Todo a medias Capítulo 18
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Capítulo 18

Puri me enseñó el sofrito en cuatro mañanas y no me dijo nunca por qué.

Se lo pregunté el último día, cuando ya estaba hecho y ella se lavaba las manos, y me contestó de espaldas, con el grifo abierto:

—Porque tengo sesenta y uno.

Eso fue todo. Y tardé tres semanas en entender que aquella mujer no me estaba haciendo un favor a mí: estaba haciendo un inventario de lo que se lleva la gente cuando se muere.

El sábado catorce hice catorce arroces solo y salieron.

El domingo quince hicimos ciento cincuenta y dos cubiertos, que es el récord de la caseta desde que hay libros, y lo miré yo mismo en las hojas viejas que están en la caja de zapatos del almacén, porque a esas alturas ya me había puesto a mirar las hojas viejas de aquel sitio como quien mira álbumes de una familia que no es la suya.

Mil novecientos noventa y siete: la mejor temporada de la historia. Dos mil ocho: la peor, con diferencia. Dos mil veintiuno: el año en que pusieron el aparcamiento del Racó, y ahí, en la columna de agosto, se ve el escalón que ella me había descrito de memoria en la barra una noche de julio.

Tenía razón en todo. Yo lo comprobé en agosto por escrito y ella lo sabía desde la barra sin haber abierto una hoja de cálculo en su vida.

El dieciséis, lunes, Vicent me vendió por primera vez sin que yo se lo pidiera.

Bajé al pantalán a las siete y cuarto, como todos los días desde julio, y él, antes de que yo abriera la boca, señaló con la barbilla una caja.

—Llévese eso.

—¿Qué es?

—Caballa. Está barata y está buena, y a nadie de aquí le gusta porque tiene espinas. —Apuntó en la libreta—. Usted que hace cosas raras, a lo mejor le saca algo.

La caballa entró en la carta el miércoles a nueve euros y se vendió sola. Y él no me dijo nada, ni yo a él, y el jueves me apartó otra caja sin preguntar.

El diecisiete hice los números del invierno.

Los hice de verdad, con papel, en la mesa del apartamento, a las dos de la mañana, después de cerrar. Me llevó dos horas y media y salieron dos folios.

No los voy a poner aquí enteros. El resumen es este: un comedor de invierno en aquella caseta, abierto de miércoles a domingo, mediodías, con menú único de dos precios, con Puri, con Candela y con una persona más, con el género que sube Vicent y sin nada de fuera, no es un buen negocio.

Es un negocio.

Pierde dinero en enero y en febrero. Lo recupera en Semana Santa.

Aguanta si el alquiler es cero, y el alquiler es cero porque el local es de ellos.

Depende, casi entero, de una sola cosa: de que exista el ferry de invierno, porque sin ferry no hay médico los martes, y sin médico los martes la gente de sesenta y cinco años que es la que come fuera un miércoles se va a vivir a Denia con los hijos.

Es decir: el proyecto de Óscar y el de ella dependen exactamente del mismo barco.

Me quedé con los dos folios delante hasta las cuatro y media.

Y entonces tomé la decisión, y la tomé en frío, y por eso no tengo ninguna disculpa.

Decidí que se lo iba a contar.

Todo. La llamada de Óscar en marzo, la escritura del catorce de mayo, la opción firmada veinte minutos después en la misma notaría, la cláusula tercera, el aval de mi hermana, el quince de septiembre, los dos folios del invierno y lo que yo pensaba hacer con todo eso, que a las cuatro y media de la mañana del dieciocho de agosto ya no era vender.

Y decidí también cuándo.

No aquel día, porque era miércoles dieciocho y teníamos ciento y pico cubiertos y la niña dentro y a mi hermana en la mesa siete. No el fin de semana, que era el peor de agosto. No el lunes, que llegaba el género de la semana.

El domingo veintidós.

El veintidós cerrábamos a las cinco por el descanso semanal que ella se coge desde el noventa y no negocia, se iba mi hermana en el ferry de las cinco y media, y quedaba la tarde entera y la caseta vacía.

Lo apunté en el móvil, en las notas, debajo de las dos líneas del uno de julio que seguían allí.

Domingo 22. Contárselo todo.

Y me fui a dormir con esa cosa en el pecho que a mí no me pasa casi nunca, que es la de haber decidido algo bueno con tiempo de sobra.

El domingo veintidós, a las siete y cuarto de la mañana, entró el levante.