Capítulo 24
Me lo pidió el jueves dos de septiembre a las cuatro de la tarde, en la mesa nueve, con dos cafés y una carpeta.
—Necesito que me hagas una cosa —dijo—. Y quiero que me la hagas tú porque eres el único que sabe hacerla y porque es la mitad tuya.
—Dime.
—Quiero abrir en invierno.
Y me lo contó entero, y me lo contó de pie a mitad de la explicación porque no podía estar sentada, y llevaba en aquella carpeta las hojas de agosto, la libreta de Merche, y el fichero de madera de su abuela, que abrió por el tercer cajón para enseñarme una ficha con seis cifras del setenta y nueve al ochenta y cuatro.
De miércoles a domingo. Mediodías. Menú corto de dos precios.
Con Puri, con ella, y una persona más los fines de semana.
Pescado de Vicent, verdura del huerto de su tío y del de dos vecinos más.
Sin cenas, porque en invierno aquí a las siete y media no hay nadie en la calle.
Con la sala reducida a dieciséis mesas y la mitad del local apagada para no calentarla.
—Y hay una cosa más —dijo—. Los martes.
—¿Qué pasa los martes?
—El ambulatorio. Consulta los martes y los viernes por la mañana.
Viene el médico en el ferry de las siete y cuarto y se va en el de las cinco y media.
—Se sentó por fin—. Y toda la gente mayor de esta isla, todos los martes, sale del ambulatorio a las doce y media y se va a su casa a comer sola. Y son ochenta personas.
Me quedé con el café a medio camino.
Porque eso, punto por punto, era la línea seis de mis dos folios del diecisiete de agosto.
Yo la había puesto ahí a las tres de la mañana, solo, en un apartamento con las paredes de color entre amarillo y nada, y aquella mujer llevaba veinte años detrás de una barra y lo tenía en la cabeza sin haberlo escrito nunca.
—Te va a hacer falta un permiso nuevo de la licencia —dije, por decir algo profesional.
—Ya. Y una caldera. Y cambiar las ventanas de la cara norte.
—Y un plan de doce meses en el papel, no de cinco.
—Por eso te lo pido a ti.
Los hice.
Los hice en dos días, con todo lo que había: las hojas de la caja de zapatos desde el noventa y siete, los tíquets de este verano, el consumo de luz de tres inviernos que le pedí a Merche, los precios de Vicent y una estimación de aforo que saqué a ojo mirando quién entraba en el bar de Batiste un martes de febrero, dato que fui a conseguir en persona el viernes por la mañana, sentado allí dos horas con un café.
Salieron ocho folios. Un escenario malo, uno probable y uno bueno.
Y salió lo mismo que me había salido en agosto, pero mejor documentado: que aquello es un negocio pequeño, difícil y posible.
Que enero y febrero pierden. Que Semana Santa lo salva.
Que el punto de equilibrio está en veintiséis comensales de media al día.
Y que todo el edificio se sostiene sobre una viga y solo una: el ferry de invierno.
El viernes, en el bar de Batiste, mientras contaba a la gente que entraba, se me sentó Quino enfrente con su carajillo.
—¿Usted qué apunta ahí?
—Cuánta gente entra aquí un viernes.
—¿Y para qué?
Se lo dije. Le dije que estábamos mirando si se podía abrir la caseta en invierno.
Quino se bebió medio carajillo y miró la calle por el escaparate.
—En el ochenta y siete abrió en invierno la del Racó —dijo—. Duró dos meses. Cerró en febrero.
—¿Y por qué cerró?
—Porque el hombre era de Alicante y no aguantó. —Terminó el carajillo—. Aquí en enero no es que no venga gente. Es que no viene nada. Ni gente, ni cartas, ni el pan algunos días. Y hay que aguantar eso hasta marzo sabiendo que en marzo tampoco.
Lo apunté. Lo apunté literalmente, con esas palabras, en el reverso de la hoja, y luego lo metí en el escenario malo.
Se los di el sábado cuatro por la mañana, antes de abrir, con la caseta vacía.
Los leyó de pie, en la barra, los ocho folios, sin decir nada, tardando de verdad. Tardó veinte minutos.
Cuando llegó al final, se quedó con la última hoja en la mano.
—Veintiséis personas al día —dijo.
—Veintiséis de media.
—Puedo hacer veintiséis. —Levantó la vista—. Leo, es que puedo hacer treinta.
Y ahí me sonrió de una manera que no le había visto en dos meses y medio, y esa sonrisa es la cosa que me llevo de todo aquel verano y la que me sigue pareciendo, hoy, la más cara que he pagado nunca.
Porque yo llevaba dos días haciendo aquellas cuentas sabiendo lo que sabía.
Sabía que el quince de septiembre vencía una opción firmada por mí.
Sabía que en mi cajón había once páginas con mi firma en la última.
Sabía que aquella mujer estaba de pie en su barra a las nueve de la mañana leyendo ocho folios que yo le había preparado sobre el futuro de un local del que yo era dueño a medias, y que en ninguno de esos ocho folios aparecía la palabra Marenostra.
Se lo iba a decir. Que conste otra vez, aunque a estas alturas ya no valga: se lo iba a decir. Lo tenía decidido desde el dieciocho de agosto y lo seguía teniendo decidido el cuatro de septiembre, y lo único que había cambiado era que cada día que pasaba tenía más que perder al decirlo.
Eso es lo que hace un plazo. Un plazo no te obliga a mentir. Te da una razón nueva cada mañana para dejarlo para la tarde.
—¿Qué pasa? —dijo ella.
—Nada.
—Estás con una cara.
—Estoy cansado.
—Ya. —Dejó los folios en la barra, ordenados—. Oye, y luego está lo otro.
—¿Qué otro?
Se puso a colocar los folios que ya estaban colocados.
—Que si esto sale —dijo—, aquí en invierno hay trabajo para dos.
No me miró al decirlo. Miró los folios.
Y yo tuve tres segundos, y en esos tres segundos pensé una cosa que no me perdono, que es que si se lo contaba en aquel momento se me caía todo: el invierno, los ocho folios, la mujer, y también la idea recién nacida de que yo pudiera ser otra vez alguien que abre un sitio en vez de alguien que cierra sitios.
—Ya lo hablaremos —dije.
Y aquella tarde, a las siete, cuando salí a fumar un cigarro que no fumé, marqué el número de Óscar y colgué antes del primer tono.