Capítulo 23
Lo que pasó entre nosotros dos no lo habló nadie en aquella caseta durante ocho días, y eso, con Puri dentro, es un récord del mundo.
No hicimos nada distinto. Ese fue el acuerdo tácito y era el único posible: teníamos servicio, teníamos a Fabio, teníamos ciento treinta cubiertos diarios y teníamos siete metros veinte de barra en los que se ve todo.
Así que trabajamos igual. Él en su pase, yo en mi barra, la comanda única, la cinta en la cámara.
Y a la vez, no igual.
Porque una cosa es trabajar a cincuenta centímetros de alguien y otra es trabajar a cincuenta centímetros de alguien con quien estuviste en el suelo de tu almacén el martes.
Todo el sistema que teníamos montado —el ceder el paso, el pasarse las cosas, el rozarse el brazo al cruzar un plato— seguía funcionando igual y significaba otra cosa. Y no había manera de apagarlo.
Puri lo supo el segundo día.
Se lo calló. Cambió una cosa: hasta entonces, cuando salía de la cocina con una cazuela, decía «paso» y nosotros nos apartábamos. A partir del miércoles empezó a decir «paso» dos metros antes.
Eso fue todo su comentario y me duró tres días la vergüenza.
Fabio tardó cuatro días y lo llevó peor. El chaval anduvo dos jornadas mirándonos raro, sacando temas de conversación sospechosos y riéndose demasiado, y al final, un jueves a las cinco de la tarde, mientras secábamos vasos, soltó:
—Jefa.
—Dime.
—Nada. —Secó un vaso—. Que me alegro.
—¿De qué?
—De nada. —Y salió a la terraza con la bandeja, rojo hasta las orejas.
Marga y Nora se fueron el veintisiete en el ferry de las cinco y media.
La niña me hizo prometerle otra vez lo de la boya.
Me lo hizo prometer en el pantalán, delante de tres testigos y con toda la solemnidad de una escritura pública, y luego me dio un abrazo de esos de cría de siete años, con la cabeza en el estómago, y me dijo al oído que le dijera a Manolo que volvía.
Marga se despidió al final, cuando ya la llamaban del barco.
—Oye —dijo.
—Dime.
Se colgó la bolsa. Miró un momento hacia donde estaba su hermano, que llevaba la maleta grande de la niña por la pasarela.
—Nada. —Me apretó el brazo—. Que gracias por el mes.
Y subió.
Y yo me quedé pensando que aquella mujer, que llevaba veintidós días diciéndome sin filtro lo que pensaba de todo, se había ido sin decirme lo que estaba a punto de decirme.
Lo de la porra salió el treinta.
Salió mal, además, y por culpa de la persona más inocente del mundo: Amparito, la nieta de Amparo, dieciséis años, que estaba tomándose un granizado en la mesa cinco con dos amigas y que, al verme salir de la cocina detrás de él, dijo en voz alta y a bocajarro:
—¿Y esto desde cuándo?
Media terraza se dio la vuelta.
—¿El qué? —dije.
—Lo vuestro. —La cría me miró con los ojos como platos, ya sabiendo que la había liado—. Es que es importante.
—¿Importante para quién?
Y ahí la amiga le dio un codazo, y Amparito se puso roja, y las tres se metieron en el granizado a la vez, y en la mesa de al lado un señor se rio con la boca cerrada.
Bajé a la farmacia a las cinco y media.
Aurora estaba detrás del mostrador poniendo cajas. Levantó la vista, me vio la cara y supo perfectamente a qué venía, porque Aurora sabe siempre a qué viene todo el mundo.
—Enséñamela —dije.
—¿El qué?
—Aurora.
Suspiró. Se agachó, abrió un cajón y sacó una libreta de hule negro, de esas de toda la vida, con las esquinas dobladas. La puso en el mostrador y la abrió por la mitad.
Dos columnas. Fecha y nombre. Y al lado, una cifra.
Empezaba el veintiocho de junio.
—Veintiocho de junio —dije.
—Sí.
—Yo el veintiocho de junio no le había dicho ni diez palabras a ese hombre.
—Ya. —Aurora se cruzó de brazos—. Pero él llevaba tres días viniendo a la playa a las siete de la mañana a mirar tu caseta, y tú llevas veinte años sin dejar que nadie te ayude a bajar la persiana.
Miré las columnas.
Había cuarenta y tantos nombres. Todo el pueblo estaba ahí: Batiste, Quino, la madre de Fabio, la propia Aurora, Merche —Merche, mi gestora—, el hermano de mi padre. La mayoría había apostado por agosto. Había cuatro valientes en septiembre. Uno en «octubre o más».
Y abajo del todo, en la última línea, con una letra torcida de puño de red, ponía:
«NUNCA — Vicent — 20 €».
Veinte euros. La apuesta más cara de toda la libreta, y pagada por adelantado en junio.
—¿Cuánto hay? —dije.
—Doscientos treinta y uno.
—Doscientos treinta y uno.
—Es un euro la papeleta y hay gente que ha jugado varias fechas. —Aurora cerró la libreta—. Y antes de que preguntes: no, no puedes apostar tú, y no, no te voy a decir quién ha ganado.
—Es que no me lo puedo creer.
—Candela, hija. —Se apoyó en el mostrador con las dos manos—. Llevamos veinte años viéndote cerrar sola esa caseta a las doce de la noche. Veinte. ¿Tú sabes lo pesado que es eso de ver?
Y ahí me callé, porque no se me ocurrió absolutamente nada que decir.
En la puerta me volví.
—Aurora.
—Dime.
—¿Tú qué has apostado?
Se puso a colocar cajas que no había que colocar.
—Yo no juego —dijo—. Yo llevo el bote y hago de fedataria.
—Aurora.
—Que no juego. —Y sin levantar la vista de las cajas—: Si jugara, Candela, tendría que decidir una fecha. Y a mí que decidan otros y yo lo apunto, que es lo que sé hacer.
Lo dijo con una naturalidad completa y a mí se me quedó dentro todo el día. Aquella mujer lleva veinte años detrás de un mostrador apuntando las vidas de los demás en una libreta de hule.
Volví a la caseta con la cara todavía caliente. Él estaba en el pase.
—Hay una porra —dije.
—Ya lo sé.
—¿Cómo que ya lo sabes?
—Me lo dijo Batiste en julio. —Ni levantó la cabeza del plato—. En el bar. Me preguntó si me importaba y le dije que no me importaba.
—¿Y no me lo dijiste?
—No.
—¿Por qué?
Ahí sí levantó la cabeza.
—Porque en julio, si te lo llego a decir, no me hablas en un mes.
Y siguió emplatando, y yo me quedé de pie en la puerta de la cocina con ganas de tirarle algo y con la sensación bastante clara de que aquel hombre me conocía mejor de lo que me convenía.
El treinta y uno cerramos a las doce y media y el uno de septiembre amaneció distinto.
Septiembre en esta isla es una cosa muy concreta: el uno se van los del camping, el tres empieza el colegio en Denia, y de repente en la playa hay huecos. La gente que queda es otra: parejas mayores, alemanes que se quedan hasta octubre, gente de aquí que por fin baja a la playa porque ya se puede.
Y en la caseta, el uno de septiembre, hicimos cuarenta y ocho cubiertos.
Cuarenta y ocho, después de un mes de ciento treinta.
Es lo normal. Pasa todos los años y yo lo sé desde que tengo uso de razón. Pero aquel año, con la sala medio vacía a las tres de la tarde y el sol ya entrando más bajo por el sur, me senté en la mesa nueve con la carpeta de la caja y me puse a hacer números, que no los hacía desde junio.
Y salieron.
Salieron bien. Cerré agosto con la mejor caja desde el dos mil diecinueve, y no por poco: un veintidós por ciento por encima del año anterior.
Entre el menú de mediodía, los platos suyos que traían gente de fuera, y las dos cocinas trabajando a la vez, aquella caseta había facturado en agosto lo que no facturaba desde antes del aparcamiento del Racó.
Me quedé mirando la hoja un rato largo.
Y luego hice una cosa que no había hecho en tres años: cogí el móvil y llamé a Merche para pedirle una cita.
—¿Para qué? —dijo.
—Para una cosa que quiero mirar.
—¿Qué cosa?
Y ahí, con la sala medio vacía y el sol bajo, lo dije en voz alta por primera vez.
—Abrir en invierno.