Todo a medias Capítulo 12
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Capítulo 12

El veintiocho de julio hizo cuarenta y un grados en Denia y aquí treinta y ocho con el ochenta por ciento de humedad, que es peor.

A las once de la mañana ya no se podía tocar la barandilla de la terraza.

A la una, el asfalto del paseo brillaba.

Y a las dos y cuarto teníamos las veintiocho mesas llenas, ocho personas esperando de pie y cincuenta y un servicios cantados en la comanda única, que ese día llevaba Fabio con una letra que se le fue haciendo pequeña según avanzaba la tarde.

El menú de mediodía llevaba nueve días funcionando. Once euros. Un plato suyo, uno mío, bebida y postre. Lo dimos ochenta y cuatro veces aquel día y todavía nos quedamos cortos de pulpo a las tres.

A la una y media se estropeó el aire de dentro. No teníamos aire de verdad, teníamos un pingüino de esos con ruedas y un tubo por la ventana, y lo que hacía era mover el calor de sitio, pero al menos lo movía. A la una y media dejó de moverlo.

Fabio subió a por hielo dos veces. La segunda volvió con las bolsas chorreando y con la noticia de que en el colmado ya no quedaba.

A las dos y treinta y cinco, Puri se sentó.

Eso es lo que pasó, y quien no haya trabajado en una cocina no entenderá por qué lo pongo así: Puri se sentó. En la banqueta del rincón, la de las cajas, con el paño en la mano y las dos manos en las rodillas. No se cayó ni se mareó ni dijo nada. Se sentó y se quedó mirando el suelo.

Yo estaba emplatando en mi extremo y la vi por el hueco del pase.

Sesenta y un años, seis horas de pie, treinta y ocho grados con el fuego encendido, y una mujer que lleva cuarenta y cuatro veranos en esa cocina y que, hasta donde yo sabía, no se había sentado nunca en horario de servicio.

Salí, cogí un vaso, lo llené de agua fría y se lo puse en la mano.

—Beba.

—Estoy bien.

—Ya lo sé. Beba.

Bebió. Le puse otro y se lo bebió también. Tenía la cara del color equivocado y las manos frías, y yo eso lo he visto tres veces en dieciséis años y las tres veces terminaron en el mismo sitio.

Me asomé al pase.

—Candela.

Estaba en la barra con cuatro cañas tiradas y dos comandas encima. Levantó la cabeza al oír su nombre, y creo que fue la primera vez que se lo dije yo en voz alta, sin apellido.

Le hice un gesto con la barbilla hacia dentro.

Vino en dos segundos y medio. Vio a Puri sentada y se le puso una cara que no le había visto todavía.

—Puri.

—Que estoy bien, hija.

—Ya lo sé. —Se puso en cuclillas delante de ella—. ¿Te mareas o te has sentado?

—Me he sentado.

—Vale. —Le tocó la muñeca dos segundos, sin aspavientos—. Te vas a casa.

—Tenéis catorce arroces.

—Puri, te vas a casa.

—Que tenéis catorce arroces, Candela.

Y ahí se quedaron las dos, en cuclillas la una delante de la otra, en una cocina a treinta y ocho grados, discutiendo con una educación feroz, y detrás de ellas la campana rugiendo y el pase lleno de comandas.

Yo hice la cuenta que sé hacer.

Catorce arroces suyos pendientes, más nueve platos míos, más los ocho de pie esperando mesa, más el segundo turno de las cuatro. Fabio solo en sala. Y una cocinera de sesenta y un años en una banqueta.

—Yo hago los arroces —dije.

Las dos se volvieron a la vez.

—Tú no sabes hacer mis arroces —dijo Candela.

—No. Sé hacer arroces. Los tuyos me los dices tú.

—No tengo tiempo de decirte nada.

—Entonces me equivoco y los tiramos, pero esa mujer se va a su casa ahora mismo.

Puri me miró desde la banqueta. Fue una mirada larga, de arriba abajo, la mirada de una mujer que llevaba un mes decidiendo qué era yo y que acababa de terminar de decidirlo.

—El caldo está en el fuego dos y está a punto —dijo—. No lo dejes hervir fuerte, que se me pone amargo. El sofrito lo tienes en el barreño de acero, no en el otro, en el de acero. Y el arroz se lo pones de la bolsa abierta, que la nueva está más dura.

Se levantó. Se quitó el delantal. Lo colgó en su gancho, no en otro, en el suyo.

Y en la puerta se volvió.

—Y el fuego de los arroces sube más por la izquierda —dijo—. Todo el mundo se quema el de la izquierda el primer día.

Salió. Fabio la llevó a su casa en la moto, con el casco de repuesto, y volvió en once minutos.

Lo primero que hice fue mirar el barreño.

El de acero, no el otro. Estaban los dos en la misma balda, uno al lado del otro, iguales de tamaño, y si aquella mujer no me dice «el de acero» yo cojo el otro, que tenía el sofrito de la semana pasada guardado para un guiso, y me cargo catorce arroces y la tarde entera.

Cuarenta y cuatro veranos caben en una frase de siete palabras dicha desde una banqueta.

De las tres horas siguientes recuerdo cosas sueltas.

Recuerdo que Candela se puso a mi izquierda, en el banco del norte, el metro y pico que no se toca, y que yo me puse donde ella me dijo, y que estuvimos hombro con hombro tres horas sin que ninguno de los dos hiciera un solo comentario al respecto.

Recuerdo que me quemé el arroz de la izquierda. El primero. Lo tiré yo mismo al cubo sin decir nada y volví a empezar, y ella lo vio y no dijo nada tampoco, y a los diez minutos, sin mirarme, dijo: «el de la izquierda a fuego cuatro, no a seis», y siguió emplatando.

Recuerdo que ella cantaba los tiempos en voz alta sin mirarme: «este a los siete», «este ya», «el de la doce lo dejas reposar dos más que llevan críos y tardan». Y que a la media hora dejó de cantarlos y solo decía «ya», y que yo entendía cuál.

Recuerdo el momento exacto en que se me acabó el fumet y ella, sin dejar de emplatar, alargó el brazo por detrás de mí, cogió el cazo de su caldo —el suyo, el de Puri, el del fuego dos— y me llenó la olla hasta arriba.

Eso no estaba en los doce puntos ni en los seis arreglos.

Recuerdo que a las cinco y veinte salió el último arroz y que Fabio entró en la cocina, se apoyó en la pared y se dejó caer hasta el suelo, sentado, con las piernas estiradas, y se quedó así mirando al techo.

Y recuerdo que ella y yo nos quedamos de pie delante de la plancha apagada, sin decir nada, oyendo el ruido de la campana, con la ropa pegada, y que en algún momento me pasó una botella de agua que ya había abierto ella y que yo bebí de esa botella sin pensarlo, y que cuando se la devolví ella bebió también.

Eso fue todo. Eso fue todo lo que pasó el veintiocho de julio.

A las siete y media volvió Puri.

Se había duchado, se había cambiado y se había puesto los pendientes, que se los pone para bajar al pueblo.

Entró por la puerta de la cocina, miró el pase, miró los tres arroces que quedaban montados en la mesa caliente, y se fue derecha a la olla del caldo.

La destapó. Metió la cuchara de palo. Probó.

Los tres nos quedamos parados como si estuviéramos en un examen.

Tapó la olla.

—Mañana llegas a las ocho —me dijo a mí, no a ella—. Que te voy a enseñar a hacerlo con la cebolla de aquí, que la que compras tú es de Holanda y por eso se te queda dulce.

Y se fue a sentar a la terraza a esperar a que cerráramos, con un vermut que le sirvió Fabio sin que ella lo pidiera.

Cerramos a las doce y media. Ciento cuarenta y siete cubiertos, el récord de la caseta desde dos mil diecinueve, y me lo dijo ella mirando el cuadre con una voz rara.

Antes de irnos hice la ronda de siempre: fuegos, campana, gas, luces, cámara.

Abrí la cámara.

La cinta de carrocero se había despegado.

Con la humedad y la puerta abriéndose ciento y pico veces en un día, la tira del suelo se había soltado por un extremo y estaba enrollada sobre sí misma en un rincón, y la del techo colgaba en diagonal, con un trozo pegado y otro suelto, atravesando la cámara como una cosa muerta.

Y dentro no quedaba ni rastro de la frontera. Mi pulpo estaba en su lado, su caldo en el mío, las cabezas de mis gambas en su balda de arriba y el barreño del sofrito ocupando limpiamente los dos territorios.

Me quedé mirando aquello con la mano en la puerta.

Podía volver a pegarla. Tardaba dos minutos, el rollo estaba en la balda de la limpieza y a esa hora no había nadie para verme hacerlo.

Cerré la cámara y me fui a casa.

Al día siguiente, cuando llegué a las nueve, la cinta estaba puesta otra vez. Recta, tensa, nueva, del suelo al techo.

La había pegado ella.

Y no me dijo nada, ni yo le pregunté, y durante todo aquel jueves trabajamos cada uno en nuestro lado con una educación perfecta y una tirantez que se podía cortar con el cuchillo que ella tiene colgado el segundo por la izquierda.

A las cuatro de la tarde la vi salir a fumar. No fuma.

Se quedó en la esquina de la caseta, de espaldas, mirando la boya.

Yo me quedé dentro, con las manos en la pila, y no salí, y ahora, viéndolo desde donde lo veo, esa es la primera cosa de la que me arrepiento de verdad en toda esta historia.

No lo de mayo. Lo de las cuatro de la tarde del veintinueve de julio, cuando aquella mujer salió sola a mirar el agua después de haber vuelto a pegar una cinta que ella misma quería quitar, y yo me quedé fregando ollas.