Todo a medias Capítulo 21
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Capítulo 21

El levante no viene del mar. Eso es lo que no entiende la gente de fuera. El levante viene del mar pero el destrozo lo hace la arena: la levanta, la mete por debajo de las puertas, la clava en las juntas, y a la mañana siguiente tienes tres dedos de playa dentro de tu cocina y las bisagras comidas.

El agua es lo segundo.

A las doce menos veinte entró la primera racha buena y a la una ya estábamos los dos dentro con la persiana bajada, oyendo aquello.

La caseta de mi abuela ha aguantado cuarenta y nueve años en primera línea.

Está construida como se construía entonces, con el muro de carga contra el este y las ventanas al sur, y por eso sigue de pie mientras las tres de abajo se han rehecho dos veces cada una.

Pero tiene una puerta de servicio en la cara norte con una junta puesta a mano, y tiene el desagüe de la terraza que da a la arena, y ese desagüe, cuando el mar sube y la arena tapa la salida, hace lo contrario de lo que tiene que hacer.

A la una y veinte empezó a entrar agua por ahí.

No fue una inundación de película. Fue peor, porque fue lenta: una lámina que sube dos dedos en veinte minutos y que no puedes parar porque no viene de un sitio, viene de todos.

Nos pusimos.

Él fue a por los sacos terreros que quedaban del año pasado, cuatro, medio podridos, y los puso en la puerta de servicio. Yo cogí la manguera de la terraza, la desconecté y la usamos de sifón para sacar por el desagüe de fuera lo que entraba por el de dentro. Duró media hora.

A las dos, el agua nos llegaba al tobillo en toda la sala.

—El congelador —dije.

—¿Qué?

—El congelador está en el suelo. El motor está abajo.

Y ahí vino la primera de las cosas que hicimos aquella noche y que no le he contado a nadie: levantamos un congelador de doscientos kilos con dos palés y una barra de hierro, en veinte centímetros de agua, a las dos y cuarto de la mañana, los dos solos, sin hablar más que para contar hasta tres.

A las dos y media se fue la luz.

Duró cuarenta minutos y fueron los peores, porque sin bomba, sin luz y con el agua entrando solo se puede achicar a mano y esperar. Encendimos las dos linternas. La grande la puso él de pie en el suelo, apuntando al techo, que ilumina la sala entera en vez de un punto, y lo hizo sin pensarlo.

—¿Dónde has aprendido eso?

—En un sótano de Ponzano, en dos mil dieciséis. —Cogió el cubo—. Se nos reventó una tubería y estuvimos toda la noche igual que esto.

—¿Y lo salvasteis?

—Sí. —Vació el cubo por la puerta—. Aquello sí.

A las tres y diez volvió la luz de golpe, con el ruido de la cámara arrancando y el zumbido del cartel de fuera, y los dos nos quedamos parados un segundo con los cubos en la mano.

A las tres y media dejó de subir.

No porque parara. Porque encontramos por dónde entraba lo gordo, que era una rejilla del lateral que yo llevaba nueve años sin mirar, y él la tapó desde fuera con un tablero de Quino y dos ladrillos, saliendo con el chubasquero por la puerta de la barra, con el levante entrando de lado, y yo agarrándole la puerta desde dentro con las dos manos para que no se la llevara.

Estuvo fuera un minuto y quince segundos. Los conté.

Cuando entró venía blanco de arena entera, con la ropa pegada, y se apoyó en la barra con las dos manos y se quedó así tosiendo un rato.

—Está tapado —dijo.

—Ya lo veo.

—Hay que sacar lo de dentro.

—Ya lo sé.

Y nos pusimos a sacar agua con recogedores y cubos, de rodillas, los dos, por turnos, durante dos horas y media.

De esas dos horas y media no hay nada que contar. Es lo más aburrido que he hecho en mi vida y estaba absolutamente segura, mientras lo hacía, de que no lo iba a olvidar nunca.

A las seis menos cuarto ya no quedaba lámina, solo la arena y el barro y el olor.

A las seis, la luz empezó a levantarse por detrás del temporal, y por la ventana del sur se veía el mar hecho una cosa marrón y blanca que no se parecía en nada al mar del día anterior.

Nos sentamos en el suelo. Los dos, contra la barra, con las piernas estiradas en el barro, empapados y con las manos destrozadas.

—Se ha salvado —dije.

—Se ha salvado.

—El año que viene hay que rehacer ese desagüe entero.

Y él se rio.

Se rio por lo bajo, con la cabeza apoyada en la barra, y yo tardé tres segundos en darme cuenta de lo que había dicho.

El año que viene.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—De algo te ríes.

—De que llevas cuatro horas achicando agua de rodillas y ya estás pensando en el año que viene. —Se giró para mirarme—. No conozco a nadie así.

Y ahí es donde lo dejo.

Voy a contar lo justo, porque hay cosas que no le importan a nadie y porque lo que pasó a las seis y diez de la mañana del veintitrés de agosto en el suelo de la cocina de mi abuela fue mío y de nadie más.

Diré esto:

Que nos besamos ahí, en el suelo, con la ropa mojada y las manos sucias, y que empezó él y terminé yo, y que ninguno de los dos preguntó nada antes.

Que llevábamos dos meses trabajando a cincuenta centímetros el uno del otro y que el cuerpo de una persona con la que trabajas se conoce de otra manera: yo sabía cuánto pesaba antes de tocarlo, porque le había visto levantar cajas, y sabía la temperatura de sus manos porque me las había rozado cuarenta veces al cruzar un plato.

Que olía a sal, a arena y a la lejía del cubo, y que aquello, aquella noche, era el olor bueno.

Que nos reímos dos veces, una por la postura y otra por un ruido que hizo el congelador, y que las dos veces nos callamos enseguida.

Que no fue en el suelo, al final. Fue en el almacén, en el hueco de las mesas apiladas, de pie primero y luego no, y que si alguien me hubiera dicho en junio que mi almacén iba a ser eso, le habría escupido.

Y que después nos quedamos allí un rato largo, en el suelo del almacén, entre las patas de las mesas de la terraza, con la puerta abierta y la luz gris entrando desde la sala, y que él tenía el brazo debajo de mi cabeza y no lo movió aunque se le tuvo que dormir.

En algún momento le dije:

—No te vayas en septiembre.

Y no fue una petición. Fue una frase que se me cayó de la boca porque tenía sueño y porque llevaba cuatro horas achicando agua con él, y en cuanto la dije me di cuenta de que era la cosa más grande que había dicho en voz alta en muchísimo tiempo.

Él tardó en contestar.

—Tengo que contarte una cosa —dijo.

—Ahora no.

—Candela.

—Que ahora no. —Le puse la mano en el pecho, sin fuerza—. Llevo despierta veinticuatro horas. Dime que no es que estás casado.

—No estoy casado.

—¿Se ha muerto alguien?

—No.

—Pues entonces mañana.

Y me dormí ahí, veinte minutos o media hora, en el suelo del almacén de mi abuela, encima del brazo de un hombre que llevaba tres meses siendo dueño de la mitad de todo aquello.

Cuando me desperté, él estaba despierto. Mirando el techo.

Nos levantamos, nos vestimos, hicimos café en la cafetera de la barra con la caseta hecha un desastre y el suelo lleno de arena, y nos lo bebimos de pie, callados, mirando por la ventana del sur cómo se iba el temporal hacia el norte.

Puri llegó a las ocho menos cuarto.

Miró la sala, miró el suelo, miró el congelador subido en los palés, miró la rejilla tapada desde fuera con un tablero y dos ladrillos, y luego nos miró a nosotros dos, con la misma ropa del día anterior y el pelo como lo teníamos.

—Voy a por escobas —dijo.

Y se fue a por escobas.

A las nueve menos cuarto llegaron Marga, Nora y Fabio, y a las nueve en punto estábamos los seis en la sala barriendo arena.

Y a las nueve y diez llegó el cartero.