Todo a medias
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Capítulo 1
En el ferry de las siete y cuarto siempre hago lo mismo antes de sentarme, y es contar quién sube.
No los cuento por gusto. Los cuento porque en once días abro y porque la gente que sube a esta isla en junio te dice qué clase de verano viene, si viene de sombrilla y bocadillo o de tarjeta y sobremesa larga, y este año necesitaba que viniera de la segunda clase con una urgencia que prefería no mirar de frente.
Subieron treinta y uno. Cuatro familias con neveras portátiles, de las que traen la comida hecha y te piden una jarra de agua del tiempo.
Dos parejas mayores de las buenas, las que reservan mesa a la una y media y repiten postre.
Un grupo de chavales con altavoz. Tres del camping cargados con bolsas del Mercadona de Denia, y un hombre solo.
Del hombre solo me acuerdo porque me estorbó.
Iba en la fila de delante para embarcar, con una maleta rígida naranja de esas de bazar que compramos todos, y estuvo casi un minuto entero parado en lo alto de la rampa mirando el barco.
No como se mira un barco cuando te da miedo el barco.
Como se mira una habitación de hotel al entrar, buscando dónde están las cosas.
Miró la puerta de la cubierta baja, miró la escalera exterior, miró el chaleco del tripulante y luego miró la línea de flotación, y detrás de él se le hizo un tapón de cuatro personas con neveras a las que no vio.
—Que somos más —le dije, ya con la mano en su espalda para empujarle un poco. No fuerte. Lo justo.
Se movió enseguida. Dijo perdón dos veces, la segunda ya de espaldas, y se metió dentro, a la cubierta cerrada, con el aire acondicionado y el olor a gasoil.
Cuarenta y tantos, calculé mal. Camisa lisa de manga corta, de las que se planchan.
Zapatillas caras y limpias. Pelo de cortarse cada tres semanas.
Cero cuerda al asa de la maleta, lo cual, en junio, en este ferry, es señal de que uno no la ha perdido nunca.
Y esa manera de tocarse el bolsillo del pantalón cada minuto y medio, teléfono, cartera, teléfono, que hacen los que vienen de sitios donde te roban.
Segunda residencia, decidí. Cuñado de alguien. Los cuñados de la gente vienen en junio a ver la casa antes de que llegue la familia y luego bajan a la playa a preguntarte si tienes una carta más ligera.
Antes de embarcar había estado en Denia desde las diez de la mañana, y no toda la mañana era de los cuchillos.
A las doce tenía cita en la oficina de la calle Marqués de Campo con un chico que se llamaba Aitor y que llevaba mi expediente desde marzo.
Aitor tiene veintiséis años, corbata sin chaqueta y una manera de girar la pantalla hacia ti que ya te avisa.
Estuvimos cuarenta minutos. Al final me dijo que lo que podía ofrecerme era ampliar el plazo, y yo le dije que ampliar el plazo es pagar más, y él dijo que sí, que técnicamente sí, pero que la cuota mensual bajaba, y yo le di las gracias y le dije que me lo pensaba.
Salí a la calle a la una menos veinte con un calor de justicia y me comí un bocadillo de pie, mirando escaparates de ropa que no me iba a comprar.
Eso también lo traía en el ferry, aunque no ocupara sitio.
Me senté fuera con mis dos cajas, que traía de Denia: los cuchillos que me habían afilado en la calle Diana y una caja de vino que compré porque el comercial me hizo un precio y porque a veces compro cosas para tener la sensación de que el verano ya está en marcha.
La maleta la dejé de canto contra el banco, con la cuerda roja del asa asomando, y me puse los cascos sin música dentro.
Es un truco que aprendí de mi abuela sin que ella lo llamara truco: si te ven con cascos no te preguntan por el temporal del año pasado.
Me entretuve un rato con las cuatro familias de las neveras.
Es un vicio que tengo y no lo voy a corregir a estas alturas: mirar a la gente y decidir cosas sobre ella sin ninguna prueba.
La primera familia traía tortilla, se le veía la fiambrera por la cremallera mal cerrada, y eran de comer en la arena y pedir cuatro cañas a las cinco.
La segunda traía a la abuela y a la abuela le habían puesto la silla plegable buena, así que esos comían en mesa y pagaban sin mirar la cuenta, porque delante de la abuela no se mira la cuenta.
La tercera discutía. Discutían por las llaves de un coche que estaba en el parking de Denia, y discutían con esa educación fina de los que llevan discutiendo todo el trayecto en coche y han decidido no montarla en público.
Esos vendrían dos veces, encargarían paella para el domingo y luego se irían antes.
Y la cuarta era la del crío, que iba mareado desde el primer minuto y todavía no lo sabía nadie.
Me duró once minutos. En el minuto doce se sentó a mi lado Encarna, que es prima segunda de Puri y trabaja en el ambulatorio, y como Encarna no cree en los cascos me contó la operación de cadera de su marido, la de rodilla de su cuñada y una cosa larga sobre el aparcamiento del hospital de Dénia.
Yo dije «madre mía» seis veces. Iba mirando el agua y pensando en la cámara, que hace un ruido nuevo desde abril; en el toldo, que aguanta un verano más o no; en los ochenta y cuatro euros que me había costado el afilado; y en mi padre, que llevaba desde Semana Santa despertándose a las cinco y bajando a la cocina a no hacer nada.
En eso último pensaba lo justo. Es un truco también.
—¿Y este año? —me soltó Encarna cuando ya se veía la bocana—. ¿Abrís el uno?
—El uno.
—Con lo tuyo, quiero decir. —Se abanicó con el folleto del ambulatorio—. Con la caseta y todo. ¿Vais bien?
Ahí sí me quité un casco.
Encarna no es mala mujer. Encarna es de las que preguntan y luego lo cuentan en la peluquería sin ninguna intención de hacer daño, que es peor que las que lo hacen con intención, porque a esas las ves venir.
—Vamos como siempre —dije.
—Ah, bueno. —Y se quedó tan tranquila, y volvió a la rodilla de la cuñada.
Vamos como siempre. Llevaba tres veranos diciendo esa frase y llevaba tres veranos siendo mentira.
La Fortuna abrió en el setenta y cuatro, la abrió mi abuela Fortunata con un fogón, doce sillas de plástico y un permiso escrito a máquina, y en el setenta y cuatro este sitio era una playa a la que no venía nadie.
Ahora es una playa a la que viene todo el mundo tres semanas al año, y las otras cuarenta y nueve estamos aquí nosotros con el viento.
Los números de las tres últimas temporadas los sé de memoria y no los voy a poner aquí.
El resumen es que la caseta no perdía dinero de golpe.
Lo perdía despacio, y yo lo iba tapando con lo mío, primero con lo que tenía y después con lo que me dejó el banco a doscientos cuarenta euros al mes.
Puri lo sabe a ojo. Puri lleva en esa cocina desde el segundo verano y sabe lo que factura una barra por cómo suena, igual que sabe cuándo está el arroz por el olor y no por el reloj.
Nunca me ha preguntado. Alguna vez, en octubre, me ha dicho «no compres tanto pescado», y eso es lo más cerca que ha estado nunca de decirme que le enseñe las cuentas.
Puri me llamó cuando ya se veía el faro. Puri llama, no escribe, y cuelga sin despedirse cuando ha dicho lo que tenía que decir.
—¿Traes los cuchillos?
—Los traigo.
—¿Y el pescado de la semana que viene?
—Vicent me lo aparta el lunes.
—El lunes es fiesta.
Me quedé un segundo.
—El lunes es fiesta —repetí—. Lo hablo mañana con él.
—Lo hablas mañana con él. —Un ruido de agua al fondo, de fregadero—. Y llama al del toldo, xiqueta, que la lona esa no pasa de agosto y luego vienen las prisas y te cobran lo que quieren.
—Está en la lista.
—Que está en la lista lo dices desde abril.
Y colgó. Puri tiene sesenta y un años y lleva en esa cocina desde el segundo verano, desde antes de que existiera yo, y hay días en que no sé si trabaja para mí o si yo trabajo dentro de una cosa suya.
El ferry atracó a las siete y cincuenta y dos, con ocho minutos de retraso porque siempre hay ocho minutos de retraso, y se montó el desembarco de todos los desembarcos, con el pasillo lleno, las neveras, el altavoz de los chavales y un crío que había vomitado en la escalera y que su madre limpiaba con una toallita mientras pedía perdón a todo el mundo.
Vicent, desde el timón, no miró. Vicent lleva cuarenta y ocho años atracando aquí y no mira nunca.
Yo cogí mis dos cajas, apoyé la maleta contra la cadera y bajé la pasarela con la fila, que se paró dos veces porque en la fila de delante hay siempre alguien buscando las llaves.
Llegué a casa a y cuarto, subí la cuesta, dejé las cajas en el suelo del recibidor y tumbé la maleta en el pasillo para sacar la ropa antes de cenar.
No tenía cuerda en el asa.
Me quedé mirándola en cuclillas más tiempo del que hace falta para entender una cosa así.
Luego abrí la cremallera, no porque dudara, sino porque quería verlo.
Y allí dentro estaba la ropa de otro: dos camisas de manga corta dobladas como se doblan en las tiendas, unos vaqueros, un neceser gris cerrado, unas zapatillas metidas en una bolsa de tela.
Todo ordenado por capas. Nada suelto. En una casa con niños no se hace una maleta así.
Y encima de la ropa, plana, una carpeta azul de gomas con las esquinas gastadas y un rótulo en la tapa escrito a rotulador que no me dio tiempo a leer entero, porque cerré.
Lo que sí me dio tiempo a ver, sin querer verlo, fue que era una letra de mayúsculas y que había un número dentro del rótulo.
Eso es todo lo que vi y eso es todo lo que puedo decir, y lo digo porque después, mucho después, me lo he preguntado muchas veces: si aquella noche, en el pasillo de mi casa, con la maleta de un desconocido abierta y él a cuatro calles esperando una llamada, hubiera leído lo que ponía en aquella tapa, se habrían ahorrado tres meses de cosas.