Capítulo 26
Subí al apartamento a las tres menos cuarto de la mañana y llamé a Óscar a las tres.
Lo tenía decidido desde que bajó el libro de la balda.
—¿Sabes qué hora es? —dijo.
—Sí.
—Vale. —Se oyó moverse—. Dime.
—No vendo.
Silencio. No un silencio de sorpresa: un silencio de trabajo, de los que hace cuando está calculando lo siguiente.
—Vale —dijo.
—Óscar.
—Que vale, que te he oído. —Una pausa—. ¿Es definitivo o es de las tres de la mañana?
—Es definitivo.
—¿Por ella?
—No. —Y era verdad, y me costó decirlo porque sonaba a mentira—. Por los números. He hecho el invierno y sale. Sale justo, pero sale. Aquello puede funcionar doce meses.
—Enséñamelo.
—¿Qué?
—Que me lo enseñes. —Óscar dijo aquello sin ninguna ironía—. Si has hecho un plan que funciona, enséñamelo. Yo esas cosas las miro. A lo mejor te digo dónde te has equivocado y a lo mejor no.
Me senté en la cama.
—Óscar, te estoy diciendo que no te vendo la mitad que necesitas.
—Ya. Y yo te estoy diciendo que me enseñes los números, que son dos cosas distintas y llevo veinte años haciendo las dos. —Bebió algo—. Leo, tú y yo hemos estado seis años sentados en la misma oficina. ¿Tú crees que yo no sé que lo que te jode de esto no es el precio?
No dije nada.
—Bueno —dijo él—. Entonces vamos a lo práctico. Tres cosas.
—Dime.
—Una: si no vendes, el pasivo se queda como está y el aval de tu hermana también. Eso ya lo sabes, pero te lo digo en voz alta porque a las tres de la mañana la gente se olvida de lo que sabe.
—Lo sé.
—Dos: se lo dices tú a Marga. Hoy. No mañana. Que se entere por ti.
—Se lo digo hoy.
—Y tres. —Ahí cambió de tono—. Mañana como en el concurso de arroces.
Me quedé quieto.
—¿Cómo?
—Que mañana estoy ahí. Con Rocío y con el gerente.
Nos ha invitado la alcaldesa, es un acto público del pueblo y llevamos un mes intentando que nos vean comiendo en la plaza como personas normales.
—Un silencio—. Eso estaba puesto en la agenda desde el veinte de agosto, Leo, y no lo he montado yo esta noche para fastidiarte.
—Ya lo sé.
—Bien.
—Óscar.
—Dime.
—¿Y si te preguntan?
Y ahí hubo un silencio de verdad. Cuatro segundos, cinco.
—Pues depende de quién y de cómo —dijo—.
Si me pregunta la alcaldesa delante de sesenta personas si tenemos algún acuerdo con los propietarios de la caseta del Faralló, yo no puedo decir que no, porque hay una opción firmada, es información relevante y hay un pleno en septiembre.
Y si me lo pregunta ella, tampoco le voy a mentir, porque no le he mentido en dos meses y no voy a empezar mañana.
—Vale.
—Leo. —La voz le bajó—. Díselo tú. Esta noche. Levántate, baja a esa casa y díselo. Son las tres de la mañana y esa mujer no va a estar durmiendo.
Colgó.
Me quedé sentado en la cama con el móvil en la mano.
Y aquí está la última cosa que tengo que contar de aquella madrugada, y es la peor de todas, porque no es una mentira ni un silencio: es una elección tomada con toda la información encima de la mesa, a las tres y cuarto de la mañana, por un hombre de treinta y seis años que no estaba cansado y que no tenía prisa.
Pensé: mañana no va a preguntar nadie.
Lo pensé de verdad. Me lo argumenté: que el concurso es una fiesta, que a nadie se le ocurre hablar de negocios en la plaza con la charanga, que Maite es una política demasiado buena para montar eso en público, que Óscar es un profesional.
Y encima de ese cálculo puse el otro: que si se lo contaba a las tres y media de la mañana del día del concurso, ella iba a cocinar delante de todo el pueblo con eso dentro.
Se lo iba a decir el jueves. El jueves nueve por la noche, después del concurso, con la caseta cerrada, con el libro de su abuela ya guardado y sin doscientas personas delante.
Voy a dejar escrita también la parte que no me sirve de nada.
Que a las tres y veinte me levanté. Que me puse los pantalones. Que llegué hasta la puerta del apartamento con las llaves en la mano, y que desde la ventana del rellano se ve la cuesta y se ve, si hay luz, la ventana de la cocina de su casa.
Había luz.
Estuve mirando aquella ventana encendida cuarenta segundos, con las llaves en la mano, a las tres y veinte de la mañana del nueve de septiembre.
Y me volví a la cama.
Puse el móvil en la mesilla, boca abajo, y me dormí a las cuatro menos veinte.
A mi hermana la llamé a las ocho y cuarto de la mañana, camino de la caseta, y le dije que no vendía.
Marga se quedó callada tres segundos.
—Vale —dijo—. Pues ya nos apañaremos.
Y luego, antes de colgar:
—Leo. ¿Se lo has contado?
—Hoy.
—Hoy es hoy, ¿eh. No es «hoy» de los tuyos.
—Hoy.