Epílogo
Derradeiro: el último.
Más de un año después
—Estoy ahí en diez minutos, ¿verdad?
Escuché cómo dirigía la pregunta a alguien al otro lado del teléfono.
—Confirmado. El taxista dice que en diez minutos estoy ahí.
—¡Perfecto! Aquí te espero. Como me dé un ataque de nervios, vas a tener que recogerme del suelo.
—Para lo que necesites. —Se rio—. ¡Hasta ahora!
—Gracias por venir.
Sara colgó antes de saber si había escuchado aquellas últimas palabras. Desde que retomamos la amistad, nos habíamos vuelto inseparables. Sus meditaciones guiadas se convirtieron en algo recurrente para intentar volver, hasta que me rendí. No sirvieron. Jamás regresé.
Llevaba una semana en Madrid organizándolo todo y asegurándome de que saliera a la perfección. Sentía la ansiedad oprimiendo mi pecho, pero había conseguido mantenerla a raya.
Solo había pasado una semana en Madrid y ya estaba pensando en la hora de coger el coche para volver a Luarela.
Porque, sí, la casa de mi avoa, esa que se iba a vender, ha terminado por convertirse en mi hogar.
Convencí a mi madre para que me dejara quedarme allí unos meses más, y cuando llegaron un par de ofertas para comprar la casa, ninguna alcanzó el valor que ella esperaba.
Así que ahí seguía. Y no podía ser más feliz.
Solo volví a Madrid unos días para tramitar los papeles de la universidad y recoger todo el material de dibujo.
Pude matricularme de nuevo para hacer el trabajo final de grado, tuve un par de reuniones con mi tutor y, desde que regresé, Luarela se había convertido en mi casa.
O más bien en mi estudio. Las rutinas habían desaparecido, no había horarios establecidos; todo giraba en torno a dibujar, pintar, descartar y volver a empezar.
Se convirtió en una obsesión. En una que llevaba demasiado tiempo esperando recuperar. Y, con ella, también regresó la confianza en mí misma. Nada más volver a Luarela coloqué el caballete, saqué los materiales y, como si una fuerza desconocida guiara mis manos, empecé el primer lienzo.
Mis recuerdos se tambaleaban, pero nunca llegaron a desaparecer.
Si alguien me preguntaba, la inspiración venía de los sueños, por supuesto.
Para mí nunca lo serían del todo y, aunque poco a poco las imágenes se volvían más borrosas, cada cuadro que pintaba me devolvía a aquel momento.
No eran solo los colores o las formas; también regresaban los olores, el frío, el calor, las emociones... Todo volvía a sacudirme por dentro.
Con el paso del tiempo empecé a dudar de mí misma. Llegó un momento en que ya no sabía qué era más fácil: aceptar que todo había sido un sueño o asumir que realmente había pertenecido a otra vida a la que jamás podría regresar. Y esa segunda posibilidad era una tortura.
Durante meses apenas dormí. Comía solo cuando me acordaba y apenas salía de casa, salvo para lo imprescindible.
Sin darme cuenta, dejé de hablar con casi todo el mundo.
Mi vida se redujo a pintar. Empecé a documentar el proceso con fotografías y vídeos.
Varios de los cuadros se hicieron virales y, de pronto, comenzaron a escribirme muchas personas interesadas en mis obras.
Era un sueño cumplido que durante años había creído imposible.
Pero, aun así, nunca era suficiente. Cada día me despertaba y me acostaba con la misma sensación.
Estaba buscando algo sin saber dónde ni cómo encontrarlo.
Solo cuando pintaba esa sensación desaparecía, ahogada por todo lo que me despertaba enfrentarme al lienzo.
No tuve más remedio que acostumbrarme a vivir con ese vacío.
Conseguí terminar la colección en un tiempo récord. Estaba tan orgullosa del resultado que la nota había dejado de importarme. Sabía que sería buena, pero ninguna calificación podría medir la satisfacción que sentía al haber creado algo que, por fin, me representaba.
El día de la defensa sentí que me pertenecía a mí misma.
Ya no quedaba ni rastro de la Estela que tenía miedo de no ser suficiente, ni de la que estaba disconforme con cada cosa que dibujaba, ni de la que temblaba al pensar en el futuro, convencida de que no tenía hueco en el mundo del arte.
Por fin lo había logrado. Porque cuando tocas fondo, solo puedes mirar hacia arriba y empezar de nuevo desde tu punto más bajo, como el mismo fénix que es capaz de renacer de sus propias cenizas.
Nunca una metáfora había tenido tanto sentido, pues un incendio era el cuadro protagonista.
El primero que hice cuando volví a pintar.
Una forma de expresar que el fuego, que antes representaba todo lo malo, no era más que calor, casa, cobijo y tranquilidad.
Aquello era un regalo para mi yo del pasado con un mensaje que querría haberle dicho mucho antes: el fuego ya no quema.
Ese se convirtió en mi mantra. La frase que resumía todo lo que había cambiado.
No porque yo fuera otra persona, sino porque por fin había aprendido a mirar mi historia desde un lugar distinto.
Había transformado aquello que más daño me había hecho en el impulso para seguir adelante.
Por eso, cuando llegó el momento de dar nombre a la colección, no encontré título mejor.
Después de graduarme, gané un concurso para artistas emergentes cuyo premio, además de una suma muy generosa de dinero, incluía exponer tu colección en la galería de arte más prestigiosa de Madrid. Por allí pasaban coleccionistas, filántropos y posibles mecenas.
Estaba entusiasmada; aquella era la oportunidad con la que siempre había soñado. Y, por primera vez en años, pensaba que me iba a desmayar de los nervios.
Hacía mucho tiempo que no sentía unos nervios como aquellos. Cuanto más se acercaba la hora de la inauguración, más convencida estaba de que nadie aparecería. Y, si lo hacían, de que ninguno querría llevarse uno solo de mis cuadros.
Entonces vi entrar a Sara.
Su presencia me calmó y sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
—¡Justo a tiempo! —exclamé cuando la vi entrar por la puerta con una pequeña maleta.
Le hice un gesto para que se acercara y ella me enseñó el brazo que escondía a su espalda. Era un pequeño ramo de tulipanes. Para mí.
—Enhorabuena, Estela. ¡Lo has conseguido!
Pensaba que esa noche no lloraría y ya estaba empezando a sospechar que había sido demasiado optimista.
¿De verdad lo había conseguido?
La abracé con fuerza mientras me contaba cómo había ido el viaje.
Poco a poco empecé a ver cómo la galería se llenaba.
La gente se acercaba a felicitarme, a preguntarme por las obras, por el proceso, por la colección.
Lo que más me sorprendió no fue eso, sino la naturalidad con la que les respondía.
Ya no buscaba las palabras ni dudaba de cada explicación.
Hablaba con seguridad. Con la seguridad de quien, por primera vez, sabía exactamente qué quería contar.
Quizá Sara tenía razón. Quizá sí lo había conseguido.
Cuando vi a la gente admirar la colección, pude respirar y disfrutar de verdad, pero había gastado más batería social en un par de horas que en todo el año anterior, así que, en cuanto acabé de saludar a todas las personas que me felicitaban,
aproveché para explicarle uno a uno todos los cuadros a Sara.
Cuando llegamos a mi favorito, ni siquiera necesitaba mirarlo para contarle cada detalle.
—Oye, ¿el símbolo rojo qué significa?
Fruncí el ceño.
—¿Símbolo... rojo?
—Sí, el círculo. El resto no lo tiene.
Me giré para entender a qué se refería. Junto a la tarjeta con la descripción, había una pegatina roja con forma circular. Una pegatina que antes no estaba ahí.
Mi cuerpo se paralizó.
—Tía, tía. Esto es que alguien lo ha comprado. ¡Has vendido un cuadro, Estela!
¿Ese cuadro? ¿Justo ese?
—Tenemos que celebrarlo. Esto merece un brindis. Había champán, ¿no? Espérame, que ahora vuelvo.
Me acerqué despacio y me quedé clavada mirando ese círculo rojo. Alguien había comprado el cuadro.
Ese cuadro.
Sentí que algo se removía dentro de mí. Una mezcla de sentimientos. Había luchado por no vender ese en particular; incluso me había visto obligada a poner un precio desorbitado confiando en que así nadie quisiera hacerse con él. Pero era evidente que no había sido suficiente.
Aquel era mi favorito, la pieza central de la exposición, pero, sin duda, no era el mejor a nivel técnico. Ni el más bonito ni el que más calidad tenía.
Miré a mi alrededor. ¿Quién lo habría comprado? Nadie me había preguntado por él, ni me había hecho una apreciación en particular.
Cada detalle del cuadro despertaba algo diferente en mí.
A simple vista, reproducía solo llamas de fuego.
Grandes pinceladas de tonos rojos, naranjas y amarillos cubrían toda la superficie.
Pero, si prestabas atención, podías ver que había algo más al otro lado.
Como quien mira a través de una ventana ardiente.
Una silueta, un rostro, que miraba muy atento.
El espectador entonces se convertía en el protagonista de la obra. Era a él a quien miraba ese personaje, a quien buscaba, a quien observaba sabiendo que ya lo había perdido todo.
Un toque en el hombro me devolvió de nuevo a la realidad. Me giré esperando a Sara, pero me sobresalté al ver a un chico que no había visto nunca.
Aunque, si no lo conocía, ¿por qué sentí que se me venía el mundo encima al mirarlo? Mi corazón comenzó a latir con rapidez y se me secó la boca. Tenía algo que me era muy familiar. Él sonrió y algo brilló en sus ojos.
Lo reconocí de inmediato. Y, de golpe, lo supe. Todo encajó.
Era su mirada.
—Eres Estela, ¿no? —preguntó.
Asentí, casi insegura de mi propio nombre.
Vi cómo su nuez se deslizaba al tragar saliva. Y, sin querer, repetí el gesto.
—Por fin.
Habló como si soltase todo el aire de sus pulmones.
—¿Nos... conocemos?
Sus ojos, clavados en los míos, provocaron que todo despertara de un largo letargo.
El agua helada del río. El olor de la comida de Clara. El sabor del vino. El calor de las llamas. Las manos de Ero recorriendo mi cuerpo. La brisa de la noche enredándose en mi pelo.
La sensación de añoranza fue más intensa que nunca.
Me dolía.
Él desvió la mirada hacia abajo y yo me fijé en sus manos.
Entre sus dedos se balanceaba mi colgante.
Alzó los ojos de nuevo.
—Te estaba buscando.