Capítulo 14
Óscar me llamó a las once y veinte de la noche, cuando yo iba subiendo por el paseo.
—¿Has comido bien? —le dije.
—Muy bien. En serio, muy bien. Esa mujer sabe lo que hace. —Una pausa—. Y tú también, por cierto. El pulpo estaba bien.
—No has pedido pulpo.
—He pedido el menú y me han puesto arroz, pero he mirado los platos de las otras mesas. —Se rio—. Leo, que llevo veinte años haciendo esto.
Me paré en el murete de la curva, donde hay una farola y se ve la playa entera.
—¿Qué quieres, Óscar?
—Saber cómo lo llevas.
—Bien.
—¿Le has dicho algo?
Ahí es donde se supone que yo tenía que contestar rápido, y no contesté rápido.
—No.
—Vale. —Y luego, en un tono que no le había oído desde marzo—: Leo, escúchame. No te lo digo como comprador. Te lo digo como el que estuvo sentado a tu lado seis años.
—Dilo.
—Díselo tú. Ahora. En julio.
Miré la playa. La caseta estaba a oscuras, con la persiana bajada y el toldo nuevo recogido.
—¿Y qué le digo?
—La verdad entera. Que firmaste una opción en mayo, que si le vendes tu mitad al grupo antes del quince de septiembre nosotros te levantamos el pasivo y sacamos a tu hermana del aval, y que llevas dos meses trabajando en su cocina sabiendo eso.
—Hizo una pausa—. Se lo dices en julio y es una faena.
Se lo dice otro en septiembre y es otra cosa.
—Ya lo sé.
—Pues hazlo.
—Ya lo sé, Óscar.
—Vale. —Se le oyó respirar—. Y otra cosa, y con esta te dejo. Si al final decides no vender, dímelo también. A tiempo.
—¿Y qué pasa si no vendo?
Óscar tardó lo justo.
—Que el aval de tu hermana sigue donde está —dijo—. Yo eso no lo he puesto ahí, Leo. Estaba antes que yo.
Colgó.
Me quedé un rato largo en el murete.
Desde ahí se ve la playa entera y se ven las tres casetas de abajo, las de las concesiones, con sus persianas y sus toldos apagados, y se ve la nuestra, que es la única que está en la parte buena.
En marzo, cuando Óscar me llamó, yo estaba en el vestuario de un sitio de menú del día de Alcorcón, con el uniforme puesto y el móvil en la mano, y me acuerdo de que me senté en el banco de los taquillas para escucharle mejor.
Me acuerdo del ruido del extractor. Me acuerdo de que pensé, mientras él hablaba: por fin.
Por fin.
Subí a casa. Me duché con el agua fría porque no me apetecía esperar los quince minutos.
Después saqué la carpeta del cajón y la puse en la mesa y le quité las gomas.
Once páginas. Contrato de opción de compra, con su encabezado y sus definiciones. La cláusula tercera es la que importa y son cuatro líneas. Está fechado el catorce de mayo, el mismo día que la escritura, en la misma notaría, con veinte minutos de diferencia según los sellos.
Y abajo, en la última página, en el hueco de la izquierda, mi firma.
No la de un abogado. No la de un fondo. Esa firma la hice yo, con un bolígrafo que me prestaron, un martes por la mañana, después de dormir cuatro horas, sabiendo lo que firmaba y sabiendo que aquello significaba comprarle a un señor la mitad de un sitio para revendérselo a otro señor cuatro meses después.
Lo que no sabía era lo demás.
No sabía que la otra mitad era de una mujer que no estaba enterada.
No sabía que había una cocinera de sesenta y un años que se sienta en una banqueta un día de cuarenta grados.
No sabía que ese sitio lo montó en el setenta y cuatro una mujer con las mangas subidas cuya foto está clavada con una chincheta en el pasillo.
No sabía que iba a estar tres horas hombro con hombro con la copropietaria haciendo catorce arroces que no sé hacer.
Eso no lo pregunté en mayo. Podría haberlo preguntado. Se pregunta en dos frases.
Volví a poner las gomas y guardé la carpeta en el cajón.
Faltaban cuarenta y siete días.