Todo a medias Capítulo 5
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Capítulo 5

Salí de allí a las siete y veinte de la mañana con la escritura en el bolsillo y con una idea muy clara, que era que aquello no lo había hecho nunca.

He despedido a once personas en una mañana.

He estado sentado tres horas delante de un administrador concursal explicándole por qué firmé un pagaré en septiembre sabiendo lo que sabía en septiembre.

Pero no había entrado nunca en el sitio de alguien a decirle que la mitad era mía, y ahora ya sé que es peor, porque en las otras cosas al menos yo era el que caía.

Volví al apartamento, me senté en la terraza y ordené el asunto.

Lo que tenía delante era esto: una copia simple de una escritura correcta, cuarenta y un mil euros ya gastados, una temporada que empezaba en diez días, una copropietaria que no me quería allí y una carpeta con gomas encima de la mesa.

Lo que necesitaba era acceso. No al local: al negocio.

Ver la cocina funcionando, los tíquets, el ritmo de servicio, cuánta gente entra un martes de agosto y cuánta un jueves de septiembre.

Sin eso no tenía nada más que un cincuenta por ciento de cuatro paredes con el techo bien y la carpintería comida por la sal.

Y para tener acceso, ella me tenía que dejar entrar.

Podía haberlo hecho de otra manera. Me lo planteé y lo dejo escrito: podía haber ido al ayuntamiento, haber pedido una licencia a mi nombre, haber montado dentro un negocio distinto y haberla obligado a compartir por la vía mala.

Duraba tres meses de papeles y me habría puesto al pueblo entero en contra en cuatro días, y además —esto es lo que de verdad me lo quitó de la cabeza— tampoco me habría servido: yo no quería otra cosa dentro.

Quería aquella cosa, la de ella, funcionando y con las cuentas a la vista.

Así que había que llegar a un acuerdo, y para llegar a un acuerdo con alguien que te odia hay que darle algo que valga más que el odio.

Pasé el resto del día andando.

Andar por sitios nuevos es lo que yo sé hacer.

En junio, un martes, esta isla tiene cuatrocientos treinta habitantes censados y unos ochocientos durmiendo.

Un colmado, una farmacia, dos bares abiertos y uno cerrado, una panadería que abre a las siete y cierra a las dos, un colegio de dos aulas, un ambulatorio con consulta los martes y los viernes.

El ferry sale a las siete y cuarto, a las doce y media y a las cinco y media, y en agosto pone dos más.

La otra playa, la del Racó, tiene aparcamiento y no tiene un solo local, porque el terreno de detrás es de una familia que no vende, y eso ya lo sabía en marzo.

De todo lo que vi ese día, lo que más me interesó fue el cartel de la puerta del colegio: horario de matrícula, y debajo, a mano, «se recuerda a las familias que el plazo de septiembre es el último para el curso completo».

Dos aulas.

En el bar de la plaza comí un menú de trece euros con dos platos y postre y estuve escuchando.

En una mesa hablaban de una mujer que se había roto la muñeca.

En otra, cuatro hombres discutían sobre el ferry de invierno, sobre si lo quitaban o no lo quitaban, y uno decía que si lo quitan se acaban las plazas del colegio y otro decía que el ayuntamiento no tiene dinero para pagarlo y un tercero dijo un nombre que yo conocía.

Marenostra.

Lo dijo sin darle importancia, como se dice el nombre de una empresa que va a poner algo por aquí. Y a mí, con el segundo plato delante, se me fue el hambre de golpe, de esa manera silenciosa en que se va el hambre cuando entiendes una cosa que en realidad ya sabías.

Antes que Óscar me llamó mi hermana.

Marga tiene treinta y ocho años, trabaja en una empresa de logística de Coslada y llama a las nueve menos cuarto, cuando ya ha acostado a la niña y todavía no se ha sentado.

—¿Llegaste?

—Llegué.

—¿Y?

Le conté que la escritura estaba bien y que la otra dueña no lo sabía. Se quedó callada un momento.

—¿No lo sabía?

—No.

—Joder, Leo.

—Ya.

—¿Y qué vas a hacer?

—Trabajar allí este verano y ver qué tengo.

—Vale. —Se oyó su lavavajillas de fondo, ese ruido que tienen todos los lavavajillas del mundo—. Oye. No te lo pregunto para meter prisa.

—Pregunta.

—¿Esto sirve para lo del aval o no sirve?

Tuve que decidir en un segundo y medio qué clase de hermano soy.

—Sirve —dije.

—Vale. —Se le notó que se sentaba—. Vale, vale. Perdona, ¿eh? Es que Nora empieza colegio nuevo en septiembre, y con lo del piso...

—Lo sé.

—No es prisa.

—Marga, que lo sé.

Colgamos. Me quedé mirando la pared del apartamento, que está pintada de un color entre amarillo y nada.

Mi hermana avaló sesenta mil euros hace tres años porque se lo pedí yo, en la cocina de su casa, un domingo, con la niña de cuatro años pintando en la mesa, y le dije que era temporal.

Óscar me llamó esa noche.

Le conté lo justo: que había llegado, que la escritura estaba inscrita, que la otra propietaria era la hija del vendedor y que no tenía dinero para retraer la mitad. Él escuchó todo sin interrumpir, que es una de las dos cosas que hace bien.

—¿Y cómo es? —preguntó.

—¿Quién?

—La hija.

—Trabajadora.

Óscar se rio. Se rio de verdad, con ganas, y tardó en parar.

—Leo, joder. «Trabajadora».

—Es lo que hay.

—Vale. —Se le oyó cambiar de sitio, moverse a algún lado donde había menos ruido—. Escucha una cosa, y no te enfades: no te metas ahí dentro más de la cuenta.

—Voy a trabajar en un chiringuito de setenta cubiertos en el que soy dueño de la mitad de las paredes.

—Ya. Digo emocionalmente.

Colgué al poco. Me quedé un rato en la terraza con el móvil en la mano y el ruido de las chicharras, que en junio empiezan a las ocho y no paran.

Óscar me llamó en marzo. Eso ya lo he contado.

Lo que no he dicho es que yo, en marzo, llevaba cuatro meses trabajando de jefe de sala en un sitio de menú de mediodía en Alcorcón, ganando mil trescientos euros, con el embargo entrando puntual, y que mi hermana me había llamado la semana anterior para preguntarme, con toda la delicadeza del mundo, si sabía yo cuándo iba a poder quitarse ella de encima el aval de los sesenta mil, porque quería cambiar de casa y no podía.

Ese es el contexto. Y en ese contexto, Óscar me dijo que había una isla, y una caseta, y un señor con prisa.

Y también me dijo la otra cosa. Y yo la firmé.

Está en la carpeta, con las gomas puestas, encima de la mesa del apartamento, y no la voy a describir aquí todavía porque el que la firmó soy yo y no me apetece.

El sábado por la tarde me pasé por la caseta cuando ya no había nadie, con la excusa de mirar la instalación eléctrica, que era verdad, y me quedé dentro una hora larga.

Es lo mejor que he hecho desde que llegué.

Una cocina apagada dice más que una cocina en marcha.

Los cuchillos estaban en un imán de pared, por tamaño, con el mango hacia fuera.

Cuatro cazuelas de hierro colado de las que ya no se compran, con el fondo cuidado.

Encima de la nevera pequeña, una caja de zapatos con recibos de proveedores pinchados en un alambre, por meses, con notas al margen a mano.

Y en la balda alta del almacén, envuelto en un paño de cuadros, un libro grande de tapa dura, hinchado, con las hojas pegadas de humedad y de grasa y las esquinas dobladas.

No lo abrí. Lo levanté, lo sopesé y lo dejé donde estaba, con el paño igual.

En el pasillo, con una chincheta, había una foto pequeña en blanco y negro: una mujer joven delante de un fogón, con las mangas subidas, mirando a la cámara con cara de tener prisa. Debajo, a boli, «1974».

Cuarenta y nueve años de una familia haciendo lo mismo en doscientos metros de playa. Yo llevaba cuarenta minutos allí dentro y ya sabía dónde estaba el diferencial, cuánto daba de sí la cámara y qué se podía sacar de aquello en agosto con dos servicios.

Las dos cosas eran verdad a la vez. Con eso he tenido que vivir el verano entero.

El domingo por la mañana bajé a la playa temprano otra vez y me la encontré en la orilla, con el agua por los tobillos y el pantalón remangado, mirando una boya roja que hay a unos ochenta metros.

No me vio llegar. Cuando me vio, se puso derecha enseguida y se le quitó de la cara lo que tuviera puesto.

—Buenos días.

—Buenos días. —Se secó los pies con la mano, un pie contra el otro—. ¿Otra vez a las siete?

—Vengo a proponerle una cosa.

—Pues qué novedad.

Lo tenía preparado. Lo había escrito y lo había repasado dos veces, y aun así lo dije mal, porque hay cosas que no se pueden decir bien: le propuse dividir el local.

Ella su carta, yo la mía. Ella su caja, yo la mía.

Los gastos fijos a medias, el género aparte, la cocina compartida por horas, la cámara repartida.

Yo pagaba la mitad de todo desde el uno de julio, incluidos los seguros y la lona nueva del toldo.

Y una cosa más, que era la que me importaba: al final de la temporada, las cuentas de los dos encima de la mesa.

Ella me dejó terminar. Eso hay que reconocérselo: me dejó terminar entero, con los brazos cruzados y los pies mojados en la arena.

—¿Y qué gano yo? —dijo.

—La mitad de los gastos fijos de una temporada. Y no tener que ir a un juzgado a que le partan el local un señor de Denia que no ha visto esto en su vida.

—¿Me está amenazando?

—Le estoy diciendo lo que pasa si no nos ponemos de acuerdo. Es distinto.

—Es lo mismo dicho más limpio.

—Sí —dije—. Bastante limpio, además.

Y ahí la vi hacer una cosa con la boca que no era de enfado. La primera desde que me bajé del ferry. Le duró medio segundo. Luego miró la caseta, con la persiana subida y el toldo malo, y después miró otra vez la boya.

—Mañana a las diez —dijo—. Y trae papel.

—Traigo papel.

—Y no vengas a las siete.

Vine a las siete menos diez.

Esa noche no dormí bien. A las tres y algo me levanté, encendí la luz de la cocina y estuve un rato mirando la carpeta.

No la abrí. Ya me la sé.