Todo a medias Capítulo 15
47%

Capítulo 15

Agosto no empieza: cae.

El treinta y uno de julio cierras con setenta cubiertos y a la mañana siguiente hay cuatro coches esperando a que abras el aparcamiento del paseo a las nueve menos veinte.

La isla pasa de mil doscientas personas a tres mil quinientas en un fin de semana.

El ferry pone dos servicios más. En el colmado se acaba el hielo todos los días a las once y media.

Y en la caseta, del uno al treinta y uno, no hay tiempo para nada que no sea servir.

Eso es lo bueno de agosto y por eso lo espero todo el año. Es el único mes en que no me da tiempo a pensar.

Ese año me duró cinco días.

El cinco de agosto, a las doce y media, llegaron su hermana y su sobrina.

Yo lo sabía. Lo sabía desde el treinta, porque él lo dijo en la caja del sábado, en una de esas frases suyas de dos palabras: «viene mi hermana». No preguntó si le importaba, no pidió permiso, no dio explicaciones. Lo puso encima de la mesa como se pone un dato y siguió contando billetes.

Bajaron del ferry de las doce y media y la niña lo vio desde la rampa.

Yo estaba en el pantalán recogiendo lo de Vicent y lo vi entero.

Una cría de siete años con una mochila de piscina, que soltó la mano de su madre en mitad de la pasarela, cruzó el gentío del desembarco de agosto en línea recta, esquivando neveras y carritos como si llevara un mapa, y se lanzó a las piernas de su tío desde el último metro.

Él la cogió en el aire.

Y entonces le vi la cara.

Llevaba yo cuarenta y cinco días viéndole la cara a aquel hombre.

La cara de trabajar, la cara de contar dinero, la cara de escuchar sin insistir, la cara de las siete de la mañana.

La que puso cuando cogió a la niña en el aire no la había visto, y me dio una cosa rara en el pecho que preferí atribuir al calor.

La madre llegó detrás, andando, con dos bolsas.

Marga Miralles tiene treinta y ocho años, el mismo pelo que su hermano y una manera de bajar de un barco mirando el muelle entero, de izquierda a derecha, que reconocí enseguida porque yo hago lo mismo con las salas.

Nos presentaron allí mismo, en el pantalán, con Vicent detrás cargando cajas.

—Marga. —Mano firme, dos segundos—. Tú eres la otra dueña.

—La otra dueña.

—Vale. —Y me sostuvo la mirada un poco más de lo que sostiene la gente educada—. Pues encantada.

Y se fue detrás de la niña, que ya iba veinte metros por delante preguntándole a Fabio, a quien no conocía de nada, si aquella caseta era la de su tío.

Esa tarde no vinieron. Vinieron al día siguiente, y a partir de ahí vinieron todos los días, porque Marga montó su oficina en mi terraza.

Trabaja en una empresa de logística y estaba de vacaciones a medias, con el portátil, y eligió para instalarse la mesa siete.

La siete es de mi lado. Tenía la doce libre, que es de la sombra buena, y la tres, que es la de él.

Eligió la siete, que está pegada a mi barra y desde la que se ve la caseta entera de punta a punta.

No es casualidad. Con esa mujer no hay casualidades. Se sentó donde se ve todo.

Pedía un café con hielo a las diez y otro a las doce, trabajaba tres horas, comía a las tres y media —siempre lo mismo, siempre el menú— y a las cinco cerraba el portátil y se iba a la playa con la niña.

Y desde ahí miraba.

Miraba el servicio. Miraba las dos cartas. Miraba a Fabio cantar la comanda única, miraba a Puri salir de la cocina con la cuchara en la mano, miraba a su hermano en el pase, y miraba, sobre todo, la cinta.

El tercer día ya no aguanté.

—Pregunta lo que quieras —le dije, dejándole el café con hielo.

Ni se hizo la sorprendida.

—¿Qué factura esto en agosto?

Me reí. Fue una risa fea, de las de sorpresa.

—Empiezas fuerte.

—Es que si empiezo flojo perdemos las dos la mañana. —Cerró el portátil un palmo—. Perdona. Es deformación. En mi trabajo hago esto ocho horas al día.

—¿Y qué haces?

—Miro almacenes y digo por qué pierden dinero.

—Ah.

—Sí. Ah.

Le puse el café. Me apoyé en la mesa de al lado, con el trapo al hombro.

—Agosto va bien —dije—. Agosto siempre va bien.

—Ya lo veo. Agosto va muy bien. —Removió el hielo—. Es lo demás lo que no entiendo.

Y ahí soltó la pregunta que me ha durado un año.

—¿Y en invierno esto qué es?

—¿Cómo que qué es?

—Esto. —Un círculo con la cucharilla que abarcó la barra, la terraza, la playa entera y mi vida—. De octubre a mayo. ¿Qué es? ¿Un almacén cerrado? ¿Una persiana? Setenta metros cuadrados de cocina montada, con licencia, en primera línea, con esta luz. ¿Qué hacen ocho meses al año?

—Dormir —dije.

—Dormir. —Lo apuntó. La vi apuntarlo, con dos dedos, en una libreta que tenía al lado del portátil, y aquello me pareció una cosa entre insultante y fascinante—. ¿Y por qué?

—Porque en invierno aquí no hay nadie.

—Hay cuatrocientas treinta personas.

—Cuatrocientas treinta personas que tienen cocina en su casa.

—Cuatrocientas treinta personas que se pasan el invierno sin un sitio donde comer caliente si no lo hacen ellas —dijo—. Y un ferry a Denia. Y un ambulatorio dos días por semana. Yo no sé nada de vuestro invierno, ¿eh? Pregunto.

—Preguntas mucho.

—Sí. —Sonrió por primera vez—. Y encima me lo tomo bien cuando me mandan a la mierda, así que la gente me lo permite.

Me fui a la barra. Aquella tarde tuvimos ochenta y seis cubiertos y no pensé en nada más que en sacar el servicio.

Pero a la noche, cerrando, con la caseta a oscuras, me quedé de pie un minuto en medio de la sala mirando el sitio como lo estaba mirando ella.

De octubre a mayo aquello está apagado. Doscientos catorce días al año con la persiana bajada.

Yo he pintado esos marcos de ventana en enero con un anorak puesto y las manos moradas.

He venido en noviembre a comprobar que no se había llevado el toldo el temporal.

Y nunca, ni una sola vez en veinte años, se me ha ocurrido pensar que aquello fuera un desperdicio, porque en esta isla la caseta duerme en invierno igual que en invierno hace frío: porque sí, porque siempre, porque es así.

Aquella noche, cerrando, Marga se quedó la última. Cerró el portátil, se guardó la libreta y, ya de pie, con el bolso al hombro, dijo:

—Oye. Lo de antes.

—¿Lo del invierno?

—Sí. —Se colocó la correa—. Que no era una crítica.

—No me lo he tomado a mal.

—Sí te lo has tomado a mal, y haces bien, porque llego yo aquí en agosto con un café con hielo a decirte a ti cómo se lleva tu sitio.

—Se echó el pelo hacia atrás—. Es que yo veo almacenes vacíos y me duelen.

Es una enfermedad. Mi hermano cuenta salidas y yo cuento metros cuadrados sin usar. En mi familia somos así de divertidos.

Se fue por la arena hacia la casa alquilada.

Y yo me quedé pensando en eso último: mi hermano cuenta salidas . Lo dijo de pasada, como se dicen las cosas de familia, sin saber que me estaba dando la primera pieza de un hombre con el que yo llevaba mes y medio compartiendo una cámara.

Lo de la boya fue el mismo día, por la mañana.

La niña había descubierto que yo me metía en el agua a las siete y cuarto y le faltó tiempo para apropiárselo. El segundo día ya bajaba conmigo, se sentaba en mi piedra con los pies en la arena fría y vigilaba mi ida y mi vuelta con una seriedad de guardia civil.

—¿Cómo se llama? —me dijo, señalando la boya.

—No se llama. Es una boya.

—Todo se llama.

—Pues esa no.

Se lo pensó mirándola. Tardó lo suyo.

—Manolo —dijo.

—¿Manolo?

—Manolo.

—¿Por qué Manolo?

—Porque sí.

Y así se quedó. Se lo dijo a Fabio esa misma mañana y Fabio lo dijo en la barra a mediodía, y a la semana siguiente lo decía Puri, y en septiembre lo decía yo, y esa boya lleva ahí desde antes de que yo naciera y ahora se llama Manolo por una niña de Denia que estuvo aquí veintiséis días.

—El año que viene quiero ir yo —dijo la niña.

—El año que viene, si creces un poco y practicas en la piscina todo el invierno, te llevo yo.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Y ella, que es de su familia hasta en eso, se dio la vuelta hacia el paseo, donde su madre y su tío bajaban con los cafés, y los señaló con el dedo mojado:

—¡Vosotros sois testigos!

Los dos levantaron la mano a la vez, con el mismo gesto, sin haberlo hablado.

Y yo me quedé con los pies en el agua pensando que acababa de prometerle a una cría que iba a estar aquí el verano que viene, y que lo había dicho sin pensarlo ni medio segundo, como se dicen las cosas que una da por hechas.