Capítulo 13
La cinta la pegué yo a las ocho menos veinte de la mañana del veintinueve, con la caseta vacía y el rollo en la mano, y me llevó dos minutos hacerlo y llevo un año largo dándole vueltas.
Podría decir que la pegué porque el acuerdo lo decía.
Sería verdad y sería mentira. La pegué porque la noche anterior, en esa cocina, a las cinco y veinte de la tarde, un hombre al que conozco desde hace cinco semanas me había pasado una botella de agua abierta y yo había bebido de ella sin pensarlo, y porque a las once de la noche, cuadrando, me había descubierto pensando en cómo íbamos a organizar el sábado siguiente.
Íbamos.
Así que a la mañana siguiente bajé antes que nadie y pegué una tira de cinta marrón del suelo al techo, y quedó recta y quedó tensa, y me pasé el día entero de un humor de perros.
El jueves veintinueve no nos dirigimos la palabra más allá de lo imprescindible, y lo imprescindible en un servicio de julio son unas cuarenta frases, así que técnicamente hablamos mucho y no hablamos nada.
Puri lo notó. Puri nota los cambios de temperatura de esa caseta como un barómetro, y a media mañana, mientras me enseñaba lo de la cebolla, dijo, sin venir a cuento:
—Los sitios pequeños no aguantan dos enfados a la vez.
—Yo no estoy enfadada.
—Ya. —Cortó—. Pues estás algo.
Óscar Bru vino a comer el viernes treinta.
Llegó a las dos y media, solo, en un coche que dejó en el paseo, con una camisa de lino azul y unas gafas de sol que se quitó al entrar en la sombra. Y no se sentó en el lado de Leo.
Se sentó en el mío. Mesa doce, la de la esquina de la sombra, que estaba libre de milagro.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Puedo?
—Siéntese donde quiera.
Pidió el menú de mediodía. Once euros. Le tocó ensaladilla, arroz a banda, agua y un café, y se lo comió todo, y se lo comió despacio, y en la mesa de al lado la familia del camping hablaba de la playa de al lado y él escuchaba.
Yo le serví. No dejé que fuera Fabio. Le serví yo cada plato, y él me dio las gracias cada vez, mirándome a los ojos, y a la tercera vez ya tenía claro que aquello no iba a ser una comida sino una conversación con platos delante.
Cuando le llevé el café se pasó la servilleta por la boca y dijo:
—Está muy bueno el arroz.
—Gracias.
—No, en serio. —Dejó la servilleta—. He comido arroz en cuarenta sitios de esta costa este año y este está entre los tres primeros. Le sobra un punto de fuego, pero eso es porque tienen el fuego de la izquierda estropeado, imagino.
Y ahí, con una sola frase, me dijo tres cosas: que sabía comer, que se había fijado, y que sabía lo que era una cocina por dentro.
—¿Qué quiere? —dije.
—Comer. —Sonrió—. Y hablar dos minutos, si le sobran.
No me sobraban. Me senté.
Habló ocho minutos, no dos, y lo hizo sin una sola falta de educación.
Empezó por lo que yo no esperaba: por mi abuela.
Dijo que se había leído la entrevista del periódico del noventa y uno, que la había buscado él, y que le había gustado una frase que decía ella ahí, sobre que a la playa se viene a comer y no a mirar.
Yo esa entrevista la tengo en un cajón del comedor de mi casa y la he leído cuarenta veces, y no me acordaba de esa frase, y me la dijo él.
Me dijo que la oferta por el local completo, el suyo y el mío, era de noventa y cinco mil euros, que es un precio de mercado y no una limosna, y que lo había tasado un tercero que él no había elegido.
Me dijo que en el proyecto había una plaza de jefa de cocina del restaurante del club, con contrato de doce meses y un sueldo que dijo en voz alta y que era más de lo que yo gano en un año bueno.
Me dijo que entendía perfectamente que eso no era lo mismo.
—No es lo mismo —dije.
—No es lo mismo, no. Ya lo sé.
—¿Y por qué me lo ofrece entonces?
—Porque es lo que hay —dijo—. Yo no puedo ofrecerle que su abuela siga viva.
Debería haberme enfadado. Lo apunto porque es lo raro: no me enfadé. Aquel hombre acababa de decirme la única frase honesta que me había dicho nadie en dos meses.
—Le voy a decir una cosa —dije—. Y usted haga con ella lo que quiera.
—Adelante.
—Aquí, en invierno, quedamos cuatrocientos treinta.
Yo abro once semanas. Y sé cómo se llaman los hijos de todos los que se sientan en esa terraza.
Su restaurante de doce meses va a estar muy bien, y va a dar de comer a dieciocho familias, y dentro de cuatro años el director va a ser un chico de Valencia que va a durar dos temporadas. Y eso también es verdad.
Óscar me escuchó entero.
—Sí —dijo—. Eso también es verdad.
Se terminó el café. Sacó la cartera.
—Invita la casa —dije, y me arrepentí en el aire, porque sonó a que le debía algo.
—Ni hablar. —Dejó quince euros en la mesa y no esperó el cambio—. Y no me haga eso, que si le acepto la comida me la va a cobrar en septiembre.
—Una cosa más —dijo, ya con la cartera guardada—. Y esto es información, no es presión. El pleno es en septiembre. Si para entonces ustedes dos no han decidido nada, nosotros vamos con las tres concesiones de abajo y sin ustedes.
—Ha dicho que sin nosotros no hay proyecto.
—He dicho que sin ustedes el proyecto es peor. —Se encogió de hombros—. Peor no es imposible. Y a mí me pagan por lo posible.
Se levantó. Y ahí, ya de pie, con las gafas de sol en la mano, miró hacia la cocina, donde Leo estaba en el pase de espaldas a la sala, y dijo, en un tono completamente distinto, de repente familiar:
—Cuídemelo, que es muy bueno y se le da fatal.
—¿El qué se le da fatal?
—Todo lo que no sea cocinar. —Se puso las gafas—. Le he visto perder un restaurante entero por no llamar a un banco a tiempo.
Y salió a la explanada.
Estuve el resto del servicio dándole vueltas a la frase, y no a la parte que parece: no a lo del restaurante. A «cuídemelo». Aquel hombre había venido a comprarme el sitio y se despedía dejándome a Leo a mi cargo, con una confianza de familia, y las dos cosas le salían igual de naturales.
Cerré la caja a las cinco y cuarto. Leo salió de la cocina, se secó las manos y se apoyó en el otro extremo de la barra.
—¿Qué quería? —dijo.
—Comer.
—Candela.
—Ha pedido el menú de once euros y se lo ha comido todo, y me ha dicho que al arroz le sobra un punto de fuego.
Leo se quedó quieto.
—¿Eso ha dicho?
—Eso ha dicho.
—Tiene razón —dijo—. Es el fuego de la izquierda.
Y se metió otra vez en la cocina.
Y yo me quedé en la barra con el trapo en la mano, pensando que aquellos dos hombres llevaban dos meses en mi vida, que se conocían de algo que ninguno me contaba, y que acababan de decir exactamente la misma frase sobre mi arroz con doce minutos de diferencia.