Todo a medias Capítulo 4
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Capítulo 4

Tardó dos días en dejarse encontrar.

Lo encontré yo, al final, en el huerto de detrás de la casa de su hermano, atando tomateras a las ocho de la tarde, con la camisa vieja y el sombrero de paja que le compró mi madre en el noventa y siete. Cuando me oyó llegar por el camino no se levantó. Siguió atando.

—Ya sé lo que vienes a decirme —dijo.

—No sabes nada.

—Sé que vendí.

Me senté en el bidón azul que hay junto a la manguera. Hacía dieciocho años que no me sentaba en aquel bidón, desde los veranos en que él me traía aquí a arrancar hierbas por dos euros la hora.

—Cuarenta y un mil euros —dije.

—Sí.

—A un señor de Madrid.

—Sí.

—En mayo.

—El catorce.

Ató un nudo. Cortó el sobrante de rafia con la navaja. Pasó a la siguiente.

—¿Por qué? —dije.

Y aquí es donde tenía que haberme contado la verdad entera. Tuvo su oportunidad, sentado en cuclillas entre dos tomateras, con su hija en un bidón detrás. Tres frases le costaba.

—Debía dinero —dijo.

Y con esas dos palabras me puso delante la historia entera sin contármela, porque en esta familia hay una sola deuda y lleva veinte años teniendo el mismo nombre.

Tono Ferrandis compró una barca en el noventa y ocho.

Mi padre le avaló. La barca fue mal, Tono fue mal, y aquello se arrastró en forma de conversaciones que se cortaban cuando yo entraba en la cocina.

En el dos mil dos, mi padre dijo que estaba arreglado.

En el dos mil once volvió a decir que estaba arreglado.

—¿Tono? —dije.

Ató un nudo. Cortó la rafia.

—¿Cuánto? —dije.

—Ya no debo.

—Papá. ¿Cuánto?

—Cuarenta y uno —dijo—. Con lo de los años.

Cuarenta y un mil euros. El precio exacto de su mitad. No es que hubiera vendido y le sobrara o le faltara: había vendido por la cifra, como quien va al cajero y saca lo que le piden.

Se echó el sombrero para atrás con el dorso de la muñeca. Tiene sesenta y dos años y las manos de un hombre de setenta y cinco, y ese día me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin mirárselas.

—No es cosa tuya —dijo.

—Has vendido media caseta de la yaya.

—He vendido mi mitad. La mía, Candela. La que me dejó mi madre a mí.

—Es la misma caseta.

—Es mi mitad —repitió, y ahí sí levantó la voz, y la levantó tanto que se calló él solo enseguida, avergonzado, y se quedó mirando la tomatera.

Estuvimos un rato sin decir nada. Se oían los perros del corral de arriba y una moto lejos.

—¿Se lo dijiste a alguien? —pregunté.

—A Merche no. A Merche no le dije nada, que ella lleva lo tuyo.

—No te he preguntado por Merche.

—Puri lo sabía —dijo—. Puri lo sabe todo. Pero yo no se lo conté.

Claro que no se lo contó. En esta isla las cosas no se cuentan: se saben.

—¿Y a mí? —dije—. ¿A mí por qué no me lo dijiste?

Y entonces mi padre hizo lo que hace mi padre. Se levantó, se limpió las rodillas con dos palmadas, recogió el ovillo de rafia, y me contestó de espaldas, mientras enrollaba:

—Porque me habrías dicho que no.

Yo tenía la respuesta preparada. La tenía en la boca, entera, con la primera palabra ya montada: pues claro que te habría dicho que no .

No la dije.

No la dije porque en el momento exacto en que iba a decirla me vino a la cabeza la Nochebuena de hace dos años.

La mesa puesta, la tele con el villancico ese de siempre, mi padre saliendo al patio a fumar y Tono Ferrandis llamándole por teléfono a las once de la noche del veinticuatro de diciembre.

Y mi padre volviendo a entrar con una cara.

Y yo preguntándole qué pasaba, y él diciéndome «cosas de Tono», y yo mirándole cinco segundos, sabiendo perfectamente —perfectamente, con todas las letras— que aquello del aval de la barca no se había arreglado en el noventa y ocho como él decía.

Cinco segundos. Y después le puse otro trozo de turrón y me fui a poner los cafés.

Porque era Nochebuena. Porque llevábamos toda la noche bien. Porque preguntar en serio hubiera sido montarla, y en esta familia montarla es lo peor que se puede hacer, peor que la ruina, peor que la mentira, y a mí me educaron en eso igual que a él.

Así que no dije pues claro que te habría dicho que no .

Dije:

—Vale.

Él se volvió, sorprendido. Casi asustado, diría.

—¿Vale?

—Vale, papá.

Y me fui por el camino de las cañas con las manos en los bolsillos.

Me crucé con la furgoneta de Quino, que me tocó el claxon y me sacó la mano por la ventanilla. Se la devolví y puse cara de normal, y me salió perfecta. Eso también se hereda.

Llegué a casa. Me duché. Me senté en la cocina con un plato de arroz de mediodía que no me comí.

No lloré. A las once y media me acosté.

Al día siguiente había que repartir una caseta.