Todo a medias Capítulo 11
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Capítulo 11

Los doce puntos aguantaron dos semanas.

Se cayeron un jueves a las dos y veinte de la tarde, con la terraza llena, por culpa de una familia de Albacete que pidió, en la misma mesa, dos arroces míos y un tartar suyo.

Fabio se quedó parado en medio de la terraza con la comanda en la mano, mirándome a mí, mirándole a él, con la cara de un chaval de dieciocho años que acaba de entender que el mundo de los adultos está montado con cinta de embalar.

—¿Y ahora qué? —dijo.

—Que cobre cada uno lo suyo.

—Ya, jefa, pero ¿en qué ticket?

Y ahí se me quedó la boca abierta, porque llevábamos catorce días de temporada y a ninguno de los dos se nos había ocurrido que la gente que viene a comer a un chiringuito no viene a respetar fronteras: viene a comer.

Y no era la primera vez. Llevaba tres días pasando en pequeño: el señor que quiso una caña de mi barra sentado en la mesa de él, la pareja que pidió postre a Fabio sin saber de quién era el postre, y una mesa de ocho que quiso partir la cuenta por personas cuando la cuenta ya estaba partida por cocinas.

Lo resolvimos mal aquella tarde. Dos tickets, dos cobros, la señora de Albacete preguntando por qué le cobraban dos veces y Fabio explicándoselo con una sonrisa que se le iba apagando por momentos. Nos dejaron dos euros de propina y una mirada.

A las cinco y media, con la terraza ya en calma, sacó el cuaderno de cuadros y lo puso encima de la mesa dos.

—Hay que enmendarlo —dijo.

—¿Enmendar qué?

—El acuerdo.

Ahí me reí. Fue la primera vez que me reí delante de él y me salió sin permiso, esa risa corta por la nariz que no se puede fingir.

—Perdona —dije—. Es que has dicho «enmendar».

—¿Y cómo se dice?

—Se dice arreglar.

—Vale. —Escribió ENMIENDAS en la cabecera de la hoja, con esa letra suya, y luego lo tachó y escribió ARREGLOS , y lo dejó ahí tachado y todo, y siguió.

Estuvimos hora y media.

Salieron seis puntos nuevos. Uno: comanda única, con las dos cartas en la misma hoja, dos columnas, y liquidación entre nosotros al cierre.

Dos: el que canta la comanda es Fabio y no se discute delante del cliente nunca, aunque el otro esté equivocado.

Tres: si un plato de uno tarda y el del otro está listo, sale el que está listo, porque la comida caliente no espera a las fronteras.

Cuatro: el vermú de la casa lo hago yo y él lo sirve si estoy fuera, y al revés con su aceite.

Cinco: nadie pisa la mesa del otro por delante de un cliente; se avisa por detrás.

Y el seis lo escribí yo.

—Punto seis —dije—. Los sábados por la noche cerramos la caja juntos.

Levantó la cabeza.

—Eso ya no es de servicio.

—No.

—¿Y por qué?

—Porque llevas dos semanas apuntando cosas en un cuaderno y yo no sé lo que apuntas. —Le miré—. Si vamos a compartir el sitio, o vemos los dos los números o no los ve ninguno. Elige.

Lo pensó un rato. Le vi pensarlo con la punta del bolígrafo apoyada en la hoja, haciendo un puntito de tinta que se iba agrandando.

—Los sábados —dijo.

Y lo escribió.

Firmamos otra vez. Ya no en un mantel, en el cuaderno, con fecha, y le arrancó su copia y la dobló en cuatro para el bolsillo de atrás, y yo dejé la mía en la caja registradora, debajo del cajón, donde tengo las cosas que no quiero perder.

Aquella misma tarde probamos la comanda única y fue un desastre razonable. Fabio se hizo un lío con las columnas, cantó dos tartares en mi lado y un arroz en el suyo, y a las nueve de la noche los tres estábamos discutiendo alrededor de una hoja llena de flechas.

—Es que es fácil —decía Fabio—. Es que lo hacéis difícil vosotros.

Al día siguiente lo hizo bien y ya no lo hizo mal ningún día más.

Lo del sábado siguiente fue peor de lo que esperaba y mejor de lo que me merecía.

Cerramos a la una menos cuarto, se fue Fabio, se fue Puri, y nos quedamos los dos con las dos cajas en la barra y las luces de dentro apagadas menos la de encima de la máquina.

Es un momento raro, contar dinero delante de alguien. Se ve todo. Se ve cuánto has trabajado, se ve si te han dejado propina, se ve si has tenido un día malo, y no hay manera de disimularlo ni de contarlo de otra forma.

Él cuenta el dinero por montones y en silencio. Yo cuento en voz alta. Terminamos casi a la vez.

—Mil ciento cuarenta y dos con veinte —dije.

—Novecientos ocho.

Silencio.

—Vas a llegar a septiembre —dije.

—Sí. —Pasó una goma alrededor de los billetes—. Con esto sí.

—Yo no sé si llego —dije.

Y no sé por qué se lo dije. Llevaba tres años sin decírselo a nadie, ni a Puri, ni a Merche del todo, y se lo dije a las una y cuarto de la mañana a un señor de Madrid que era dueño de la mitad de mis paredes, con novecientos ocho euros suyos encima de mi barra.

No me preguntó cuánto debía. Eso también hay que apuntárselo.

—¿Los tres últimos veranos? —dijo.

—Los tres.

—¿Cuánto es el bajón? ¿Un veinte por ciento?

—Veintiocho.

Asintió despacio, mirando la barra.

—No es la caseta —dijo—. Es el sitio. Este verano hay más gente que nunca en la playa y menos gente comiendo. Se traen la nevera.

—Ya lo sé.

—Ya lo sabes.

—Llevo mirándolo veinte años desde esta barra —dije—. Sé exactamente en qué mes empezó. Fue en el veintiuno, cuando pusieron el aparcamiento grande del Racó y la gente empezó a venir con el coche cargado y a irse a las siete.

Se quedó callado un momento.

—Eso no lo sabía —dijo.

—Pues eso no está en ningún papel de los tuyos.

Cerramos la caja. Bajamos la persiana entre los dos, que es de las que se atrancan si la baja uno solo, y al salir me di cuenta de que llevaba tres minutos sin acordarme de que aquel hombre tenía la mitad de todo aquello.

En la arena, ya fuera, dijo:

—Hay una cosa que podríamos probar.

—No.

—Todavía no la he dicho.

—Es que es sábado por la noche y no tengo cabeza para probar nada.

—Vale.

Y no insistió. Como no insiste nunca.

Anduve treinta pasos hacia el paseo y me paré.

—Dila —dije, de lejos.

—El menú de mediodía —dijo él, sin moverse del sitio—. Uno solo, de los dos, a un precio, con un plato tuyo y uno mío. La gente que se trae la nevera no se la trae porque no tenga hambre. Se la trae porque no sabe lo que le va a costar.

Me quedé mirándolo en mitad de la playa, a oscuras, con la persiana bajada detrás.

—El jueves lo hablamos —dije.

Y me fui, y en la cuesta iba haciendo cuentas de cabeza, y me di cuenta a mitad de subida de que estaba haciendo cuentas de un plato suyo y uno mío en la misma hoja, y de que no me estaba costando ningún trabajo imaginármelo.