Todo a medias Capítulo 10
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Capítulo 10

El viernes por la mañana, en la panadería, ya no se hablaba de otra cosa, y a las ocho y cuarto yo ya tenía las dos posturas oídas enteras y sin haber preguntado.

La madre de Fabio, detrás del mostrador, estaba a favor.

Lo dijo así, sin adornos, mientras me metía el pan en la bolsa: que ella tiene tres hijos y que el mayor se le va en septiembre a Denia a estudiar y que a ver quién le paga la habitación, y que dieciocho contratos de doce meses en esta isla no los ha visto ella nunca, y que a la yaya de la caseta, que en paz descanse, tampoco le regaló nadie nada.

Detrás de mí, en la cola, la mujer de Quino estaba en contra. También sin adornos: que en Xàbia hicieron un club de esos y que ahora los de allí no pueden ni bajar a su playa, y que las cuatro casetas de la costa son las cuatro que hay, y que cuando se van se van para siempre.

Y detrás de la mujer de Quino, en la cola, la señora de la casa azul del camino de las cañas no estaba ni a favor ni en contra: estaba preocupada por dónde iban a aparcar los coches.

Y las dos tenían razón. Eso es lo que me tocó los cojones de aquella semana, y perdón por la palabra pero es la que va: que las dos tenían toda la razón, y que la conversación era imposible de ganar porque no era una conversación, era una isla partida a la mitad por gente que se quiere.

En la caseta, Fabio estaba a favor y lo decía cada media hora.

A Fabio le habían echado el ojo, además: una de las de Denia, la del ordenador, se le acercó al terminar la reunión y le preguntó si tenía el título de manipulador y si le interesaría «algo estable».

Fabio me lo contó a la mañana siguiente con la cara de un chaval al que le han dicho por primera vez que vale para algo, y yo le dije que qué bien, y se lo dije con la boca pequeña, y me pasé el resto del día odiándome un poco por eso.

Puri no abrió la boca en tres días.

Tres días enteros. Trabajó, mandó, protestó por el precio del aceite y me arregló un caldo que se me estaba yendo.

Pero no dijo ni una palabra del club de mar, ni a favor ni en contra, y cuando Fabio sacaba el tema en la cocina ella subía el fuego, que es su manera de cambiar de conversación sin cambiarla.

Lo de la pieza me lo explicó Merche el lunes.

Fui a verla con la excusa del IVA del trimestre y a los diez minutos le pregunté, y ella dejó el boli.

—Es que sin vosotros no hay proyecto —dijo.

—¿Cómo que sin nosotros?

—Candela, mira el mapa. —Cogió un papel y me dibujó la costa en veinte segundos, que dibuja fatal—.

Las cuatro casetas están aquí, aquí, aquí y aquí.

Las tres de ahí abajo son concesiones municipales que caducan y el ayuntamiento hace lo que quiere con ellas.

La vuestra no. La vuestra es propiedad privada desde el sesenta y ocho, y además es la única que está en la playa buena, y además es la única que tiene cocina montada y licencia de restaurante de las de antes.

Me quedé con el papelito en la mano.

—O sea que si nosotros no vendemos, no hay club.

—Hay medio club. —Merche recogió el boli—. Que es un club que no vale la pena.

—¿Y ellos saben eso?

Merche me miró por encima de las gafas, y en veinte años de conocerla no le he visto poner nunca esa cara para una pregunta tonta, así que la pregunta no era tonta.

—Ellos lo saben desde antes de venir —dijo—. Esa gente no viene a un pueblo sin saberse el registro de la propiedad.

Salí a la calle y me senté en el banco de la plaza a hacer la cuenta que llevaba tres días sin querer hacer.

En mayo, mi padre vendió su mitad a un desconocido de Madrid.

En junio, ese desconocido apareció aquí.

En julio, una empresa que necesita esa caseta para que su proyecto tenga sentido presentó el proyecto en el casal, y el que hablaba conocía a mi copropietario lo suficiente como para ponerle la mano en el hombro delante de ciento y pico personas.

Puestas así, en fila, esas tres cosas hacen un ruido muy feo.

Antes de volver pasé por casa de mi padre.

No entré. Llegué hasta la puerta, con la llave en la mano, y desde fuera oí la tele puesta y a él hablando solo, o hablando con la tele, que es lo que hace desde hace tres años.

Me quedé en el rellano un minuto largo. Después bajé y me fui a trabajar.

Volví a la caseta a la una menos cuarto, con el servicio ya arrancando, y no le dije nada. Trabajamos las cuatro horas siguientes como se trabaja un lunes de julio, a medio gas y con la tontería de los que llevan doce días trabajando y todavía no están cansados.

A las cinco y media, en la media hora muerta, me senté en la mesa dos y le dije que se sentara.

Se sentó.

—Te voy a preguntar una cosa y quiero que me la contestes rápido —dije—. No pienses. Si te lo tienes que pensar, ya me has contestado.

—Vale.

—¿Tú sabías lo del club de mar antes de comprar?

—No.

Y no se lo pensó. Ni medio segundo. Contestó como se contesta cuando la respuesta ya estaba hecha.

—¿Sabías que esa empresa quería esta caseta?

—No.

Segundo no. Igual de rápido.

—¿Y ese hombre, el del hombro? ¿Ese sabía que tú comprabas aquí?

Y ahí tardó.

Tardó dos segundos, o dos y medio, y esos dos segundos y medio los he tenido guardados desde entonces como se guarda una llave de una puerta que todavía no sabes cuál es.

—Ese hombre me dijo en marzo que aquí había una mitad en venta —dijo.

Dejé la mano quieta encima de la mesa.

—¿Te lo dijo él?

—Me lo dijo él. —Me sostuvo la mirada—. Yo llevaba cuatro meses de jefe de sala en un menú del día en Alcorcón. No estaba buscando una isla. Me llamó, me dijo que había un sitio barato en un sitio bonito y que el dueño tenía prisa, y yo vine, lo vi y lo compré. Eso es lo que pasó.

—¿Y no te pareció raro?

—Sí.

—¿Y aun así compraste?

—Sí. —Se pasó la mano por la nuca, ese gesto que le he visto tres veces y siempre antes de decir algo verdadero—. Cuando llevas tres años sin nada, no investigas mucho la primera cosa buena que te ofrecen. La coges.

Me levanté y me puse a limpiar la barra, que estaba limpia.

—¿Me crees? —dijo él, desde la mesa.

—Sí.

Y era verdad. Le creí. Le creí entonces y, con lo que sé ahora, sigo creyendo que aquella tarde en la mesa dos ese hombre no me mintió en ninguna de las tres respuestas.

Lo que hizo fue no contarme la cuarta cosa, que era la única que importaba, y para eso no le hizo falta mentir: le bastó con que yo no supiera qué preguntar.

El fin de semana fue el más raro de mi vida profesional.

Sábado diez de julio, ciento veinte cubiertos entre los dos lados, y la mitad de la isla comiendo en mi terraza y hablando del club de mar en voz alta como si nosotros fuéramos sordos.

Oí de todo mientras servía. Oí a un señor decir que a la nieta de Fortunata le van a hacer millonaria y ojalá.

Oí a otro decir que él, en mi caso, firmaba mañana.

Oí a la mujer de Quino decir, sin bajar la voz, que aquí la que decide es Candela y que Candela no vende, y sentí en la nuca cuatro mesas mirándome la espalda esperando a ver si yo decía algo.

No dije nada. Serví el arroz. Cobré. Di las gracias.

Y a las cuatro de la tarde, cuando ya no quedaba casi nadie, me metí en la cámara a por una caja de cervezas y me quedé dentro más rato del necesario, con el frío y el zumbido, mirando la tira de cinta marrón.

Aquella noche cerré tarde. Cuando salí, Puri estaba fuera, esperándome, con la bolsa de tela colgada y el pelo ya suelto, que se lo suelta al salir.

—Te acompaño hasta la cuesta —dijo.

Fuimos andando por el paseo sin hablar hasta la altura del quiosco.

—Yo no voy a decirte lo que tienes que hacer —dijo entonces.

—Puri.

—Que no te lo voy a decir. —Se paró—. Solo te digo una cosa y luego me callo. Tu abuela vendió esta caseta dos veces.

Me paré yo también.

—¿Cómo que la vendió?

—Que la estuvo a punto de vender dos veces. En el ochenta y uno y en el noventa y cuatro. La del ochenta y uno la firmó y todo, y luego rompió el papel en la cocina delante de mí y se puso a hacer la comida.

—Eso no me lo ha contado nadie nunca.

—Claro que no. —Empezó a andar otra vez—. Aquí no se cuenta lo que uno estuvo a punto de hacer. Solo lo que hizo.

—Puri.

—¿Qué?

—¿Por qué no lo firmó?

Puri siguió andando tres o cuatro pasos antes de contestar.

—Porque el que se lo compraba quería quitar el nombre —dijo—. Todo lo demás se lo daba igual. Le compraba el sitio, le dejaba a ella dentro de cocinera y le pagaba más de lo que ganaba. Pero quería ponerle otro nombre.

—¿Y por eso rompió el papel?

—Por eso rompió el papel.

Llegamos a la cuesta. Se despidió con la mano, sin tocarme, y se fue hacia su casa.

Y yo subí pensando en mi abuela con un papel firmado en la mano en el año ochenta y uno, en la misma cocina donde ahora hay una cinta de carrocero partiendo la cámara, y en que a lo mejor todos los de esta familia hemos estado siempre a punto de vender esto y lo único que cambia de una generación a otra es quién se atreve a firmar.