Capítulo 9
El uno de julio abrimos a las diez de la mañana y a la una y cuarto yo ya sabía que había calculado mal.
No los números. Los números estaban bien: setenta cubiertos de terraza, dos servicios, un ticket medio previsible. Lo que había calculado mal era a quién le estaba dando de comer.
A la una y media, con las veintiocho mesas puestas, la terraza estaba llena y en mi lado había cuatro. Cuatro mesas de catorce. Y las cuatro eran gente de fuera que había llegado esa mañana.
En el suyo no cabía un alfiler.
Estuve un rato entendiéndolo desde el paso de cocina, con las manos parada, que es lo peor que le puede pasar a un cocinero en un primer día.
La gente entraba, se paraba en la puerta, miraba las dos cartas, y se iba a su lado.
No porque la mía fuera cara. Porque en la suya ponía arròs a banda , sepia amb ceba , fideuà , coca de tomata , y en la mía ponía tartar de gamba roja, ceviche de corvina y ensalada de tomate con burrata.
Le había puesto burrata a una carta de una playa de la Illa Bonança. Eso lo hice yo, con dieciséis años de oficio, y no tengo excusa.
Lo peor no fueron las mesas vacías. Lo peor fue el chaval.
A la una y media entró una familia de cinco, se pararon delante de las dos cartas y el padre leyó la mía en voz alta a su mujer, entera, incluido el ravioli, con esa lectura despacio de la gente que quiere entender lo que está leyendo. Cuando terminó, dijo:
—Aquí no.
Y se fueron catorce pasos a la izquierda y se sentaron en su lado, y pidieron cinco menús, y estuvieron dos horas y media, y los oí reírse todo el rato desde el paso de cocina.
Fabio, que a esas alturas ya me llamaba Leo, pasó por mi lado con seis platos en los brazos y me dijo, sin parar y sin ninguna mala intención, que es lo que lo hizo peor:
—Es que la gente en la playa quiere arroz.
A las tres y media, en la media hora muerta, ella se acercó a mi extremo de la barra con dos cafés. Puso uno delante de mí y no dijo nada. Se apoyó de espaldas al mostrador, mirando la terraza.
—Doce —dijo.
—¿Doce qué?
—Doce mesas que han entrado, han visto tu carta y se han ido a la mía. Las he contado.
—Yo he contado once.
—Doce. La de los alemanes ha estado tres minutos en tu lado y luego se han cambiado.
Nos bebimos el café.
—¿Me lo vas a decir? —dije.
—¿El qué?
—Lo que me vas a decir.
Dejó la taza.
—Aquí la gente viene a la playa a comer lo que ha comido siempre —dijo—. Y la que no ha comido esto nunca, viene a comer lo que cree que se come en un sitio así. Tú puedes hacer lo que quieras, que la mitad es tuya. Pero si pones burrata, te la vas a comer tú.
—Es tomate de temporada con una burrata muy buena.
—Es tomate de temporada con una burrata muy buena a doce kilómetros del sitio donde se hace el mejor tomate con atún del mundo, que es mi cocina.
Y se fue a poner un carajillo.
Aquella tarde tiré la carta y la reescribí entera, a mano, en la mesa dos, con Fabio recogiendo alrededor.
Me llevó tres horas y me dolieron. Quité el ceviche, quité la burrata, quité un ravioli que no he vuelto a hacer.
Dejé el tartar, que es lo único mío que aquí funciona, y puse cosas que sabía hacer y que no se pisaban con las suyas: unas navajas, un pulpo, una tortilla de patata poco cuajada, una cazuela de garbanzos con gambas que me enseñó una mujer en Cádiz hace quince años.
Cuando terminé, a las nueve, ella pasó por detrás, miró la hoja por encima de mi hombro sin pararse y dijo:
—Los garbanzos en julio no.
—Los garbanzos en julio sí.
Se lo dije. Le dije que los garbanzos en julio sí, que la gente que lleva tres horas en el agua tiene más hambre de la que cree y que un plato de cuchara pequeño a mediodía se vende en cualquier sitio del mundo si está bueno.
Ella me miró con la cara de quien lleva veinte años en una playa oyendo a gente de fuera explicarle la playa.
—Vale —dijo—. Ponlos.
Vendí siete el primer día que los puse y cuarenta y uno en agosto, y eso, en aquella barra, fue lo más parecido a ganar una discusión que conseguí en todo el verano.
Los cinco días siguientes fueron mejores y ninguno fue bueno.
Bajé al pantalán el día tres a las siete y cuarto de la mañana.
Con las manos vacías. Sin pedir nada. Le di los buenos días a Vicent, le pregunté si el levante que decían para el fin de semana iba a entrar de verdad, y él me contestó que el que dice el móvil no, y el otro sí, y no dijo nada más, y yo me quedé allí de pie diez minutos viéndole descargar y me fui.
El día cuatro hice lo mismo. El día cinco, también.
El día seis, cuando ya me iba, me dijo:
—El jueves tengo sepia.
—¿Cuánta?
—La que le diga usted el miércoles.
Y eso fue todo, y me subí por el paseo con una sensación absurda de haber ganado algo importante.
El ocho de julio, jueves, había reunión en el casal.
Me enteré por el cartel de la puerta del colmado y por Batiste, que me dijo, mientras me cobraba el café, que iba a estar «la del ayuntamiento y unos de Denia», y me lo dijo mirándome de una manera que ya empezaba a entender: aquí a los forasteros se les da la información mirándoles la cara, para ver qué hacen con ella.
Fui. Cerramos a las once y media y fui andando, y llegué a y cuarto y me quedé de pie al fondo, al lado de la puerta, con las mujeres que habían venido con el niño dormido en el carro.
El casal es un local municipal con cien sillas de plástico, un escenario bajo y un mapa de la isla enmarcado en la pared del fondo. Había ciento y pico personas, que en un pueblo de cuatrocientos treinta censados es como si en Madrid se juntara un millón.
Maite Escrivà, la alcaldesa, abrió el acto en tres minutos, sin papeles. Dijo que la propuesta venía de una empresa, que el ayuntamiento no había firmado nada, que aquello era una reunión informativa y que después habría preguntas y que se levantara la mano.
Y luego se sentó y dejó hablar a los de Denia.
Eran tres. Una mujer joven con un ordenador, un hombre con el pelo blanco que no abrió la boca, y Óscar.
No sabía que venía. Lo digo aquí y quien quiera creerlo que lo crea: no sabía que venía él, y cuando lo vi levantarse y abrocharse el botón de la chaqueta se me puso el estómago de una manera muy concreta que ya conocía de otras salas.
Habló doce minutos y lo hizo bien. Óscar hace bien esto. No enseñó renders de piscinas ni habló de «experiencias»: puso números en una pantalla, despacio.
Club de mar en la playa del Faralló. Cuatro casetas de la costa, incluida la nuestra, para restaurante, escuela de vela y sala polivalente.
Veintidós puestos de trabajo, dieciocho de ellos fijos y de doce meses.
Compromiso de compra de producto local por un importe anual concreto, que dijo en voz alta.
Y una cosa más, que dejó para el final y que soltó sin subrayarla:
—Y hay un punto que no es nuestro, que es del ayuntamiento, pero que nosotros estamos dispuestos a financiar durante los primeros cinco años: la línea de ferry de invierno.
Se hizo un ruido en la sala.
No un aplauso: un ruido. Sillas, murmullo, alguien que dice algo a su vecino. La mujer del carro que tenía al lado dejó de mecer el carro.
Porque yo lo había entendido en un menú de trece euros el segundo día que llegué, pero ellos lo llevaban entendiendo veinte años: sin ferry de invierno no hay médico los martes, no hay instituto en Denia para los de catorce, no hay padres jóvenes, y sin padres jóvenes el colegio de dos aulas cierra, y cuando el colegio cierra el pueblo tiene diez años de vida por delante y todo el mundo lo sabe.
Las preguntas duraron una hora y cuarto.
Preguntó Batiste, que quería saber si el restaurante del club iba a servir a la carta o solo a socios.
Preguntó una mujer de unos treinta si los dieciocho fijos iban a ser para gente de la isla o para gente de Denia, y Óscar dijo que preferentemente de la isla, y ella dijo «preferentemente», y él dijo «con un compromiso escrito del setenta por ciento», y ella se sentó.
Preguntó Aurora, la de la farmacia, si el compromiso del ferry era por cinco años o «cinco años y ya veremos».
Preguntó Vicent. Se levantó despacio, con la gorra en la mano, y todo el mundo se calló de golpe, y yo eso lo entendí perfectamente sin que nadie me lo explicara.
—¿Ustedes qué compran? —dijo.
—Perdone, ¿en qué sentido?
—Pescado. ¿Ustedes qué pescado compran, y a quién.
Óscar dijo que el compromiso de producto local incluía la lonja de la isla en un porcentaje. Vicent escuchó la respuesta entera, dijo «gracias» y se sentó, y no volvió a hablar.
Y en la fila cuatro, en el lado izquierdo, estaba ella. La vi al cuarto de hora y ya no me despisté del todo. Estaba con Puri y con la de la farmacia, con los brazos cruzados, y no preguntó nada en toda la noche, que en su caso significaba mucho más que preguntar.
Y al final habló Maite.
Se levantó cuando ya se levantaba la gente, y con eso sola consiguió que se volvieran a sentar. Ciento y pico personas. No usó micrófono.
Dijo cuatro cosas, cortas. Que el ayuntamiento no tenía dinero para el ferry de invierno y que llevaba nueve años sin tenerlo, y que eso lo sabían todos porque se lo había dicho ella todos los años.
Que las tres concesiones de la costa vencían en dos años y que ella, personalmente, no pensaba renovarlas sin un plan.
Que ella no iba a decirle a nadie lo que tenía que hacer con su propiedad privada.
Y que el pleno se pronunciaría en septiembre, después del verano, «cuando todos hayamos trabajado y estemos más tontos y menos nerviosos», y ahí se rio media sala.
Me fijé en que no dijo si estaba a favor o en contra. Y en que nadie se lo preguntó, lo cual, en un sitio donde se preguntan las cosas a la cara, significaba que todo el mundo creía saberlo ya.
Terminó a las doce y media.
La gente se levantó y se quedó de pie hablando en corros, que aquí pasa siempre: la reunión de verdad empieza cuando termina la reunión. Yo me fui hacia la puerta.
Y Óscar me alcanzó en la puerta, delante de todo el mundo, y me puso la mano en el hombro.
—¡Hombre! —dijo, y lo dijo alto—. Pero si estás aquí.
Tuve dos segundos.
En esos dos segundos calculé lo siguiente: que ciento y pico personas nos estaban mirando; que si le decía «no me toques» delante de todos, eso llegaría a la caseta antes que yo; y que si le seguía el juego, también.
—Óscar —dije.
—¿Cómo va eso?
—Bien.
—Me alegro, de verdad. —Me apretó el hombro y me soltó—. Ya hablamos.
Y se dio media vuelta hacia la alcaldesa.
Salí a la calle. Hacía esa noche seca de julio y había gente fumando en la puerta.
Ella estaba en la acera de enfrente, sola, esperando a Puri, con las llaves en la mano.
Me vio salir. Me vio a mí y había visto lo del hombro, porque desde donde estaba se veía perfectamente.
Cruzó.
—¿De qué le conoces? —dijo.
Y aquí es donde tenía que haberlo dicho. Lo tenía delante, a las doce y media de la noche, en la calle, con la sala vaciándose detrás de nosotros y ella preguntándome directamente, que es como pregunta ella, sin rodeos y mirándote.
—Trabajé con él —dije—. Hace años. En Madrid.
—¿Trabajaste con él o para él?
—Con él.
Me miró tres segundos más de los necesarios.
—Vale —dijo.
Y llegó Puri, y se fueron las dos cuesta arriba, y yo me quedé en la acera con las manos en los bolsillos, delante de un casal que se estaba apagando, habiendo dicho una verdad que era una mentira entera.