Capítulo 1 #2
No lo leí. Cerré rápido, con las dos manos, y me levanté como si me hubieran pillado, que es una tontería, porque estaba sola en mi casa y la culpa era del ferry.
Pero me dio un apuro raro, y el apuro venía de la ropa, no de la carpeta.
La ropa de un desconocido doblada por él mismo es una cosa demasiado privada para tenerla en el pasillo de tu casa a las ocho de la tarde.
Del lateral colgaba una etiqueta de esas de plástico duro, de aeropuerto. L. MIRALLES , en mayúsculas de bolígrafo, y debajo un número de móvil. Letra rápida, apretada, sin florituras. Alguien que ha rellenado muchos impresos.
Llamé desde el balcón, mirando el puerto.
Cogió al segundo tono.
—¿Sí?
—Tengo su maleta —dije—. La naranja. Nos las hemos cambiado en el ferry.
Hubo un silencio de dos segundos. No de sorpresa: de comprobación. Se le oyó moverse, y luego una cremallera al fondo, la suya, abriéndose.
—Sí —dijo—. Aquí hay una cuerda roja y un delantal.
—Ese soy yo.
—Ya.
—Bueno, el delantal.
No se rio. Yo tampoco, la verdad, pero cuando digo una cosa así al teléfono normalmente el otro hace algún ruido, y él no hizo ninguno, y ese silencio suyo me sentó peor de lo que debería sentarle a nadie un silencio.
Quedamos a las once en la explanada del puerto, junto a la báscula de la lonja. Dijo «a las once me va bien» sin preguntarme si a mí me iba bien, y luego, cuando ya colgábamos, añadió:
—Gracias por llamar.
—Es lo normal.
—No siempre.
Y colgó él.
Antes de bajar hice dos cosas. La primera, meter la ropa en la lavadora, porque en junio la ropa de trabajo no espera.
La segunda, sentarme en el borde de la cama tres minutos con el móvil en la mano mirando la carpeta de fotos de la caseta que tengo del año pasado, buscando una del toldo donde se viera bien la lona.
La encontré. Estaba peor de lo que me acordaba.
Bajé a las once menos cinco. Junio de noche en esta isla huele a pino caliente y a la humedad que sube de las redes, y el puerto a esa hora está en su mejor momento, con la gente de la terraza del Roquer, dos críos pescando calamares con farol y las luces del muelle haciendo su temblor en el agua.
Él ya estaba allí. Se le veía de lejos porque era el único de pie y quieto, con mi maleta al lado, mirando los barcos amarrados uno por uno, de proa a popa, como si los estuviera contando.
De cerca me quité cinco años del cálculo. Treinta y muchos. Y una cara cansada de las que no se arreglan durmiendo.
—Miralles —dijo, y me tendió la mano.
—Candela.
Nos dimos la mano, que es algo que aquí no se hace, y luego hicimos el cambio de maletas, y ahí es donde la cosa se me torció.
Porque él, en cuanto tuvo la suya, la tumbó en el suelo de la explanada, se puso en cuclillas y la abrió.
Delante de mí.
No la revolvió. Fue peor: metió la mano por el lado derecho, entre la ropa, sin mirar dentro, palpando, y cuando tocó lo que buscaba —la carpeta, que yo sabía que era la carpeta— se le soltaron los hombros dos dedos. Después cerró la cremallera, se levantó y me dijo gracias otra vez.
—¿Está todo? —pregunté. Y sonó con retintín, porque salió con retintín.
Él tardó en contestar.
—Está todo.
—Es que como se ha puesto a comprobarlo aquí, en el suelo, delante de mí, pues igual quiere que le firme algo.
Ahí me miró de verdad por primera vez en toda la noche.
—Perdone. —Se pasó la mano por la nuca—. Ha sido una falta de educación.
Y ya está. Ni excusa, ni chiste, ni «es que llevo aquí una documentación importante».
Reconoció la falta de educación y se quedó callado, y a mí eso me desarmó de una manera que no me gustó nada, porque yo iba servida y con ganas, y cuando una va con ganas y el otro no juega, se queda una con las ganas en la mano.
—Bueno —dije.
—Bueno.
Nos quedamos los dos ahí un momento de más. Él miró hacia el final del muelle. Yo miré la báscula, que no tiene nada que mirar.
—¿Se queda mucho? —dije.
—Depende.
—Ah, depende. —Me colgué la maleta del hombro—. Aquí en junio todo el mundo depende. Luego llega julio y ya nadie depende de nada, todo el mundo tiene una opinión sobre dónde aparcar.
Eso sí le hizo algo en la cara. Poca cosa. Un movimiento en la comisura que se le fue enseguida.
—¿Ha venido a pasar el verano? —pregunté, por decir algo, y también porque quería saber, que para eso pregunto yo las cosas.
—Sí. —Una pausa—. Bueno. He venido a trabajar.
—¿De qué trabaja?
Se lo pensó. Le vi pensárselo entero, y le vi elegir.
—Cocina —dijo—. He trabajado mucho en cocina.
Y entonces sonrió un poco, por primera y única vez en toda la noche, y fue una sonrisa mala, hacia dentro, de las que se le ponen a la gente cuando dice una verdad y sabe que va a sonar a mentira dentro de poco.
Y en ese momento se me ocurrió que a lo mejor era uno de los del hotel de arriba, de los que mandan en agosto a mirar cómo lo hacen los demás, y estuve a punto de preguntárselo con retranca. No lo hice, porque tenía sueño y porque el hotel de arriba nunca ha mandado a nadie.
—Pues aquí en verano hace falta gente —dije—. Si busca, pregunte en el Roquer, o en el hotel de arriba. Y si no, en el camping, que siempre andan cortos.
—Gracias.
—De nada.
Cogí mi maleta con su cuerda roja y me fui cuesta arriba, y a mitad de cuesta me volví, porque me volví, y él seguía en el mismo sitio, quieto, con la maleta al lado, mirando el agua negra entre los barcos. No con pena. Con atención. Como quien calcula la profundidad.
En casa, mi padre estaba en la cocina. Doce y veinte de la noche, la luz del extractor encendida, sentado a la mesa con un vaso de agua sin tocar delante y el móvil boca abajo.
—¿Qué haces levantado?
—Nada. —Se levantó enseguida, cogió el vaso, lo vació en el fregadero sin habérselo bebido—. Que hacía calor arriba. ¿Trajiste los cuchillos?
—Traje los cuchillos.
—Bien. —Enjuagó el vaso. Lo puso en el escurridor. Lo colocó bien, y luego lo movió otra vez, dos centímetros—. ¿Y el vino ese que decías?
—Lo cogí.
—Bien —dijo otra vez.
Se fue a la cama sin darme el beso en la coronilla, que me lo da desde que tengo cuatro años y desde que mi madre murió me lo da todos los días como si estuviera fichando, y yo me quedé en la cocina con el ruido del extractor, que se había quedado encendido, pensando que a la mañana siguiente tenía que llamar al del toldo antes de las nueve.
Eso fue lo que pensé. Lo del toldo.
Me acuerdo perfectamente porque lo he repasado muchas veces después: tuve delante a mi padre a las doce y veinte de la noche vaciando un vaso lleno en el fregadero, y me fui a dormir pensando en un toldo.