arroz que he hecho en mi vida.
Eso también me lo quedo. Pasara lo que pasara dos horas después, el arroz salió y estaba mejor que ninguno, y hubo cola en nuestra mesa, y Vicent probó una cucharada de pie, con la gorra en la mano, y se fue sin comentarla, que en él es la crítica máxima.
Aquella mañana, además, fue de las buenas.
Bajamos los dos a las siete con la cazuela grande en el carro de Fabio, montamos el fuego en la explanada con la leña que reparte el ayuntamiento, y estuvimos tres horas allí, con el pueblo montando mesas alrededor, la charanga ensayando en el casal y las señoras discutiendo por los sitios de sombra.
A las once, mientras yo sofreía, él se puso a mi lado con el paño al hombro y dijo:
—Se me ha ocurrido una cosa para el martes.
—¿Qué martes?
—El del invierno. El de la consulta. —Removió el caldo—. Si el médico llega a las siete y cuarto y se va a las cinco y media, come aquí. Todos los martes. Cincuenta y dos comidas al año de una persona sola que no tiene dónde ir.
—Eso es un cliente.
—Es un cliente fijo cincuenta y dos semanas. Y encima habla con todos los que salen de la consulta.
Y yo, en aquel momento, delante de un fuego de leña, a las once de la mañana del nueve de septiembre, pensé que aquel hombre llevaba veinticuatro horas con lo del invierno en la cabeza mientras dormía.
Los de Marenostra llegaron a las dos y media.
Vinieron tres: Óscar, la chica del ordenador —que se llama Rocío y que aquel día llevaba vaqueros— y un señor mayor que era el gerente. Aparcaron en el paseo, saludaron a Maite, y se pusieron en la cola de la mesa cuatro, que es la de la peña del fútbol, como si fueran de aquí.
Comieron de pie. Pagaron los cinco euros del cubierto. Óscar se acercó a nuestra mesa a las tres y algo con un vaso de vino en la mano, dijo que aquel arroz era el mejor de la explanada con diferencia, se lo dijo a Puri y no a nosotros, y Puri le contestó que ya lo sabía.
Y luego se fue a hablar con el patrón mayor de la cofradía.
Todo iba bien. Eso es lo que quiero que se entienda: a las cuatro menos cuarto de la tarde del nueve de septiembre todo iba absolutamente bien.
El premio lo dieron a las cuatro. Lo ganó la peña del fútbol, como todos los años, porque el jurado es de la peña.
Y después del premio, Maite cogió el micro para las cuatro cosas de siempre —las gracias, el ayuntamiento, la charanga a las seis— y al final dijo:
—Y ya que están aquí los de Marenostra, y como el veintiuno tenemos pleno y va a haber que votar, aprovecho, que esto es un pueblo y aquí se preguntan las cosas a la cara.
Se hizo un silencio de doscientas personas.
Yo estaba de pie al lado de nuestra cazuela, con el cucharón en la mano.
—Señor Bru —dijo Maite—. ¿Ustedes tienen algún acuerdo firmado con algún propietario de las casetas del Faralló?
Y Óscar Bru, con el vaso de vino en la mano, delante del pueblo entero, contestó lo que tenía que contestar:
—Con los propietarios de las tres concesiones, no, porque son municipales y eso lo decide el pleno. Con la caseta de La Fortuna tenemos firmada una opción de compra sobre el cincuenta por ciento desde el catorce de mayo.
No lo dijo con maldad. Lo he pensado mil veces. Lo dijo como se contesta a una alcaldesa que te pregunta delante de tu futuro pueblo, con la voz normal y sin mirarme a mí.
Hubo un ruido de gente.
Y a mí lo primero que se me pasó por la cabeza —esto lo cuento porque es verdad y porque es horrible— fue que se había confundido. Que se refería a mi padre, a la mitad que vendió, a algo de mayo, y que en dos minutos íbamos a aclararlo.
Fue Merche la que me lo desmontó.
Estaba a cuatro metros, con su plato, y se giró hacia mí, y le vi la cara antes de oír nada. Merche lleva sesenta años en este pueblo y treinta llevando papeles, y aquella mujer entendió el asunto entero antes que yo y no pudo disimularlo.
—Candela —dijo, bajito, y no dijo nada más.
Me volví hacia él.
Estaba a dos metros, con el paño en el hombro, y no se había movido nada. Ni un centímetro. Y tenía la cara de alguien que lleva cuatro meses esperando un ruido, y por fin lo oye.
—¿Sobre tu mitad? —dije.
—Sí.
Y ahí se acabó el nueve de septiembre.
De lo que pasó después tengo trozos.
Tengo que Puri se levantó de la silla plegable.
Que Fabio dijo «¿qué?» tres veces, cada vez más alto, y que nadie le contestó.
Que la gente hizo lo que hace la gente en un sitio pequeño cuando pasa algo enorme, que es apartarse un metro y quedarse mirando el suelo, con toda la delicadeza y toda la atención del mundo a la vez.
Tengo que le pregunté, allí de pie, delante de la cazuela:
—¿Desde cuándo?
—Desde el catorce de mayo. La firmé el mismo día que la escritura.
—O sea antes de conocerme.
—Antes de conocerte.
—¿Y el burofax del veintitrés? ¿El de la gestoría?
—Era el ejercicio de la opción.
Cada respuesta la dio entera, rápida, sin adornarla y sin bajar la voz. Y eso, que en otro momento me habría parecido decencia, allí, en aquella explanada, con doscientas personas escuchando, me pareció la cosa más fría que había visto en mi vida.
Tengo que Óscar se acercó. Que hizo el gesto de intervenir, con la mano, y que Leo le dijo «no» sin mirarle, y que Óscar se paró y se quedó donde estaba.
Y tengo lo último, que es lo que me llevo.
Le dije:
—Los ocho folios.
Y él dijo:
—Los ocho folios son verdad.
—Los hiciste el cuatro.
—Sí.
—Sabiendo esto.
—Sabiendo esto.
—Y me dejaste ir a ver a Puri. Y a Vicent. Y a Maite. —Yo no gritaba. Eso es lo peor de todo, que no grité ni una vez—. Yo he ido a pedirle a un hombre de setenta y cuatro años que me guarde el pescado de los martes.
—Candela.
—Y tú tenías esto en un cajón.
—Iba a decírtelo hoy.
Y ahí me reí. Se me escapó una risa fea, corta, de esas que hacen daño al que las oye.
—Claro que sí —dije.
Recogimos la cazuela. Eso también hay que contarlo, porque nadie lo cuenta nunca: que después de que tu vida se rompa en una explanada delante de doscientas personas, hay que recoger una cazuela de setenta raciones, y un cucharón, y una mesa de caballete, y llevarlo todo a un local, y todo eso lo hace uno con las manos mientras la cabeza está en otro sitio.
Lo recogimos entre todos. Fabio no habló. Puri organizó el traslado como si fuera un funeral, que es lo que sabe hacer.
Y cuando ya estaba todo dentro de la caseta, en la puerta, él dijo:
—Voy a decirte lo único que importa y luego me voy.
—No.
—Candela, no vendo. Se lo dije a Óscar anoche a las tres de la mañana. Llamé y le dije que no vendo.
Me quedé un momento con la llave en la cerradura.
Y entonces me di cuenta de que le creía.
Le creía. Otra vez. Después de todo lo del verano, con la cazuela todavía caliente en el suelo del almacén, aquella mujer que soy yo estaba ahí de pie creyéndole que había llamado a las tres de la mañana para decir que no vendía.
Y eso fue lo que me hizo cerrar.
Porque si le creía, entonces era todavía peor: entonces aquel hombre había decidido no vender, había tenido la noche entera, había tenido la mañana, había tenido el arroz, había tenido las cuatro horas de la explanada, y había decidido, con toda la calma del mundo, dejarme cocinar delante del pueblo sin saber lo que sabían él y el que estaba comiendo en la mesa cuatro.
—Vete —dije.
—Vale.
—Y mañana no vengas.
—Es mi mitad.
—Ya lo sé que es tu mitad. —Y ahí sí levanté la voz, la única vez—. Ya lo sé perfectamente que es tu mitad, y todo el pueblo lo sabe, y me lo acabo de enterar yo delante de todo el pueblo, así que mañana no vengas.
Se fue por el paseo.
Y yo entré en la caseta, cerré por dentro, y estuve sentada en el suelo de la sala, con la espalda contra la barra y las luces apagadas, hasta las once y media de la noche.