Todo a medias Capítulo 25
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Capítulo 25

Los cinco días que van del sábado cuatro al miércoles ocho de septiembre son los mejores de mi vida y lo digo sabiendo perfectamente cómo terminaron.

Eso no me lo quita nadie. He estado dándole vueltas todo este tiempo y siempre llego al mismo sitio: que aquellos cinco días fueron verdad mientras duraron, y que lo que vino después no los borra, aunque los estropee.

Empecé por Puri.

Se lo dije el sábado a las once de la mañana, en la cocina, con los ocho folios en la mano. Le conté el plan entero: miércoles a domingo, mediodías, menú corto, dieciséis mesas, y ella y yo.

Puri me escuchó desespinando. Cuando terminé, no dijo ni sí ni no. Dijo:

—¿Con caldera?

—Con caldera.

—Porque yo con las manos en el agua fría de enero no me pongo, Candela, que tengo sesenta y uno y ya me duelen.

—Con caldera y con agua caliente en la pila.

Siguió desespinando. Le dio la vuelta a un salmonete.

—El martes de la consulta no te apures —dijo—. Que ese día hago yo cocido y ya está. Cocido y punto. La gente mayor, cuando sale del médico, quiere cocido.

Y eso fue todo. Sin ceremonia. Aquella mujer acababa de decirme que sí a trabajar cinco días por semana durante ocho meses y lo había hecho pidiéndome una caldera y ofreciéndome un menú.

Vicent fue el domingo.

Bajé al pantalán a las siete y cuarto con los folios en una bolsa, y se los enseñé allí mismo, encima de una caja, con él secándose las manos en el pantalón antes de tocarlos.

Los miró un rato. Pasó las hojas despacio, y en la del escenario probable se paró y siguió la columna de la izquierda con el dedo.

—¿Esto es de él? —dijo.

—Es de los dos.

—Ya. —Siguió leyendo—. Digo la letra.

—La letra es suya.

Vicent asintió sin comentar. Llegó al final, juntó las hojas, las igualó con dos golpecitos contra la caja y me las devolvió.

—En invierno la lonja es otra cosa —dijo.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. En invierno hay días que no salgo, y entonces no hay pescado, y no hay pescado tampoco al día siguiente. —Se subió la gorra—. Si abres cinco días, dos de esos cinco vas a tener que hacer otra cosa.

—Por eso el cocido.

—El cocido está bien. —Se quedó un momento callado—. Y a mí me apartas los martes. Los martes yo te guardo lo que haya, aunque sea poco. Los martes hay médico.

Y allí, en el pantalán, a las siete y veinte de la mañana, un hombre de setenta y cuatro años que en junio no le vendía a Leo ni un boquerón acababa de meterse en el proyecto sin que yo se lo hubiera pedido.

El lunes se lo dije a Fabio.

Se lo dije mal, además: se lo solté mientras cargábamos el lavavajillas, sin preparación ninguna, porque llevaba dos días con ello dentro.

—Fabio, si abrimos en invierno, ¿tú te quedas?

Cerró la puerta del lavavajillas y se quedó mirando el botón.

—¿En invierno?

—De miércoles a domingo, mediodías. Menos horas que ahora. Y menos dinero, te lo digo ya.

—Es que en octubre yo empiezo el grado en Denia —dijo—. Que ya lo tengo matriculado.

—Ya lo sé.

—Ya. —Le dio al botón—. Los fines de semana sí.

—¿Seguro?

—Jefa. —Me miró como si le hubiera preguntado una tontería—. Que sí.

Y luego, dos horas después, mientras montaba la terraza, me dijo desde fuera, a gritos:

—¡Y los martes también, que los martes no tengo clase!

Con Maite fue distinto y fue el martes.

Pedí cita en el ayuntamiento y me la dio para el mismo día, que en esta isla significa que ya sabía a qué iba antes de que yo entrara.

Le expliqué el plan en cinco minutos. Y luego dije la parte que importaba:

—Maite, esto sale si hay ferry en invierno.

Ella juntó las manos encima de la mesa.

—Ya.

—Los martes y los viernes, mínimo. Con la consulta.

—Candela, el ferry de invierno cuesta ciento cuarenta mil euros al año. —Lo dijo sin dramatismo, como el que da una hora—. Y yo llevo nueve años presentando ese número en el pleno y nueve años oyendo que no está.

—Ya lo sé.

—Y ahora hay una empresa que dice que lo paga cinco años.

Nos quedamos las dos mirándonos.

—¿Y si les sale bien y a los cinco años se van? —dije.

—Pues nos quedamos como estamos, pero cinco años más viejos. —Se echó atrás en la silla—. Y con dieciocho personas que habrán tenido nómina cinco años, que también cuenta.

—O sea que estás a favor.

—Yo no estoy a favor de nada, yo soy la alcaldesa.

—Cogió un boli y lo dejó—. Estoy a favor de que en esta isla haya un colegio.

Y a día de hoy la única propuesta que hay encima de mi mesa para pagar ese barco viene de Denia y trae un contrato de cinco años.

Tráeme tú otra y me lo miro con la misma cara.

Salí del ayuntamiento a las doce y media del martes siete y me senté en el banco de la plaza.

Y ahí, en aquel banco, pensé una cosa que era nueva y que era mía: que Maite tenía razón.

Que aquella mujer no era nuestra enemiga, ni el enemigo era Óscar Bru, ni siquiera el club de mar.

Que la única pregunta que había encima de la mesa era quién paga un barco de ciento cuarenta mil euros al año, y que mientras la respuesta fuera «los de Denia», los de Denia tenían derecho a pedir lo que quisieran a cambio.

Y a la vez pensé la otra cosa, la que me daba vueltas desde el sábado: que un comedor de invierno de veintiséis cubiertos diarios no paga un ferry, ni de lejos, ni juntando diez comedores.

Pero sí hace algo. Hace que exista una razón más para que el barco salga.

Aquella tarde se lo conté a él y estuvimos hasta las dos de la mañana en la mesa nueve, con la caseta cerrada, escribiendo en el reverso de las comandas viejas una lista de todo lo que en esta isla depende de ese ferry: el médico, el colegio, el instituto de los de catorce, la farmacia, la basura, el gasóleo, el pan de Denia los jueves.

Salieron once cosas. La última la escribió él y ponía: «un comedor».

—Esto se lo llevas a Maite —dijo.

—Esto no es nada.

—Esto es una lista de once razones en un papel, y esa mujer lleva nueve años defendiendo el barco con una sola.

Y luego, ya de madrugada, con la lista entre los dos encima de la mesa, hice lo que no había hecho en tres meses.

Me levanté, fui al almacén, subí a la caja de refrescos, bajé de la balda alta el paño de cuadros y lo puse en la mesa nueve.

Lo desenvolví delante de él.

—Esto es el libro —dije.

Es un cuaderno grande de tapa dura, de contabilidad, de los que se vendían en la papelería de Denia en los sesenta.

Está hinchado del todo, tiene las esquinas comidas y huele a lo que huele.

Dentro no hay recetas. Eso es lo que la gente se cree y no es verdad.

Dentro hay cantidades, precios, notas al margen, y una letra que cambia tres veces a lo largo de cincuenta años: la de mi bisabuela al principio, en dos páginas, luego cuarenta años de mi abuela, y al final, en las diez últimas, la mía de los veinte años, con las cosas que ella me iba diciendo y yo apuntaba mal.

Él no lo tocó.

Se quedó con las manos en las rodillas, mirándolo abierto encima de la mesa, y me preguntó si podía, y le dije que sí, y entonces pasó tres páginas con dos dedos y por el canto, con un cuidado que me hizo un daño horrible.

—Aquí pone «el de siempre» —dijo.

—Ese es el arroz del martes.

—¿Y cuál es?

—No lo sé. —Me reí—. Nadie lo sabe. Se murió con ella.

Cerró el libro. Lo envolvió otra vez en el paño de cuadros, igual que estaba, y me lo pasó por encima de la mesa con las dos manos.

Y ahí, a las dos y veinte de la mañana del miércoles ocho de septiembre, con el recetario entre nosotros dos y once razones escritas en el reverso de una comanda, yo estaba más segura de una cosa de lo que he estado en mi vida.

Al día siguiente era el concurso de arroces.