Todo a medias Capítulo 3
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Capítulo 3

A las siete menos cinco de la mañana yo estaba subida a una banqueta bajando cajas de la balda alta y discutiendo conmigo misma sobre si el vermut lo pedía a Zaragoza o se lo compraba otra vez al distribuidor de aquí, que me lo trae en dos días pero me lo cobra a precio de nieto.

Llevaba allí desde las seis y media porque el veintiuno de junio es el día en que hago la lista.

Es una costumbre mía y no la comparto: diez días antes de abrir bajo sola, sin Puri, sin Fabio, sin la radio puesta, y recorro la caseta entera con un cuaderno apuntando todo lo que hay que arreglar antes del uno.

La lona. La junta de la puerta de servicio.

Las cuatro sillas que cojean. El grifo de la barra, que gotea desde octubre.

La bombilla del almacén. El ruido nuevo de la cámara.

Ese año la lista iba por diecisiete cuando se oyó la puerta.

Se oyó la puerta.

—Ya está abierto, pero no hay nada —dije sin volverme—. Si es por los cafés, en el Roquer a las ocho.

—No vengo por un café.

Conocía la voz. Eso fue lo primero, antes que cualquier otra cosa: reconocí la voz de la noche anterior en el muelle y me pareció un fastidio menor, del tamaño de un mosquito, tener que bajarme de la banqueta para explicarle a un señor de Madrid que en junio no servimos desayunos.

Me bajé. Me limpié las manos en el pantalón. Y allí estaba, en el vano de la puerta de la barra, con la persiana a medio subir por encima de la cabeza, con la camisa de ayer arrugada y un papel doblado en la mano.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días. —Y luego, porque tenía prisa—: Mire, esto está cerrado hasta el uno. Si busca trabajo, ayer le dije dónde.

—Ya. —Miró el papel. Lo desdobló—. No busco trabajo.

Y me lo tendió.

Yo no cogí el papel. Esto lo he pensado mucho después: no lo cogí. Me quedé con las manos donde las tenía y leí desde donde estaba, a metro y medio, las cinco o seis líneas que se pueden leer a metro y medio con la luz de la mañana entrando por el lateral.

ESCRITURA DE COMPRAVENTA. Y debajo, un nombre.

Roig Server, Rafael.

Mi padre se llama Rafael Roig Server y no lo llama nadie Rafael, ni siquiera el médico. Verlo escrito así, en mayúsculas, en un papel que sujetaba un desconocido a las siete de la mañana en mi barra, fue como oír tu propio nombre dicho por megafonía en un sitio donde no esperas que te llamen.

—Eso no es de este año —dije.

Fue lo que dije. Ni «qué es eso», ni «quién es usted», ni «salga de aquí».

Dije que no era de este año, con una seguridad absoluta, porque mi cabeza había decidido en medio segundo que aquello tenía que ser un papel viejo de cuando la reforma del noventa y ocho, y que este hombre venía a reclamar una tontería de hace veinticinco años.

—Es del catorce de mayo —dijo él.

—De mayo.

—De este mayo.

Cogí el papel.

Lo leí de pie, junto a la banqueta, con las cajas todavía a medio bajar, y lo leí dos veces enteras, y la segunda más despacio que la primera, buscando el error.

Porque hay un error. Siempre hay un error en los papeles.

Yo he encontrado errores en facturas de proveedores que llevaban tres años cobrándome de más, y he encontrado errores en el recibo del seguro, y estaba absolutamente convencida, mientras leía, de que en aquella hoja había un error que iba a saltarme a la cara en cualquier momento y que después de la vergüenza nos íbamos a reír los dos.

Finca registral número 8.412. Caseta en la playa del Faralló, término municipal de la Illa Bonança. Mitad indivisa. Precio: cuarenta y un mil euros. Vendedor: Roig Server, Rafael. Comprador: Miralles Ochoa, Leonardo.

Y la firma de mi padre abajo, esa firma suya con la erre grande y todo lo demás pequeño, que yo he visto cuatrocientas veces en las autorizaciones del colegio.

—Esto no puede ser —dije.

Él no contestó.

Y ahí, en ese silencio suyo, es donde empezó a pasarme de verdad, porque el que viene a estafarte con un papel falso habla.

Habla mucho. Te explica, te enseña, te insiste.

Este estaba callado, con las manos quietas a los lados, mirando un punto del suelo a un metro de mis pies, esperando.

Y esperaba con la paciencia de la gente que ya sabe que lo que viene ahora es horrible y que no hay forma de acelerarlo.

—¿Usted sabe lo que es esto? —dije, y me oí la voz rara—. ¿Sabe lo que es este sitio?

—Sé lo que pone en el registro.

—No le he preguntado lo que pone en el registro.

—Lo sé. —Levantó la vista—. Y no, no sé lo que es este sitio. Llevo aquí desde ayer.

Le devolví el papel de mala manera. Le rozó el pecho antes de que lo cogiera.

Después hice tres cosas mal, seguidas, en cuatro minutos.

La primera fue llamar a mi padre. No me lo cogió. Ni la primera ni la segunda ni la tercera. La cuarta la corté yo antes del tono, y me quedé con el teléfono en la mano, en medio de mi barra, con un desconocido delante viéndomelo hacer.

La segunda fue decirle a ese desconocido, con toda la mala baba de la que soy capaz a las siete de la mañana, que si venía a comprar un negocio se había equivocado de negocio, porque aquí no hay negocio, aquí hay una señora que abre once semanas al año y luego se pasa el invierno pintando marcos de ventana, y que si lo que quería era una inversión que se comprara letras del Tesoro.

Él escuchó todo eso sin moverse.

—No he comprado el negocio —dijo cuando terminé—. He comprado la mitad del local. El negocio es suyo. Es otra cosa.

—Ah, es otra cosa.

—Es otra cosa, sí.

—Pues explíquemela usted a mí, que soy de pueblo.

Eso fue la tercera. Y esa me la sé de memoria, esa la conozco: cuando me estoy hundiendo me pongo así, me pongo de pueblo, me pongo bruta, y le doy al otro una salida cómoda para que se vaya y me deje hundirme sin público. A mi madre se lo hacía. A mi padre se lo hago todavía.

Él no cogió la salida.

—No se la voy a explicar —dijo—. Usted la entiende igual que yo.

Y se quedó ahí de pie, en mi barra, a las siete y diez de la mañana, con su papel.

Puri llegó a las siete y veinte con la bolsa de tela y las llaves en la mano, y se paró en seco en la puerta de la cocina al vernos.

Miró la escena entera. Yo con el móvil en la mano y la cara que debía de tener. Él de pie con la copia de la escritura. Las cajas a medio bajar. La banqueta.

Y entonces Puri hizo una cosa que no se me ha olvidado y que no le he perdonado del todo: no preguntó qué pasaba.

Dejó la bolsa en la banqueta. Se puso el delantal. Se ató las cintas por detrás con dos vueltas, como siempre, y se fue derecha a la cocina, y desde la cocina, de espaldas, con el grifo ya abierto, dijo:

—¿Habéis llamado a tu padre?

Cuatro palabras y media. ¿Habéis llamado a tu padre?

No dijo «¿quién es este señor?». No dijo «¿qué papel es ese?». Dijo tu padre , en la primera frase, sin haber leído nada, sin que nadie le hubiera contado nada, con el grifo abierto y de espaldas.

Me apoyé en la barra con las dos manos.

—Puri.

—Cuelga y llámale otra vez, que a estas horas está despierto.

—Puri, mírame.

Cerró el grifo. Tardó en darse la vuelta lo que tarda una mujer de sesenta y un años que lleva desde el segundo verano en esa cocina en decidir cómo quiere que la vean.

—Yo no sé nada de papeles —dijo.

—No te he preguntado por papeles.

—Pues eso es lo que hay: que yo no sé nada de papeles. —Y volvió a abrir el grifo.

Se lo dejé pasar. Aquella mañana se lo dejé pasar, y creo que si no se lo hubiera dejado pasar, el verano entero habría sido otra cosa, pero a las siete y veinte de la mañana yo no tenía cabeza para dos frentes.

Al de la escritura le dije que se fuera.

Se lo dije bien, incluso. Le dije que no dudaba de su papel, que dudaba de todo lo demás, que necesitaba hablar con mi padre y con la gestoría y que le agradecería mucho que volviera por la tarde. Y él dijo que muy bien, que a las siete, y se dio la vuelta.

Antes de llegar a la puerta se paró.

—El cuadro eléctrico de fuera tiene la goma perdida —dijo—. Y la salida de atrás abre hacia dentro. En agosto eso es un problema.

—Ya lo sé.

No lo sabía. Lo del cuadro sí. Lo de la puerta, no.

Se fue por la arena, hacia el pueblo, y yo me quedé mirando cómo se iba, y en algún momento de esos treinta segundos me di cuenta de que lo estaba mirando andar y de que tenía la boca abierta como una tonta.

Antes de ir a la gestoría pasé por casa. No estaba. La cama, hecha con esa manera suya de estirar la colcha sin sacudir nada. Y el vaso de la noche anterior seguía en el escurridor, boca abajo, en el sitio raro donde lo había dejado.

Abrí el cajón del aparador del comedor, donde están los papeles de la casa desde que tengo memoria: las escrituras viejas, mi cartilla de vacunación, tres pólizas de decesos y un sobre con los recortes de cuando le hicieron a la yaya la entrevista del periódico en el noventa y uno.

No había nada de mayo. Claro que no había nada de mayo.

La gestoría abre a las nueve. Aurora abre la farmacia a las nueve y media. Mi padre no me cogió el teléfono hasta las once y cuarto y cuando me lo cogió dijo «ahora no puedo, hija», con un ruido de coche detrás, y colgó.

Así que a las nueve en punto estaba yo en la puerta de la gestoría de Merche, en el pueblo, sentada en el escalón, esperando a que llegara con el café en la mano.

Merche lleva mis cosas desde que murió mi abuela. Tiene sesenta años, tres archivadores por pared y una manera de mirarte por encima del ordenador que ya te dice si la noticia es de las buenas.

Se lo conté en tres frases. No me interrumpió. Cuando terminé cogió el teléfono, llamó a alguien de Denia, dijo dos apellidos y un número de finca y se quedó esperando con el boli levantado.

—¿Es grave? —dije.

—Todavía no sé lo que es.

Miré los archivadores mientras esperábamos. Están rotulados a mano con el año. En la balda de abajo, en el del noventa y uno, está la primera declaración que le hizo a mi abuela. En el del dieciocho está el papeleo de cuando se murió y todo pasó a nombre de mi padre y mío, por mitades.

Tardó veinte minutos en la nota simple.

—Es correcto —dijo.

—¿Cómo que es correcto?