Capítulo 3 #2
—Que es correcto, Candela. Mitad indivisa, escritura de compraventa del catorce de mayo, inscrita el veintinueve. Tu padre vendió su mitad. —Giró la pantalla—. Mira.
Miré la pantalla. Ahí estaba, con letra de ordenador, sin ninguna solemnidad, como una factura de la luz.
—¿Y no me tienen que avisar? —dije—. ¿A mí no me avisa nadie?
—Tienes derecho de tanteo. —Merche se quitó las gafas—. Tenía que habértela ofrecido a ti primero, y si no lo hizo, tienes un plazo para retraerla. Comprar tú esa mitad por el mismo precio y quedarte el local entero.
Se me abrió una cosa en el pecho durante dos segundos.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y un mil euros. —Merche me miró como me miraba mi abuela cuando yo decía que quería ser azafata—. Al contado, hija. Y en un plazo corto.
Los dos segundos se cerraron.
Yo tengo, hoy, en este momento, ochocientos setenta euros en la cuenta del negocio y algo menos de dos mil en la mía, y un préstamo de nueve mil a doscientos cuarenta euros al mes que empecé a pagar en marzo.
Cuarenta y un mil euros. Podría haber dicho cuatrocientos mil y me habría hecho el mismo daño.
—¿Y por qué? —dije—. Merche, ¿por qué? Si esa mitad no vale eso. Si esa mitad no vale ni la mitad de eso, con lo que da esto.
Merche tardó en contestar.
—Eso pregúntaselo a tu padre.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Y yo te estoy diciendo que se lo preguntes a tu padre. —Se volvió a poner las gafas—. Yo llevo tus cuentas, Candela, no las suyas.
—Una cosa más —dijo cuando ya me levantaba—. Y esto te lo digo como si fueras mi hija, no como gestora.
—Dime.
—No firmes nada este mes. Nada. Ni un papel de ese señor, ni un papel de tu padre, ni un papel del ayuntamiento. Que se te suba la sangre a la cabeza y luego firmes.
Salí a la calle Mayor a las diez menos veinte con el sol ya alto.
Aurora estaba subiendo la persiana de la farmacia.
Aurora Sanchis tiene cuarenta y seis años, lleva el mostrador desde que murió su padre y sabe de esta isla más que el padrón.
Me vio salir de la gestoría, hizo la cuenta que hacemos todos aquí —quién sale de dónde y a qué hora— y me llamó desde la puerta.
—¡Candela!
Me acerqué, porque no acercarse habría sido peor.
—¿Qué tal? —dije.
—Bien, bien. —Se ajustó la bata. Y después, con muchísimo cuidado, mirándome la cara y no los ojos—: Oye, ¿tú estás bien?
—¿Por?
—Por nada.
—Aurora.
—Que por nada, hija. Que si necesitas algo.
Y ahí lo entendí. Yo llevaba dos horas y media sabiéndolo. Ella llevaba, como poco, desde el sábado.
—¿Quién te lo ha dicho? —pregunté.
—Nadie me ha dicho nada.
—Aurora.
Suspiró. Miró calle arriba y calle abajo, con esa mirada de las dos direcciones que aquí significa que lo que viene no se puede repetir.
—El sábado vino tu padre a por las pastillas de la tensión —dijo—. Y me pidió una caja de las de dormir. Y tu padre no ha tomado nada para dormir en su vida. —Se encogió de hombros—. Yo no sé nada más. Y lo que sé, no lo sé.
Le di las gracias y me fui. En la esquina me acordé de que no le había preguntado por su madre, que está mala desde febrero.
Fui a casa. No estaba.
Fui al bar de Batiste. Batiste dijo que había pasado a las ocho y media a por tabaco.
Y a las once y cuarto, cuando por fin me lo cogió, dijo «ahora no puedo, hija», con el ruido del coche detrás, y me colgó, y yo me quedé sentada en el murete del paseo con el teléfono en la mano, mirando la caseta desde lejos, con el toldo malo y la persiana a medio subir, mientras las primeras sombrillas de la mañana se iban abriendo por la arena como si no pasara nada.
Y entonces me acordé.
Me acordé de un vaso de agua. De mi padre, la noche anterior, a las doce y veinte, sentado en la cocina con un vaso lleno delante que no se había bebido, levantándose enseguida al oírme, vaciándolo en el fregadero, colocando el vaso en el escurridor y luego moviéndolo dos centímetros.
Y de mí, subiendo a acostarme, pensando en un toldo.
Me acordé también de otra cosa, de hace dos años, pero esa la aparté enseguida, con la práctica que da haberla apartado ya muchas veces.
A las siete de la tarde, el hombre volvió a la caseta como habíamos quedado.
Yo llevaba tres horas allí sin hacer absolutamente nada útil: había bajado las cajas de la balda, las había subido otra vez, había limpiado la plancha, que estaba limpia, y me había sentado en la mesa de fuera a mirar el agua.
Se sentó enfrente. Sin pedir permiso, pero preguntándolo con la barbilla, que es distinto.
—Está inscrita —dije—. Ya lo he mirado.
—Ya.
—Y no tengo cuarenta y un mil euros para quitársela.
Él asintió despacio. No dijo «lo siento». Se lo agradecí, aunque no se lo dije.
—Yo tampoco los tenía —dijo al rato.
—¿Perdone?
—Que yo tampoco los tenía. Los tenía, pero era todo. —Miró el mar—. No me queda nada detrás de esto.
Lo dijo sin ninguna intención de darme pena. Lo dijo como quien pone una carta boca arriba en una partida en la que ya se ha visto que no vas a ganar de farol.
Estuvimos callados un rato largo. Pasó una barca. En la orilla, un padre le estaba enseñando a un crío a lanzar piedras planas y el crío no le acertaba a nada.
—¿Y ahora qué? —dije.
—Ahora usted abre el uno de julio, imagino.
—Abro el uno de julio.
—Pues yo estaré dentro. —Se levantó—. No he venido a mirar cómo trabaja usted. He puesto ahí lo único que tenía.
Y ahí, de golpe, se me olvidó que aquello era una desgracia y me acordé de que además era una guerra.
—Mire, Miralles —dije, levantándome también—. Esa cocina la montó mi abuela con un fogón de gas y doce sillas. En esa balda hay un libro escrito a mano que tiene cincuenta años. Y usted lleva en esta isla treinta y seis horas y ya sabe que la puerta de atrás abre hacia dentro.
—Es lo primero que se mira.
—No en esta playa.
Se quedó pensando eso. Le vi pensarlo, igual que le había visto elegir la respuesta la noche anterior en el muelle.
—Entonces tendré que aprender qué es lo primero que se mira en esta playa —dijo.
Y se fue otra vez por la arena, y yo me quedé de pie junto a la mesa, con las manos en la cintura, mirando la puerta de atrás.
Abría hacia dentro. Llevaba abriendo hacia dentro cuarenta y nueve años.