Capítulo 19
Mi padre entró en la caseta el jueves diecinueve de agosto a las seis y veinte de la tarde, y llevaba sin pisarla desde el catorce de mayo.
Yo lo vi desde la barra cuando todavía venía por la arena. Se había puesto la camisa buena, la de rayas finas, con este calor, y llevaba en la mano una bolsa de plástico del colmado de Quino.
Se paró en el escalón de la terraza.
Ahí estuvo un rato. Diez segundos, quince. Un hombre de sesenta y dos años parado en el escalón de una terraza que era suya en mayo, con una bolsa en la mano, mirando el interior sin entrar.
Fabio le vio antes que nadie.
—¡Rafel! —le gritó desde la mesa cuatro, con la bandeja en alto—. ¿Qué, ya no se viene por aquí?
Y aquel chaval de dieciocho años, sin saberlo, le hizo el favor más grande que le ha hecho nadie a mi padre en tres meses: le dio permiso para entrar sin que la conversación fuera un acontecimiento.
Entró. Se sentó en la barra, en el taburete del extremo, y dejó la bolsa a los pies.
—Ponme una cerveza —dijo.
Se la puse.
Estuvimos cinco minutos sin hablar, con él bebiendo y yo secando vasos, en una barra llena, con el ruido de la terraza de agosto detrás y Fabio cantando comandas.
—¿Va bien? —dijo al final.
—Va bien.
—Se ve lleno.
—Está lleno.
—Ya.
Bebió. Miró la pared de detrás de las botellas, donde en julio habíamos vuelto a colgar el letrero viejo, el del setenta y cuatro, el que el padre de Batiste cortó de un casco de barca.
—¿Eso lo has colgado tú?
—Lo colgó él.
Y ahí mi padre se giró en el taburete, despacio, y miró hacia la cocina, donde en ese momento se veía a Leo por el hueco del pase, de espaldas, emplatando.
—¿Ese?
—Ese.
Volvió a mirar el letrero.
—Estaba en el almacén —dijo—. Desde que lo quité yo. En el dos mil ocho, que se cayó con una racha y le pusimos el rótulo de plástico ese que había puesto la marca de la cerveza.
—Ya me acuerdo.
—Se me olvidó dónde lo había puesto.
—Estaba detrás de la freidora vieja.
—Ah.
Y se bebió lo que le quedaba.
Yo tenía tres mesas esperando y me quedé allí de pie, con el trapo en la mano, sin ir a ninguna.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Qué llevas en la bolsa?
La cogió del suelo y la puso en la barra. Dentro había un fichero de madera, de esos de ferretería, con los cajoncitos, del tamaño de una caja de zapatos.
—Es de tu abuela —dijo—. Son las fichas de los proveedores de antes. Lo tenía yo en casa desde que murió y ahora no sé para qué lo tengo yo.
Abrí un cajoncito. Fichas de cartulina amarilla, escritas a máquina y corregidas a boli. «SERRA, VICENT. Pescado. Lunes y jueves». La letra de mi abuela por encima, en tinta azul, con un precio tachado tres veces.
—Vale —dije.
—Vale.
Se levantó, dejó dos euros en la barra por la cerveza aunque le dije que no, y salió por donde había venido.
Y yo me quedé con un fichero de madera lleno de fichas de gente que ya no existe, en una barra llena, un jueves de agosto a las seis y media de la tarde.
No lloré ahí tampoco. Pero me metí en la cámara a por unas cervezas que no hacían falta y estuve dentro un minuto largo con la puerta cerrada, y cuando salí él estaba en la puerta de la cocina, secándose las manos, y no dijo nada, y se apartó para dejarme pasar.
Esa noche me esperó para cerrar. No lo comentó, pero se le notó que se estaba quedando a propósito, porque a las once y media todavía andaba colocando cosas colocadas.
Cerré la caja. Bajamos la persiana entre los dos.
—Era mi padre —dije, cuando ya estábamos fuera.
—Lo sabía.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque tiene la firma en un papel que llevo en el bolsillo desde junio. —Se puso la chaqueta fina que se pone en agosto a las doce de la noche, que ya le tomamos el pelo con eso—. Y porque se sienta en la barra igual que te sientas tú cuando cierras. En el mismo sitio y con la misma postura.
Nos fuimos andando por el paseo hasta la altura del quiosco.
Y yo, que llevaba tres meses sin contárselo a nadie, se lo conté a él en cuatro frases: la deuda, la barca de Tono Ferrandis, el aval del noventa y ocho, y los cuarenta y un mil euros que eran exactos porque era la cifra que debía.
No me interrumpió, y se ahorró el «qué fuerte» y el «lo siento», que son las dos cosas que odio.
—¿Y por qué no te lo dijo? —preguntó al final.
—Porque le habría dicho que no.
—Ya. —Anduvo unos pasos—. Le habrías dicho que no.
—Claro que le habría dicho que no.
Y entonces él dijo la cosa que me tuvo dos días sin dormir bien.
—¿Y qué habrías hecho después de decirle que no?
Me paré en mitad del paseo.
—¿Cómo?
—Que qué habrías hecho después. Con la deuda. —No lo dijo con retintín, lo dijo con la voz que pone cuando está haciendo una cuenta—. Le dices que no, y entonces él tiene cuarenta y un mil euros que pagar en marzo. ¿De dónde salen?
—Se habría refinanciado.
—¿Con qué?
—Con la casa.
—Vale. —Asintió—. Y tú te habrías quedado con la caseta entera y él sin casa. Está bien, ¿eh? Es una opción. Pero es esa.
Nos quedamos los dos parados delante del quiosco cerrado, con la música de la verbena del camping sonando muy lejos.
—Eres un hijo de puta —dije.
—Sí.
—No, en serio. Eres un hijo de puta por decirme eso.
—Sí. —Se metió las manos en los bolsillos—. Pero tu padre lleva tres meses sabiendo esa cuenta y tú llevas tres meses sin hacerla, y alguien te la tenía que hacer.
Me fui cuesta arriba sin despedirme.
A mitad de la cuesta me di cuenta de que estaba llorando de una manera bastante fea, de esas que no se pueden parar porque no vienen de una cosa sola, y me senté en el escalón del portal de los Ramos, que a esa hora está a oscuras, y estuve allí sentada un rato.
Y lo que pensaba mientras lloraba no era ni mi padre ni la deuda.
Pensaba: que ese hombre me acaba de decir la verdad más incómoda que me ha dicho nadie en dos años, y que lo ha hecho sabiendo que le iba a costar la noche, y que no se ha inventado ninguna manera bonita de decirla.
Y que llevaba dos meses buscándole el doble fondo a un tío que, hasta ese momento, no me había mentido ni una sola vez.
El viernes por la mañana, antes de abrir, me llevé el fichero de madera al almacén y lo abrí entero, cajón por cajón, sentada en una caja de refrescos.
Ciento y pico fichas. Proveedores muertos, empresas cerradas, teléfonos de seis cifras. El del hielo de Denia, que se jubiló en el dos mil cuatro. Una fábrica de gaseosa de Pedreguer que ya no existe. Un tal Bautista que traía huevos y al que no he conocido nunca.
Y en la última posición del tercer cajón, fuera del orden alfabético, una ficha con la letra de mi abuela más apretada que en las otras. No era un proveedor. Ponía: «CAJA — SEMANA DEL 12 AL 18 DE AGOSTO», y debajo, seis años seguidos con sus cifras, del setenta y nueve al ochenta y cuatro.
La semana del doce al dieciocho de agosto. La misma semana que acabábamos de hacer.
Comparar no se puede, claro: son pesetas de hace cuarenta años, otra playa y otro país.
Pero estuve un rato largo mirando aquellos seis números escritos por una mujer que en el setenta y nueve tenía cuarenta y dos años y estaba haciendo lo mismo que yo, en el mismo sitio, en la misma semana del año, con el mismo miedo.
Después cerré el cajón y lo subí a la balda alta del almacén, al lado del libro.
El viernes veinte y el sábado veintiuno fueron los dos días más raros del verano.
Trabajamos bien. Trabajamos muy bien, además: ciento cuarenta el viernes, ciento sesenta y uno el sábado, que es el récord absoluto de la caseta desde que hay hojas.
Marga en la mesa siete, Nora en el taburete, Puri mandando, Fabio con la comanda única ya perfecta, y nosotros dos moviéndonos por aquella cocina de cincuenta años con una compenetración que no habíamos hablado nunca y que a esas alturas ya no hacía falta hablar.
Y toda la tensión que no salía por ningún lado se quedó ahí dentro, con nosotros, entre la plancha y la cámara, durante cuarenta y ocho horas.
El sábado por la noche, cuadrando la caja, no nos miramos ni una vez.
Ni una. Conté el dinero en voz alta mirando los billetes y él contó en silencio mirando los suyos, y cuando terminamos dijo «mil ochocientos treinta y seis» y yo dije «dos mil ciento cuatro» y nos quedamos callados un rato absurdo.
—Mañana cierras a las cinco —dijo.
—Cierro a las cinco.
—¿Puedo hablar contigo por la tarde?
Y a mí me dio un vuelco tonto, porque conocía el tono. Ese hombre tiene un tono para las cosas de trabajo y otro para las otras, y aquel era el otro.
—¿De qué?
—Por la tarde —dijo.
—Vale.
Y esa fue la última conversación normal que tuvimos.
El domingo veintidós, a las siete y cuarto de la mañana, la radio del puerto dio el aviso de levante.