Todo a medias Capítulo 6
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Capítulo 6

Llegó a las siete menos diez, claro.

Yo llevaba allí desde las seis y media, así que ninguno de los dos puede darse aires. Nos vimos llegar por la arena desde lejos, cada uno desde su lado del paseo, y creo que los dos aflojamos un poco el paso al darnos cuenta de que el otro también había hecho trampa.

—Buenos días.

—Dije a las diez.

—Y usted está aquí desde las seis y media.

—Es mi caseta.

—Es media caseta.

—A las seis y media de la mañana es entera.

Se quedó callado un momento, mirando la barra.

—Eso es verdad —dijo.

Y así, con esa concesión gratuita que no le costaba nada y que a mí me desmontó la primera línea de defensa del día, empezó el reparto.

Trajo papel. Trajo un cuaderno de cuadros, de los baratos, y un bolígrafo blanco de publicidad de una gestoría de Madrid, y dibujó el local a mano alzada en dos minutos con una limpieza que me molestó.

Barra, cocina, cámara, almacén, terraza, servicios.

Puso las medidas a ojo y falló en una: la barra tiene siete metros veinte y él le puso siete.

—Siete veinte —le dije.

Lo corrigió sin discutir.

Empezamos por lo fácil, que era lo de fuera.

Terraza: veintiocho mesas. Catorce y catorce.

Discutimos veinte minutos sobre cuáles, porque las cuatro de la esquina del faro son las mejores del Mediterráneo entre las ocho y las nueve y media de la tarde y él lo había visto en dos días.

Se quedó dos y me quedé dos, con las otras dos en litigio hasta que Puri, desde la puerta de la cocina, sin que nadie le hubiera preguntado nada, dijo:

—Las de la esquina no son de nadie. Ahí se sienta quien llega.

Y volvió adentro.

Lo apuntamos así.

Antes de la barra vino la terraza de dentro, que son seis mesas y no las quería ninguno de los dos porque en agosto son un horno, y ahí se produjo la primera negociación de verdad del día: se las quedó él a cambio de que yo me quedara la mesa nueve y la doce, que son las de la esquina de la sombra.

Aceptó tan rápido que supe que había perdido algo y tardé tres semanas en averiguar el qué.

La barra fue peor. Siete veinte de barra son cuatro puestos de servicio, dos grifos de cerveza, una cafetera, el lavavajillas y el hueco de las botellas, y ninguna de esas cosas se parte por la mitad sin que alguien salga perdiendo.

La cafetera es mía, la compré yo en el diecinueve a plazos.

Los grifos son de la marca de cerveza. El lavavajillas tiene ocho años y hay que darle un golpe en el lateral para que arranque el ciclo largo.

—Eso lo arreglo yo esta semana —dijo, cuando le di el golpe delante de él.

—No hace falta.

—Es una hora.

—Que no hace falta.

Miró el lavavajillas, miró el golpe, y no insistió. Ahí es donde yo empecé a darme cuenta de que este hombre no insiste nunca, y de que eso, que parece educación, es una forma bastante eficaz de dejarte a ti sola con tu «que no hace falta» sonándote tonto en la boca.

Al final la barra quedó así: yo los dos grifos, la cafetera y el hueco de las botellas; él el extremo del faro, con el lavavajillas, la pica y el paso a cocina.

Sobre el papel salía ganando yo. En la práctica, el que controla el paso a cocina controla el servicio, y eso lo aprendí en agosto, un poco tarde.

Con la cocina llegamos a las nueve y a la primera pelea de verdad.

Porque la cocina de La Fortuna es una cocina de cincuenta años, montada por partes, en la que los fuegos están donde caben y no donde deberían estar, y en la que hay un sitio, uno solo, con luz de norte y espacio de codos, que es el sitio donde se hace el sofrito.

Ese metro y pico de banco. Todo lo demás se puede hablar.

—Yo necesito ese lado —dijo él, señalando justo ese metro y pico.

—Pues eso está ocupado.

—No hay nada encima.

—Está ocupado.

—Señora Roig...

—No me llame señora Roig.

—Es que no sé cómo llamarla.

—Candela. Y ese sitio no se toca.

Y entonces se calló, cinco segundos, y dijo:

—¿Por qué?

Que es la pregunta que yo no quería. Porque la respuesta era: porque ahí se ponía mi abuela, y detrás de ella Puri, y detrás de Puri yo, y porque cuando yo tenía seis años me subían a una caja de refrescos justo en ese metro y pico para que viera cómo se dora la cebolla, y porque es lo único de todo el local que no se puede comprar con cuarenta y un mil euros.

No dije nada de eso.

—Porque es de Puri —dije.

Desde la cocina, sin volverse, Puri levantó una mano y la dejó caer, y no dijo nada más. Ni me metía a mí ni lo desmentía.

Él miró el metro y pico. Se estuvo un rato quieto. Después dibujó una línea en el cuaderno, se saltó ese trozo con una curva y siguió repartiendo lo demás.

Ahí ganó algo. Y él lo sabe.

La cámara fue lo más ridículo y lo que más gente vino a ver después.

Hay una sola cámara frigorífica. Tiene cuatro baldas.

Y una cámara compartida sin norma es un sitio donde al tercer día falta el perejil y al quinto hay un juicio.

Así que él propuso repartirla por baldas, dos y dos, y yo dije que no, que las baldas de arriba están a distinta temperatura que las de abajo y que quien se quede las de abajo se queda el pescado de dos días.

—Entonces por lados —dijo.

—Por lados no se puede, no hay separación.

—Se pone.

—¿Con qué?

Miró alrededor. Fue a la balda de la limpieza. Cogió el rollo de cinta de carrocero de embalar, el marrón, el que uso para cerrar las cajas de la basura de las botellas.

Y la puso.

En serio. Se metió dentro de la cámara con el rollo, midió con el brazo, y pegó una tira de cinta marrón por el suelo, otra por el fondo y otra por el techo, de arriba abajo, partiendo la cámara en dos mitades exactas. Y luego salió, cerró la puerta y dijo:

—Ya está.

Yo abrí otra vez la puerta y me quedé mirando aquello. Mi cámara. La cámara donde mi abuela guardaba el pescado en el setenta y cuatro, con una raya de cinta de embalar bajando por el fondo como una frontera de mapa de colegio.

—Esto es lo más triste que he visto en mi vida —dije.

—Funciona.

—Es una cinta de carrocero.

—Sí.

—En una cámara.

—Si se le ocurre otra cosa, la ponemos. —Se guardó el rollo en el bolsillo trasero—. Yo llevo dos días buscando la manera de no discutir con usted por un perejil.

A las diez y media pasó Vicent por delante, camino del pantalán, con el capazo al hombro.

Vicent Serra tiene setenta y cuatro años y lleva pescando en esta isla desde los trece. Le vendía a mi abuela. Le vendió a mi padre cuando mi padre todavía se metía en la cocina. Y me vende a mí desde que abrí sola, con la misma libreta y el mismo lápiz.

No entró. Se paró en la arena, a cinco metros de la puerta, se quedó mirando la caseta, y luego nos miró a nosotros dos ahí dentro, con el cuaderno de cuadros abierto en la barra.

Se quitó la gorra.

Se quedó así unos segundos, con la gorra en la mano, mirando, y luego se la volvió a poner y siguió andando hacia el pantalán sin decir nada.

—¿Ese es el pescadero? —preguntó el de Madrid.

—Ese es Vicent.

—¿Y por qué se ha quitado la gorra?

Y yo no supe qué contestarle, porque la respuesta era que Vicent se quita la gorra en los entierros y cuando pasa por delante de la iglesia, y no me apetecía decirle a un desconocido que un hombre de setenta y cuatro años acababa de darle el pésame a mi caseta.

—Aquí se saluda así —dije.

Fabio llegó a las once. Fabio tiene dieciocho años, es el hijo mayor de la de la panadería, lleva dos temporadas conmigo y esa mañana venía a firmar el contrato del verano.

Entró silbando, vio la cinta en la cámara, vio al desconocido, vio el cuaderno de cuadros con el plano encima de la barra y se paró en seco con el casco de la moto en la mano.

—¿Hemos vendido? —dijo.

—No hemos vendido.

—Es que en el pueblo dicen que hemos vendido.

—¿Quién dice?

—Todos.

Habían pasado tres días. Tres.

Le presenté al de Madrid como «el copropietario», que es la palabra menos cariñosa que existe en español, y Fabio le dio la mano con una desenvoltura que a mí no me sale y le preguntó a bocajarro si iba a cocinar él. Y el otro dijo que sí.

—Ah. —Fabio nos miró a los dos—. ¿Y quién manda?

Silencio.

Un silencio largo, de esos que en esta isla se comentan luego en la panadería.

—Cada uno en lo suyo —dije yo.

—Cada uno en lo suyo —dijo él.

Fabio asintió muy despacio, con la cara de un chaval de dieciocho años que acaba de entender que va a pasar el mejor verano de su vida.

Los doce puntos, por si alguien los quiere: cartas separadas; cajas separadas; gastos fijos a medias (luz, agua, seguro, basuras, terraza); género por su cuenta cada uno; cámara partida por la cinta; cocina compartida por horas, con el banco del norte fuera del reparto; barra dividida por el lavavajillas; catorce mesas cada uno y las de la esquina para quien llegue; el personal de sala lo lleva ella y lo paga ella; nadie toca el material del otro sin pedirlo; si uno se va antes de septiembre, paga hasta septiembre; y el punto doce, que lo escribió él y que yo leí tres veces antes de firmar: las cuentas de los dos, encima de esta mesa, el treinta de septiembre .

—¿Para qué? —dije.

—Para saber lo que tenemos.

—Yo ya sé lo que tengo.

—Yo no —dijo—. Y la mitad es mía.

Terminamos a las dos y media. Doce puntos, escritos a mano en dos hojas del cuaderno de cuadros, con una copia para cada uno que él pasó a limpio allí mismo, en la barra, con esa letra suya apretada de rellenar impresos.

Firmamos los dos abajo. Y como no había más papel, y porque él tenía la manía de que las cosas quedaran donde se hacen, firmamos también en el mantel de papel de la mesa dos, que es donde habíamos comido un bocadillo a mediodía sin hablarnos.

Lo doblé y me lo guardé en el bolsillo del delantal.

Todavía lo tengo.

A las tres, cuando ya se iba, se paró en la puerta.

—Una cosa más —dijo—. La lona del toldo la pago yo.

—La pagamos a medias, que es gasto fijo.

—La lona no es gasto fijo, es una mejora. La pago yo.

—¿Por qué?

Se lo pensó, con la mano en el marco de la puerta.

—Porque el sol de la tarde da en la mesa nueve y en agosto usted no la va a poder vender —dijo—. Y la mesa nueve es suya.

Y se fue.

Puri salió de la cocina cuando él ya iba por la mitad de la arena. Se secó las manos en el delantal y se quedó a mi lado, mirándolo irse, las dos calladas.

—Ha traído papel —dijo.

—Ha traído papel.

—Tu abuela nunca firmó nada con nadie.

—Tampoco tuvo que compartir la cámara con un señor de Madrid.

Puri se quedó pensando eso más rato del que me esperaba.

—Cocina bien —dijo al final.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Por cómo ha cogido el cuchillo esta mañana para partir el pan del bocadillo. —Se dio la vuelta y volvió a la cocina—. No hace falta más.

Me quedé en la barra con el mantel firmado en el bolsillo y la cinta marrón partiendo mi cámara en dos, y estuve un rato largo pensando que a ese hombre le había costado exactamente cuatro días saber cuál era mi mesa mala.