Todo a medias Capítulo 34
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Capítulo 34

Abrimos el catorce de febrero, un martes, porque los martes hay consulta.

No lo elegimos por lo de San Valentín. Lo elegimos porque el catorce caía en martes y porque llevábamos tres semanas de retraso con la caldera, y cuando nos dimos cuenta de la fecha ya estaba puesto el cartel.

Aurora dijo que era una señal. Merche dijo que era una casualidad.

Puri se quedó con la frase dentro y cambió el postre por arroz con leche, que es lo más cerca que ha estado esa mujer nunca de un gesto romántico.

El local tiene veinticuatro cubiertos. Ocho mesas: seis de cuatro y dos de dos.

Suelo de terrazo verde de los años sesenta, que lijamos entre los dos en diciembre y que quedó como no se lo esperaba nadie.

Las paredes, blancas. La barra, de madera, hecha por el carpintero de Ondara con la tabla que trajo Vicent en enero y que no ha querido cobrarme nunca, y que era, aunque él no lo dijo hasta marzo, de una barca.

En la pared del fondo hay tres cosas.

El letrero. El de mil novecientos setenta y cuatro, el que cortó de un casco el padre de Batiste, el que estuvo doce años detrás de una freidora en un almacén. Está a la altura de los ojos y se le nota la curva.

Al lado, la foto en blanco y negro de una mujer joven con las mangas subidas delante de un fogón, con cara de tener prisa.

Y debajo, en un marco de los baratos, una ficha de cartulina amarilla escrita a máquina y corregida a boli, que pone «CAJA — SEMANA DEL 12 AL 18 DE AGOSTO» y tiene seis cifras del setenta y nueve al ochenta y cuatro.

El sitio se llama La Fortuna. Eso está en un contrato, en Denia, en una cláusula que puse yo.

De lo demás voy a contar poco, porque lo demás es un negocio y los negocios son aburridos de contar.

Abrimos de miércoles a domingo, mediodías, y los martes de consulta. Menú de dos precios, catorce y dieciocho. Cocina Puri; los martes, cocido. Yo llevo la sala y los papeles. Los fines de semana viene Fabio, que estudia en Denia de lunes a viernes y se ha vuelto insoportablemente bueno en esto.

Y en la cocina, al otro lado, está él.

No es socio. Eso lo dejamos claro en noviembre y sigue claro: el local es mío, está a mi nombre, y a mi nombre se queda.

Es un cocinero al que pago mil doscientos euros al mes, que es lo máximo que puede cobrar sin que se lo lleve el banco entero, y él lo sabe y yo lo sé y no hemos vuelto a hablar de eso.

Hablamos de lo otro el catorce de diciembre, en la obra, a las ocho de la tarde, sentados en el suelo con la espalda contra la pared y los dos focos apagados menos uno.

Duró dos horas y media y no fue bonito. Le dije todo lo que tenía guardado desde el nueve de septiembre, entero, sin ahorrarle nada, y él me lo dejó decir sin defenderse ni una vez, que es una cosa que en su momento me pareció otra manera de escaquearse y que luego he entendido que no lo era.

Y después le pedí perdón yo.

Le pedí perdón por lo del casal, con las mismas cuatro cosas, una por una: Sarpa, los dieciocho, Andrés, su hermana. Le dije que lo que hice aquella noche no lo puedo arreglar y que no me lo perdono, y que si él me lo perdonaba yo no lo iba a discutir, pero que no se lo pedía.

Él dijo:

—Yo te lo conté para que lo supieras. Y tú lo dijiste para que lo supieran los demás. No es lo mismo, pero es la misma información.

Y luego dijo:

—Y yo te dejé cocinar un arroz delante de doscientas personas sabiendo lo que sabía. Así que ya está.

Con eso se arregló. A mí me parece poco y no se me ocurre nada mejor.

En enero tuvimos veintidós días de temporal seguidos y no vino nadie.

Nadie: hubo un jueves de tres cubiertos, y los tres eran Aurora, Merche y el hermano de mi padre.

Perdimos mil novecientos euros en enero.

Estaba en el escenario malo de los ocho folios, en la página cuatro, con esa cifra casi exacta, y por eso no me morí de miedo.

En febrero llevamos una media de veintiocho.

Veintiocho. Dos por encima del punto de equilibrio.

El club de mar abre en Semana Santa. Está casi terminado y desde el paseo se ve bien: es bonito, hay que decirlo, es de una madera clara que ha aguantado el invierno mejor de lo que yo quería.

Han contratado a diecinueve personas y catorce son de la isla.

La chica del ordenador, Rocío, vino en enero a comer aquí dos veces y la segunda me preguntó si le vendería el arroz de los martes para el club, y le dije que no, y ella dijo «ya lo sabía» y pidió postre.

El ferry de invierno tiene ocho años pagados y una revisión al octavo.

Este año ha salido los ciento y pico días que tenía que salir.

En el barco de los martes vienen el médico, dos enfermeras, el chico que trae el pan y, desde noviembre, mi padre, que dos martes al mes va a Denia a lo suyo y vuelve, y algunos de esos martes se queda a comer aquí y se sienta en el taburete del extremo de la barra, que es donde se sentaba en la caseta.

De la caseta paso por delante todos los días.

Lo digo porque es lo que más me preguntan.

Paso por delante cada mañana, porque para bajar a la playa no hay otro camino, y hay días que no siento nada y hay días que sí.

En diciembre me hacía daño ver el vallado.

Ahora ya no es el vallado, ya es un edificio, y es otra cosa, y a lo otro se le está borrando la forma más deprisa de lo que yo querría.

Sigo bajando a nadar. En invierno, dos veces por semana y con neopreno.

Manolo sigue ahí.

En mayo viene Nora, que ha estado todo el invierno en la piscina de Denia y me lo recuerda por videollamada cada quince días con un tono que ya quisieran algunos acreedores. Tiene ocho años y un dedo más, y hemos calculado que sí, que llega.

Hoy hemos hecho treinta y uno.

Treinta y uno un catorce de febrero. Hemos tenido que sacar la mesa plegable del almacén y ponerla junto a la ventana, y Puri ha protestado por la mesa plegable, y Fabio ha venido a echar una mano de siete a nueve aunque tenía clase mañana, y a las cuatro y cuarto, cuando se ha ido el último, nos hemos quedado los cuatro sentados a la mesa grande comiéndonos el cocido que había sobrado.

Y luego se han ido y he cerrado yo.

He bajado la persiana —esta no se atranca; es nueva— y he echado la llave, y me he quedado un momento en la acera, en la calle de detrás de la plaza, sin vistas, sin mar, con el escaparate iluminado y el letrero de mi abuela dentro, en la pared del fondo, donde solo se ve si entras.

Él me estaba esperando en la esquina, con las manos en los bolsillos.

—Treinta y uno —ha dicho.

—Treinta y uno.

—El sábado hacemos treinta y cinco.

—El sábado hacemos veinte, que hay partido.

—Vale. —Ha empezado a andar—. Treinta y cinco el domingo.

Y hemos subido juntos la cuesta, que aquí todo son cuestas, discutiendo si el domingo se hacen treinta y cinco cubiertos o no se hacen, que es lo que discutimos ahora, y que es, para lo que yo pensaba en septiembre, una discusión maravillosa.