Capítulo 20
El levante se anuncia con un día entero de antelación y eso lo aprendí aquel domingo, viendo a un pueblo entero prepararse para algo que todavía no se veía.
A las siete y cuarto de la mañana, la radio del puerto dio el aviso.
A las ocho, Vicent y otros tres estaban doblando amarras en el pantalán.
A las nueve, el camping había recogido la mitad de las sombrillas.
A las diez, Quino sacó de la trastienda una pila de tableros de madera que llevaban allí desde el año pasado y empezó a repartirlos por las casas de la primera línea sin que nadie se los pidiera.
Y a las diez y media, en la playa del Faralló, hacía sol y no corría un soplo de aire y había cuatrocientas personas bañándose.
Eso es lo que me descolocó de todo aquel día: que el aviso era para veinte horas después y aquí ya se movía todo el mundo, y mientras tanto el mar estaba como un plato y los de fuera estaban tomando el sol.
—¿Y eso qué es? —le pregunté a Puri, señalando la calma.
—Eso es que viene —dijo.
Trabajamos el mediodía normal. Ochenta y tres cubiertos, que para un domingo de agosto es poco, porque a la una y media empezó a correr la voz entre los que se iban en el ferry de las cinco y media.
A las tres, Maite pasó por la caseta con el chaleco del ayuntamiento y nos dijo que los de Marina cerraban la playa a las siete de la tarde, que el ferry de las cinco y media estaba en duda y que el de las nueve de la noche estaba cancelado seguro.
—Y ustedes, esta noche, todo lo que puedan quitar de la terraza, quítenlo —dijo—. Que en el dos mil dieciocho a estos —señaló hacia las casetas de abajo— se les llevó veinte sillas hasta la carretera.
Cerramos a las cinco, como todos los domingos.
El ferry de las cinco y media se canceló a las cinco menos cuarto.
Mi hermana lo supo en el móvil, de pie en la terraza, con las maletas ya hechas y la niña con las chanclas puestas. Miró la pantalla, miró el mar —que seguía como un plato, con un sol de justicia—, y dijo:
—Pues nos quedamos.
Nora dio un salto y un grito.
Y ahí, en ese momento exacto, a las cinco menos cuarto de la tarde del domingo veintidós de agosto, se me cayó el plan.
Porque el plan era: se van a las cinco y media, ella cierra a las cinco, la caseta se queda vacía, yo me quedo, y se lo cuento todo con la tarde entera por delante. Lo tenía pensado desde el dieciocho. Tenía hasta pensado dónde sentarnos.
Y en lugar de eso tenía a mi hermana y a mi sobrina en la terraza con dos maletas, una casa alquilada que caducaba ese mediodía, y un temporal entrando por el este.
Lo que hicimos las cuatro horas siguientes:
Bajar las veintiocho mesas de la terraza y meterlas en el almacén, apiladas de cuatro en cuatro.
Las sillas, ochenta y dos, en el pasillo de la cámara y en el cuarto de la basura.
Recoger la lona nueva del toldo y atarla al brazo con dos vueltas de cabo, porque el mecanismo de recogida no es de fiar.
Quitar el rótulo de la marca de cerveza.
Subir el género de la balda baja del almacén a la alta, todo, incluido lo que no hacía falta, porque a las siete de la tarde Vicent pasó por delante, miró la puerta de servicio, dijo «sube lo de abajo» y se fue.
Candela subió lo de abajo. Nadie preguntó por qué.
Marga y Nora estuvieron ayudando hasta las ocho, y a las ocho Candela le dijo a mi hermana que se llevara a la niña a mi apartamento y que se durmiera, y Marga dijo que ni hablar, y Candela le contestó, con la silla en la mano y sin ninguna diplomacia:
—Con una cría de siete años aquí a las tres de la mañana no me sirves de nada. Y a las siete de la mañana sí.
Marga se la quedó mirando.
—Vale —dijo—. Tiene lógica.
Y se fueron cuesta arriba con las maletas.
Puri se marchó a las nueve, obligada por las dos, con la promesa de que la llamábamos si entraba agua. Fabio se quedó hasta las once y a las once le mandamos a su casa porque su madre había llamado dos veces.
Y a las once y veinte de la noche del domingo veintidós de agosto, en la playa del Faralló, quedábamos: una caseta vacía con las mesas dentro, un toldo atado, doscientos veinte metros de arena sin una sola sombrilla, un mar que ya no estaba como un plato, y nosotros dos.
A las diez y media, con las mesas ya dentro, hizo una cosa que no le había visto: fue al armario de la barra, sacó una linterna grande de goma amarilla, comprobó que funcionaba y la dejó encima del mostrador.
—¿Se va la luz? —dije.
—Se fue en el dos mil dieciocho y en el dos mil doce. —Puso al lado la pequeña—. Y las dos veces volvió a las nueve de la mañana.
Fue entonces cuando lo intenté.
Estábamos los dos sentados en el escalón de la terraza, con dos cervezas que ella había sacado de la nevera pequeña, mirando cómo se levantaba aquello.
—Candela.
—¿Qué?
—Lo de esta tarde.
Ella dio un trago.
—Ahora no.
—Es que ahora es cuando...
—Ahora no. —Se volvió y me miró—. Mira lo que viene por ahí.
Miré lo que venía por ahí.
Y me callé, y no he sabido nunca, en todo este tiempo, si me callé porque tenía razón o porque me lo puso fácil.
A las doce menos veinte entró la primera racha de verdad.