Todo a medias Capítulo 16
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Capítulo 16

Mi hermana lleva tres años sin preguntarme por el dinero delante de la niña.

Eso hay que entenderlo bien, porque es lo que hace mi hermana en lugar de reprocharme nada: no me pregunta delante de Nora. Espera. Y en agosto, en una isla de dos kilómetros, esperar significaba que teníamos que buscar el rato, y el rato tardó cuatro días en aparecer.

Mientras tanto pasó lo bueno, que también hay que contarlo.

Nora se instaló en la caseta como se instala la gente de siete años: por conquista.

En dos días tenía un taburete asignado en el extremo de mi barra, un trapo propio que le dio Fabio, permiso de Puri para entrar en la cocina si no había fuego encendido, y un sistema de comunicación con Candela basado en levantar el pulgar desde la otra punta de la terraza que ninguno de los dos me ha explicado nunca.

El segundo día la oí decirle a una señora del camping, con toda naturalidad, que aquella era la caseta de su tío.

La señora me miró, yo miré a otro lado, y Candela, que estaba tirando una caña a metro y medio, no levantó la vista del vaso.

Aquella noche, cerrando, me dijo:

—Tu sobrina va diciendo por ahí que la caseta es tuya.

—Ya la he oído.

—¿Y?

—Tiene siete años.

—Ya. —Cerró el cajón—. Es que cuando lo dice ella suena distinto que cuando lo pone en un papel.

Y se fue a apagar la campana, y yo me quedé pensando que aquella mujer llevaba mes y medio diciéndome cosas así, de dos frases, y que ninguna se me había olvidado todavía.

Marga se instaló en la mesa siete.

Sabía lo que hacía. Mi hermana lleva doce años entrando en almacenes que no son suyos y saliendo tres horas después con una hoja donde pone por qué pierden dinero, y esa hoja normalmente le cuesta el puesto a alguien. Su manera de mirar un sitio no se apaga cuando está de vacaciones.

El primer día miró el flujo de sala. El segundo, la cámara y las entregas. El tercero preguntó, y preguntó a Candela y no a mí, que era lo que yo habría hecho en su lugar, y aun así me molestó.

Lo del invierno lo oí desde el pase. No entero, pero lo oí, y oí la respuesta.

Dormir.

Y vi a mi hermana apuntarlo con dos dedos en la libreta, con la misma cara que pone cuando encuentra un pasillo de estanterías vacío en un almacén que paga alquiler por metro cuadrado.

Yo llevaba desde junio con ese dato en la cabeza y no había hecho nada con él.

No lo apunté. No lo estudié. No hice el ejercicio, que me lleva cuarenta minutos y que he hecho cuarenta veces en mi vida por dinero.

Y no lo hice porque hacerlo significaba tomarme en serio que ese sitio siguiera existiendo el uno de octubre, y yo tenía un contrato en un cajón que decía otra cosa.

El sábado por la noche, con la niña dormida y Candela ya subiendo la cuesta, apareció el rato.

Marga estaba en la mesa siete con una copa de vino que le había servido ella antes de irse.

—Siéntate —dijo.

Me senté.

—¿Cómo lo llevas?

—Bien.

—Leo.

—Bien de verdad. —Y era verdad, y por eso me costó decirlo—. Trabajo doce horas, duermo, me levanto. Hacía tiempo que no.

—Ya lo veo. —Bebió—. Tienes mejor cara que en marzo.

—Tú también.

—Yo tengo la misma cara, lo que pasa es que aquí hay mejor luz. —Dejó la copa—. Vamos a lo otro.

—Vamos.

—El quince de septiembre.

—Sí.

—¿Vas a vender?

Y ahí estuvimos callados los dos, en una terraza vacía, con las sillas ya subidas menos las nuestras y el mar haciendo ruido a diez metros.

—No lo sé —dije.

Mi hermana no gritó ni se levantó. Cogió la copa, se la terminó, y la dejó en la mesa despacio.

—Vale —dijo.

—Marga.

—Que vale. Que te he oído. —Se pasó las dos manos por la cara, hacia arriba, ese gesto que hace desde que era pequeña cuando está muy cansada—. ¿Y qué pasa si no vendes?

—Que sigue todo igual que ahora.

—Igual que ahora es que yo tengo sesenta mil euros de otro colgados del cuello.

—Ya lo sé.

—Es que no es «ya lo sé», Leo, es que llevo tres años... —Se paró. Cerró los ojos un segundo—. Perdona. No he venido a esto.

—Has venido a esto.

—He venido a ver a mi hermano y a que la niña se bañe. —Me miró—. Y sí, también a esto.

Le conté la mitad. Le conté que Óscar me había dicho que se lo contara a Candela en julio y que no lo había hecho.

Le conté que si vendía en septiembre, ella se quedaba dentro con un socio que no había elegido, y que ese socio querría comprarle su mitad, y que si no se la vendía le pondrían un restaurante de doce meses en la mitad del local, y que aquello se acababa igual pero peor.

Marga escuchó todo sin interrumpir, que es lo que hacemos en mi familia en lugar de consolar.

—¿Y ella qué dice? —preguntó al final.

—Ella no sabe nada.

—Ya. Digo que qué dice de todo lo demás. Del proyecto ese, de la oferta.

—Que no vende.

—¿Y puede permitirse no vender?

—No.

Marga miró la caseta. La barra, la cinta al fondo, el rótulo del setenta y cuatro que habíamos vuelto a colgar en julio en la pared de dentro, encima de las botellas.

—Yo no te voy a decir lo que tienes que hacer —dijo—. Pero te voy a decir una cosa que sí sé. Y la sé porque me dedico a esto.

—Dila.

—Que esa mujer no se está jugando un negocio.

—Cogió las llaves de la mesa—. Los negocios se venden.

A los negocios les pones un precio, cobras y te compras otro.

Lo que se está jugando esa mujer no tiene precio de mercado, y por eso el precio que le habéis puesto es correcto y le va a parecer un insulto de todas formas.

Se levantó.

—¿Y el aval? —dije.

—El aval es mío y es problema mío, y lo firmé yo, que ya soy mayorcita. —Se colgó el bolso—. Pero no me pidas que te diga que da igual, porque no da igual. En septiembre Nora empieza en el colegio nuevo y llevo dos años sin poder cambiarme de piso.

Y se fue por la arena hacia la casa que habían alquilado, y yo me quedé sentado en la mesa siete de una terraza que era mía a medias, sin recoger la copa, hasta las tres menos cuarto.

El domingo ocho, a mediodía, pasó una cosa pequeña que apunto porque después significó algo.

Nora estaba en el taburete de mi barra pintando en el reverso de unas comandas viejas, y Candela pasó por detrás con dos platos, se paró medio segundo, miró el dibujo y dijo:

—Eso es la caseta.

—Sí.

—¿Y esa raya de en medio?

—El celo de la nevera —dijo la niña, sin levantar la cabeza.

Candela se quedó un momento con los dos platos en la mano. Después siguió hasta la mesa nueve, sirvió, volvió, y no dijo nada más.

Pero por la tarde, cuando la niña se fue a la playa, cogió el dibujo del taburete, lo miró un rato largo y se lo guardó doblado en el bolsillo del delantal, en el mismo bolsillo donde lleva el mantel de junio.

El domingo por la mañana bajé a la playa a las siete y cuarto.

Candela estaba en el agua, ya de vuelta, a unos veinte metros. Nora, sentada en la piedra, con una toalla en las rodillas y cara de funcionaria.

—Está tardando más que ayer —me dijo, sin saludar.

—¿Tú la cronometras?

—No tengo reloj. —Se encogió de hombros—. Pero está tardando más.

Me senté en la arena a su lado y esperamos las dos cosas que se esperan a esa hora: que la mujer volviera del agua y que el sol acabara de salir del todo por la izquierda.

Y mientras esperaba, con una niña de siete años al lado contando las brazadas de otra en voz alta, hice por fin el ejercicio. Mentalmente, sin papel.

Setenta metros de cocina con licencia. Doscientos catorce días cerrada. Cuatrocientas treinta personas. Un ferry a las siete y cuarto y otro a las cinco y media. Un ambulatorio dos días por semana. Un colegio de dos aulas.

Me salió un número. No era bueno. Era posible.

Y esa fue la primera vez, desde el catorce de mayo, que me puse a pensar en aquel sitio en octubre.