Capítulo 2
Lo primero que hice al llegar al apartamento fue comprobar las salidas.
Dos: la puerta y la ventana grande del salón, que da a una terraza con una escalera de gato oxidada al patio de atrás.
Es una manía y no la disculpo. En Madrid tenía un local con una sola salida útil y me pasé cuatro años sabiéndolo.
Lo segundo fue abrir la maleta y encontrarme un delantal.
Delantal de cocina, de peto, azul, gastado en las asas de tanto anudarlo, con una mancha vieja en el faldón que no era de aceite.
Debajo, ropa metida a puñados. Un secador.
Tres libretas de espiral con las tapas dobladas hacia atrás.
Y, suelto entre la ropa, un cuchillo de sierra envuelto en papel de estraza y en una goma, de un afilador, con el nombre del afilador escrito a boli en el papel.
Nadie mete un cuchillo así en una maleta si no lo ha hecho cien veces.
Cerré. Miré la etiqueta del asa —no había etiqueta, había una cuerda roja— y me senté en la cama a esperar a que sonara el teléfono, porque el mío sí llevaba nombre y número, y porque alguien que factura por horas aprende pronto que la gente que devuelve las cosas las devuelve en las tres primeras horas o no las devuelve.
Tardó cincuenta minutos.
Bajé al puerto a las once menos veinte, veinte antes de la hora, para ver el sitio antes de que llegara.
Está a cuatrocientos metros del apartamento, dos calles y una cuesta.
Conté once barcas de plástico, cuatro llaüts de madera, dos barcos de pesca grandes con las luces apagadas.
Una báscula vieja con la esfera rota. Un contenedor de cabos.
Al fondo, una nave con la persiana bajada y el escudo de la cofradía.
Y enfrente, en la punta de la playa, más allá de las últimas farolas, una silueta baja y larga con el tejado plano que no me hizo falta comprobar en el móvil, porque llevaba tres semanas mirándola en fotos.
Mi mitad estaba a doscientos metros y a oscuras.
Ella llegó a las once menos cinco. Baja, morena, el pelo recogido con lo primero que había encontrado, en chanclas, con la maleta a rastras haciendo ruido en los adoquines. Y con la cara que se le pone a la gente cuando ha decidido antes de salir de casa que la conversación va a ser corta.
Nos dimos la mano. Le dije mi apellido, que es lo que digo desde hace tres años, porque «Leo» es lo que decía cuando la gente sabía quién era Leo.
Y entonces hice una cosa mal.
En cuanto tuve la maleta, la abrí allí mismo, en el suelo, para tocar la carpeta.
No para ver si estaba. Para tocarla. Y no se me ocurrió que aquello, hecho delante de una desconocida que acababa de subir una cuesta para devolvérmela, se leía exactamente como se leyó: como si estuviera comprobando que no me hubiera robado.
Se dio cuenta. Me lo dijo. Con más gracia de la que yo esperaba a esas horas.
Le pedí perdón. No me inventé una excusa, que era lo que ella estaba esperando —se le notó en la barbilla que estaba esperando la excusa—, y se quedó a medias.
Después me preguntó a qué venía y yo dije que a trabajar, y me preguntó de qué, y dije cocina, y ella me dio, con una amabilidad rápida y de oficio, tres sitios donde preguntar: el Roquer, el hotel de arriba, el camping.
Ninguno de los tres era el suyo. Se fue cuesta arriba sin volverse.
Bueno. Se volvió una vez, a mitad.
Subí por el pueblo en vez de por el paseo, para verlo.
A esa hora ya estaba casi todo cerrado y se leía bien: un colmado con el escaparate lleno de cubos y colchonetas, una farmacia con la cruz verde parpadeando, un bar con cuatro hombres viendo la tele sin sonido, un local vacío con un cartel de SE ALQUILA amarilleado por dentro del cristal, y el colegio, con dos aulas y un patio con una portería sin red.
Los colegios de dos aulas se cierran cuando bajan de nueve alumnos.
Eso lo sé porque me lo contó Óscar en marzo, como el que te da un dato de contexto, y ahora todos los datos que me dio Óscar en marzo tienen otro color.
Volví al apartamento, saqué la carpeta y la puse encima de la mesa.
Escritura del catorce de mayo. Copia simple.
Cincuenta por ciento indiviso de la finca registral 8.
412, caseta de la playa del Faralló, en la Illa Bonança.
Firmada por un señor de sesenta y dos años que en la foto del documento de identidad salía con el mismo gesto que ella hace con la boca cuando no le gusta lo que oye.
Y debajo, en el mismo montón, la otra cosa. Esa la dejé donde estaba, con las gomas puestas.
Óscar y yo tuvimos un restaurante en la calle Ponzano durante seis años.
Se llamaba Sarpa. Ochenta y cuatro cubiertos, una barra que funcionaba, dos años buenos, uno regular y tres en los que yo firmé cosas que no debía firmar para no cerrar en octubre.
Cerramos en enero, con dieciocho proveedores sin cobrar y una plantilla de once personas a la que le di la noticia un martes por la mañana.
Él salió de aquello con un traje mejor. Yo salí con ciento dieciocho mil euros de pasivo y con mi hermana avalando sesenta mil de ellos, que es la clase de dato que uno lleva encima todo el rato, como una llave en el bolsillo que se te clava al sentarte.
En marzo me llamó para decirme que había una isla, y una caseta, y que la mitad estaba en venta barata porque el dueño tenía prisa.
Óscar me había escrito a las nueve y cuarto:
«¿Llegaste? Avisa cuando la veas por dentro. Sin prisa. Tenemos hasta septiembre.»
Lo dejé sin contestar y me dormí a las dos.
Antes conté los días que faltaban hasta el quince de septiembre, que eran ochenta y siete, y luego los que faltaban para el uno de julio, que eran once, y luego dejé de contar porque contar de noche no ha resuelto nunca nada y porque a las dos de la mañana los números se ponen pesados.
Dormí mal y me levanté a las seis y diez. Café de sobre, ducha fría porque el termo del apartamento tarda quince minutos y no me apetecía esperar quince minutos, y la camisa de ayer, que era la única que no venía doblada de la maleta.
A las siete menos cuarto ya estaba en la playa.
Quería verla vacía. Es lo único que le pedía al día: verla antes que nadie, sin gente delante, sin la dueña delante, y sin haber decidido todavía qué cara iba a poner cuando llamara a la puerta.
La playa del Faralló mira al noreste y a esa hora la luz entra rasa y baja por la izquierda.
Doscientos veinte metros de arena, según el catastro; a ojo, doscientos y pico.
Al fondo, una boya roja de fondeo, vieja.
Ni un solo local en toda la ensenada salvo el mío, que no es mío del todo, y eso es lo que hace que el mío valga lo que vale.
De cerca, la caseta estaba peor de lo que decían las fotos y mejor de lo que yo temía.
Techo plano con dos capas de tela asfáltica, la de arriba nueva.
Los canalones, sanos. La carpintería, comida por la sal en la cara norte, y la puerta de servicio con una junta puesta a mano, con silicona, por alguien que no quería llamar a un carpintero pero sabía dónde entraba el agua.
En el lateral, un toldo de brazos con una lona que no pasaba de agosto.
Rodeé el edificio entero antes de acercarme.
Cuarenta y un pasos por el lado largo. Contador de agua en una arqueta con la tapa rota, sin candado.
Cuadro eléctrico exterior en una caja estanca con la goma perdida, lo cual en primera línea de playa es cuestión de tiempo.
Extractor de cocina en el lateral sur, con la chapa comida, girando despacio con el aire aunque estuviera parado.
Una salida de emergencia al fondo, abierta hacia dentro, que es como no tener salida de emergencia.
Y en la fachada, encima de la puerta, un rótulo pintado a mano en un tablón: LA FORTUNA, y debajo, más pequeño y con otra pintura, otra mano y otro año: DESDE 1974.
Tenía la persiana de la barra a medio subir. Y dentro había luz.
Miré el reloj: las siete menos cinco.
Y me quedé allí de pie en la arena, delante de una puerta que era mía en un cincuenta por ciento indiviso, con la copia de la escritura doblada en el bolsillo de atrás, oyendo cómo alguien movía cajas ahí dentro, once días antes de que empezara la temporada, dos horas antes de lo que hace falta para mover cajas.
Se me pasó por la cabeza volver luego, a una hora normal, con la camisa limpia.
Entré.