Capítulo 22
El cartero de esta isla se llama Sergio, tiene veintitrés años, viene en el ferry de las siete y cuarto tres días por semana y reparte en una moto verde.
A las nueve y diez de la mañana del veintitrés de agosto entró en la caseta con la moto aparcada en la arena, pisó el barro sin darle importancia, dijo buenos días a los seis, miró el desastre y preguntó si había entrado mucha.
—Un palmo —dijo Candela, con la escoba.
—A los del Racó se les ha llevado el chiringuito de la playa entero. Entero, ¿eh. El suelo se ve.
—Joder.
—Ya. —Sacó el sobre y miró el nombre—. ¿Miralles?
—Soy yo.
—Burofax. Hay que firmar.
Firmé con el boli que me dio, apoyando en el mostrador de la barra, con arena en el mostrador.
Sergio se guardó el resguardo, dijo que le dijéramos a Puri que su sobrino había preguntado por ella, se despidió y salió, y le oímos arrancar la moto en la arena con esa dificultad que tienen las motos en la arena.
Yo tenía el sobre en la mano.
Y allí estábamos: seis personas en una sala llena de barro a las nueve y diez de la mañana.
Puri con la escoba de goma. Fabio moviendo sillas.
Marga con la fregona. Nora sentada en el taburete con las piernas colgando, comiéndose una magdalena.
Y Candela, a tres metros, mirándome, con la escoba parada.
—¿Qué es? —dijo.
Y aquí está lo que pasó, tal cual pasó, y no tengo forma de contarlo que me deje mejor.
No hacía falta abrirlo. Yo sabía lo que era.
Solo hay una persona en el mundo que me mande un burofax y solo hay una cosa que me pueda mandar por burofax, y la cláusula tercera dice que la comunicación de ejercicio de la opción se hará por medio fehaciente con veintitrés días de antelación, y del veintitrés de agosto al quince de septiembre hay exactamente veintitrés días.
Óscar lo mandó el sábado. Con el aviso de temporal ya dado. Cumpliendo el plazo al día.
Tenía delante a una mujer con la que había estado en el suelo de un almacén tres horas antes, que me había dicho «no te vayas en septiembre» y que me estaba preguntando qué era aquel sobre.
Tenía la respuesta entera. La había preparado el dieciocho por la noche, con dos folios delante. Me la sabía.
—Papeles —dije.
—¿De qué?
—De la gestoría. De lo mío de Madrid.
Y ella asintió y volvió a barrer.
Eso es lo que hice: cinco palabras, dos de ellas mentira, y ella volvió a barrer porque tenía tres dedos de arena en su cocina y un servicio que sacar aquel mismo mediodía, y porque hasta ese momento yo no le había mentido nunca y no tenía ninguna razón para mirarme dos veces.
Me metí el sobre en el bolsillo de atrás.
Lo abrí a las cuatro de la tarde, solo, en el apartamento, y decía lo que decía.
Y ese mismo día, a las once de la noche, cuando cerramos, ella me pasó por detrás en la barra, me tocó la espalda con dos dedos al pasar —dos dedos, un segundo, delante de nadie porque no había nadie— y me dijo:
—Mañana descansamos y hablamos de lo tuyo.
—Vale.
No hablamos al día siguiente. Ni al otro.
Yo tenía veintitrés días.