Todo a medias Capítulo 8
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Capítulo 8

Los seis días antes de abrir son los mejores del año y quien te diga lo contrario es que no ha abierto nunca.

Es la única semana en la que la caseta es tuya del todo.

Del uno de julio al treinta de septiembre no es de nadie: es de la gente que entra.

No hay clientes, no hay prisa y no hay nadie diciéndote que la paella tarda.

Está el olor a lejía de la primera limpieza, y las cajas apiladas, y las sillas todavía sin bajar, y una sensación física de que todo lo que va a pasar en julio y en agosto está ahí dentro, sin abrir, como un regalo malo que además pesa.

Ese año, además, estaba él.

Apareció el veinticinco a las nueve y cuarto de la mañana, que es la hora que le dije, con una camiseta gris, unas zapatillas viejas que no le había visto y un rollo de bolsas de basura industriales que no le había pedido nadie.

—Buenos días.

—Buenos días.

Y se puso a trabajar.

Eso es lo que no me esperaba. Yo me esperaba a un señor con un cuaderno haciendo preguntas.

Me esperaba un mes de «¿y esto por qué se hace así?

». Y lo que apareció el veinticinco de junio fue un tío que se metió en el almacén, sacó cuarenta años de trastos que llevaban ahí desde antes de que yo naciera, los clasificó en tres montones en la arena —sirve, no sirve, preguntar— y a la una del mediodía tenía el almacén vacío, barrido y con las baldas medidas.

Vino a enseñarme el montón de «preguntar» antes de tirar nada.

Había una freidora del año noventa que no funciona, doce ceniceros de publicidad de un vermú que ya no existe, una caja de manteles de hule con dibujos de barcos, un tocadiscos sin brazo y el letrero viejo de madera de LA FORTUNA, el primero, el del setenta y cuatro, con la pintura levantada y una esquina comida.

Cogí el letrero.

—Esto no se tira.

—No he tirado nada.

—Ya lo sé, ya lo veo.

—Los ceniceros los tiraría.

—Los ceniceros los tiro yo.

Y ahí nos quedamos los dos de pie en la arena, delante de tres montones de basura, con el letrero de mi abuela en mis manos, y él esperó, y como esperó, yo dije:

—Lo hizo el padre de Batiste. En una tabla de una barca.

—Se nota que es de una barca.

—¿Por qué?

—Por la curva. —Señaló el canto con el dedo, sin tocarlo—. Está cortada del casco, no de una tabla plana.

Me quedé mirando el letrero. Cuarenta y nueve años en esa pared, doce en el almacén, y yo no me había fijado nunca en que estaba curvado.

Fabio llegó a las once de aquel primer día, se encontró al de Madrid metido hasta el codo en el almacén y se puso a ayudarle sin que nadie se lo mandara, y a mediodía ya se hablaban de tú y de fútbol. A Fabio le da igual todo. Es el don que tiene.

—Jefa —me dijo al salir, con el casco en la mano—. Que dice Leo que si el lunes traigo la moto para llevar los trastos al punto limpio, que él pone la gasolina.

Leo.

—Que ponga la gasolina —dije.

Y no le corregí lo de Leo, aunque quise, porque en esta caseta él llevaba cinco días siendo «el de Madrid», «el copropietario» y «ese», y aquel chaval de dieciocho años acababa de bautizarlo en un segundo delante de mí.

Los días siguientes fueron así, mezclados.

Trajo la lona nueva del toldo el veintiséis y la montó con Fabio en cuatro horas, y no cobró la lona ni me la mencionó más.

Cambió la junta de la puerta de servicio, esa que yo había arreglado a mano con silicona hace dos años.

Y arregló el lavavajillas sin pedir permiso, un miércoles a media tarde, mientras yo estaba en el pueblo, y cuando volví el ciclo largo arrancaba a la primera y yo me pasé el resto de la tarde de mal humor sin saber muy bien por qué.

Sí lo sabía. Se me estaba metiendo en casa por la vía de las cosas rotas, la peor de todas, porque contra eso no se puede protestar.

Y luego estaba la otra parte.

La otra parte era que aquel hombre trajo su propia caja de cuchillos —una caja de madera, con cierre, de las de verdad—, montó su pase en el extremo del faro y empezó a hacer pruebas de carta con un género que compraba él por su lado, en Denia, y que llegaba en el ferry de las doce y media en cajas de poliestireno.

El veintiocho hizo un tartar de gamba roja.

Yo lo vi de reojo desde la barra mientras fingía repasar el pedido de bebidas.

Pelaba las gambas con dos dedos, sin cuchillo, en cuatro segundos cada una.

Las picaba a punta de cuchillo, no en máquina.

Y hacía un aceite ahí al lado con una cosa naranja que resultó ser la cabeza de la propia gamba, prensada.

Puri salió de la cocina, se paró a un metro y medio, miró la tabla y volvió a entrar sin decir palabra.

A los diez minutos él dejó un plato pequeño en la barra, delante de mí, con una cuchara.

—¿Me dice qué le parece?

—No hace falta.

—Sí hace falta, porque esto lo voy a vender a dieciocho euros a tres metros de su barra y usted va a tener que oír las quejas.

Lo probé.

Estaba muy bueno. Estaba muy bueno de una manera que no me convenía nada: la gamba estaba a la temperatura justa, que es cuatro grados por encima de la nevera y por eso casi nadie lo hace bien, y el aceite de las cabezas tenía el punto de sal exacto y un ácido detrás que no supe identificar y que resultó ser vinagre de arroz, que en esta isla no lo tiene nadie.

—Está soso —dije.

Él me miró.

—Está soso —repetí.

—Vale.

Y le echó sal.

Y esa noche, en mi casa, en la cocina, con la luz del extractor encendida, me comí un yogur de pie pensando que le había dicho «está soso» a un tartar que estaba perfecto y que me merecía todo lo que me pasara.

El veintisiete vi su carta.

La tenía impresa en un folio, encima de su pase, con las correcciones a boli. Yo pasé por detrás con dos cajas de vermú y la leí de reojo entera en el tiempo que se tarda en cruzar un metro y medio, que es un tiempo que tengo muy trabajado.

Tartar de gamba roja. Ceviche de corvina. Ensalada de tomate con burrata. Un ravioli con un nombre largo.

Dejé las cajas en la barra y me quedé un momento de espaldas, ordenándolas más de lo que hacía falta.

No dije nada. Y no lo dije por lo peor: no por respeto, ni por dejarle equivocarse, ni por ninguna de las cosas decentes que me habría gustado escribir aquí.

Me callé porque calculé que aquella carta se iba a estrellar sola contra el uno de julio, y porque una parte de mí, la parte que no enseño ni en las bodas, tenía muchísimas ganas de verlo.

También me acordé de mi padre. No sé por qué en ese momento, delante de un folio con un ceviche escrito, pero me acordé, y me dio rabia acordarme.

Llevábamos seis días sin hablarnos. Nos habíamos cruzado dos veces en el pueblo. La primera, él iba por la acera de enfrente y levantó la mano. La segunda, en el estanco, coincidimos dentro y me dijo «hola, hija» y yo le dije «hola» y salí sin comprar lo que iba a comprar.

El pescado fue el veintinueve.

Vicent llegó al pantalán a las siete y cuarto con lo suyo y con dos cajas más de las que yo le había pedido, porque Vicent pide por ti. Bajé a por ello y me lo encontré esperando en la arena con la libreta abierta.

—¿Cuánto le pongo? —dijo.

—Lo de siempre.

—¿Lo de siempre de una caseta o lo de siempre de media?

Ahí me di cuenta de que llevaba una semana sin pensar en cómo iba a decirle a la gente que la caseta era de dos.

—Vicent, no he vendido nada.

—Ya lo sé lo que has vendido y lo que no has vendido. —Escribió algo en la libreta con el lápiz—. Digo el pescado. Si es para uno o si es para dos, porque si es para dos, se lo cobro a cada uno por su lado y no me lía usted a mí las cuentas.

—Para uno.

—Para uno. —Apuntó—. ¿Y el otro?

—El otro se lo trae de Denia.

Vicent levantó la vista de la libreta.

Tiene los ojos muy claros de los que han mirado el agua toda la vida y una manera de no decir las cosas que hace que las digas tú por él.

—Ya —dijo.

—Ya no. Vicent, ya no, ¿eh?

—Yo no he dicho nada.

—Has dicho «ya».

—Es una palabra. —Cerró la libreta—. Dile que si quiere que le venda, que baje él a preguntármelo. Que aquí se baja a preguntar.

Esa misma tarde, cuando volví con las cajas de Vicent, él estaba en la barra apuntando algo en su cuaderno y levantó la cabeza.

—¿Ese hombre vende también a particulares?

—Vende a quien le da la gana.

—Ya. —Cerró el cuaderno—. ¿Y qué habría que hacer para que me diera la gana conmigo?

Podría habérselo dicho en dos frases. Bajar al pantalán a las siete y cuarto, con las manos vacías, sin prisa, y no pedirle nada el primer día. Preguntarle por el tiempo y esperar a que él pregunte.

—Bajar a preguntárselo —dije.

—¿Cuándo?

—Cuando esté.

Que es una respuesta que en esta isla es completa y en Madrid es un insulto. Él se quedó pensando, dijo «vale» y apuntó algo más en el cuaderno.

El treinta por la tarde, víspera, pasó lo de Aurora.

Vino a la caseta con la excusa de traerme una crema para la quemadura del brazo de Fabio, que se había dado con la plancha el día anterior, y se quedó cuarenta minutos.

Miró la lona nueva. Miró la barra dividida.

Pidió permiso para ver la cámara y le dije que sí porque no se me ocurrió a tiempo una razón para decirle que no.

Se quedó delante de la cinta de carrocero un rato largo.

—Ay, madre —dijo.

—Es provisional.

—Claro, claro. —Sacó el móvil—. ¿Puedo?

—No.

Hizo la foto igual, y no me enfadé, porque a Aurora no se enfada nadie: es como enfadarse con el tiempo. Y al salir, ya en la puerta, con la bata puesta y la crema todavía en la mano, dijo la frase que puso en marcha todo lo demás:

—Hija, y vosotros dos así, todo el verano.

—Trabajando.

—Sí, sí. Trabajando. —Y se fue por la arena, y a los quince pasos se volvió y añadió—: Es que en el pueblo hay opiniones.

—¿Qué opiniones?

—Opiniones —dijo, y siguió andando.

Cerré a las once de la noche. Fabio se había ido a las ocho, Puri a las nueve, y él a las nueve y media, después de dejar su pase montado y su cámara cargada. Me quedé sola con la caseta lista.

Hice lo que hago todos los treinta de junio: subí la persiana del todo, apagué las luces y me senté en la mesa nueve, a oscuras, un rato, con la puerta abierta y el mar delante.

La yaya lo hacía. Yo la vi hacerlo de pequeña y no le pregunté nunca para qué, y ahora que lo hago yo tampoco sabría explicarlo.

Estuve unos veinte minutos. Después bajé la persiana, cerré con llave y subí la cuesta.

Cuando pasé por delante de la cámara vi la tira marrón brillando un segundo con la luz del móvil.

Al día siguiente abríamos.