Todo a medias Capítulo 7
25%

Capítulo 7

La noche anterior habían hecho hogueras y yo no bajé.

Vi el humo desde la terraza a las diez y media, tres columnas en la playa y una en el descampado de detrás del colegio, y oí la música y a la gente hasta las tres.

No bajé porque no sabía que se podía bajar.

Los sitios pequeños tienen fiestas que parecen privadas y no lo son, y hay que llevar viviendo un año para saber cuáles.

Al día siguiente, después de firmar el reparto, cené en el bar de la plaza.

Batiste sirve un menú de noche de nueve euros con dos platos y no pregunta nada, que es lo que yo quería.

Había cuatro mesas ocupadas. En una, una pareja mayor con la tele puesta de fondo.

En otra, tres hombres de obra con las manos limpias y la ropa sucia.

Y en la del rincón, cuatro señoras que llevaban allí desde antes que yo y que dejaron de hablar cuando entré.

No del todo. Bajaron a un volumen en el que se me oía a mí masticar.

Comí lomo con pimientos. Estaba bueno. Batiste me puso el pan sin preguntar y me cambió el plato sin preguntar, y cuando le pedí la cuenta me dijo nueve euros y luego, mientras me cobraba, dijo:

—¿Usted es el de la caseta?

—Sí.

—Ah.

Y me dio el cambio.

En la mesa del rincón se hizo un silencio de dos segundos que se oyó perfectamente, y después una de las señoras dijo algo que no entendí y otra se rio muy bajo.

Salí y me fui andando hasta la playa, que estaba vacía.

En la arena todavía estaban los círculos de la hoguera, tres, negros, con los palos a medio quemar apilados en el centro y una lata de refresco aplastada. Alguien había recogido la basura y había dejado los círculos, que es como se recoge una fiesta cuando piensas volver el año que viene.

Me senté a diez metros del agua.

La caseta se veía a la izquierda, cerrada, con la persiana bajada y el cartel apagado. Dentro, en la cámara, había una tira de cinta marrón que había pegado yo esa mañana.

Hice las cuentas de la noche, que es lo que hago cuando no tengo con quién hablar. Ochenta y tres días hasta el quince de septiembre. Seis hasta la apertura. Cuarenta y un mil euros gastados. Mil ciento veinte en la cuenta. Un alquiler de seiscientos hasta octubre.

Y un pueblo de cuatrocientas treinta personas en el que, en cuatro días, ya me había ganado un apodo que todavía no había oído pero que sabía que existía, porque las señoras de la mesa del rincón no se ríen bajo por nada.

Detrás de mí, en el paseo, pasaron dos chavales en bici hablando a gritos. Uno dijo un nombre y el otro se rio. No era el mío. En un pueblo de este tamaño, cuando llevas cuatro días, todos los nombres que no entiendes te parecen el tuyo.

Me quedé allí hasta la una y algo. El agua hacía el ruido de siempre. Pasó un gato por delante, se paró, me miró como me habían mirado en el bar y siguió.

En Madrid, cuando cerró Sarpa, estuve nueve semanas sin salir de casa más que a comprar.

Mi hermana venía los domingos con la niña, ponía una lavadora sin decir nada y se iba.

Eso lo sé todo el mundo lo llamaría depresión y yo lo llamé mal año, y sigo llamándolo mal año, y esa noche, sentado en la arena de una isla en la que no conocía a nadie, pensé que aquello de ahora era mejor, y lo pensé de verdad, y me pareció una información importante sobre el tipo de vida que llevaba.

Subí al apartamento a las dos menos cuarto.

Antes de dormirme escribí en el móvil, en las notas, dos líneas para el uno de julio:

Hielo. Preguntar a quién.

Y debajo:

No entrar en la cocina antes que ella.