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Morriña: sentimiento y estado de ánimo melancólico, depresivo y de añoranza, en particular lo causado por la nostalgia de tu hogar al abandonarlo.
No podía creerme que todo aquello hubiera sido solo un sueño, pero esa era la respuesta más sencilla y lógica. Y, sin embargo, una parte de mí se negaba a creer que fuera así.
Cuando llegué al pasado, traté de encontrar la forma de regresar a mi presente, pero no sabía que iba a dolerme tanto hacerlo. Ni siquiera tenía del todo claro si quería. No. Sí que lo tenía claro.
No quería regresar. Y mucho menos cuando por fin habíamos conseguido ponernos a salvo...
después de todo lo que Ero había hecho por mí.
Lo había dejado solo de nuevo. En aquella realidad, me había llegado a reconciliar con la posibilidad de no regresar nunca.
Incluso había aceptado la idea con gusto, sabiendo que lo había encontrado a él.
No quería un futuro en el que Ero no estuviera.
Aquello no podía ser fruto de mi imaginación.
Sentía que la vida de la persona que Sara miraba con curiosidad no me pertenecía. Saber tanto sobre mí nunca me había hecho sentir tan perdida.
—Después de todo, ¿crees que funcionó?
Miré a Sara, todavía confundida. Cuando por fin conseguí calmarme, recogimos nuestras cosas y volvimos a casa. Ya en el dormitorio de mi avoa, me tumbé en la cama con la vista fija en el techo. Sara se quedó sentada en el suelo, curioseando entre las fotografías antiguas.
—¿Viste algo? —insistió—. ¿La meditación te ayudó a recordar?
—¿Recordar?
Por un instante estuve a punto de contárselo todo. Era mi realidad. La había vivido. Y, aun así, me sentía ridícula solo de imaginar cómo sonaría en voz alta.
—Lo que pasó cuando éramos pequeñas. El incendio... El motivo por el que le tienes tanto miedo al fuego.
Al escuchar esa última palabra, mi primer impulso fue acariciarme los brazos para calmar el malestar que solía provocarme el simple hecho de pensar en el fuego.
Pero me sorprendió no sentir absolutamente nada.
Tantos años sin encontrar una lógica, un sentido a ese miedo irracional, para terminar comprendiéndolo por partida doble.
Pensé en Sabela y en cómo, aun sin ser yo consciente, había estado arrastrando el trauma de morir en la hoguera, devorada por el fuego.
El incidente de mi infancia no hizo más que desencadenar el miedo que siempre había estado ahí, oculto.
Una mínima huella del sufrimiento que Sabela había soportado.
Me fijé en que Sara seguía esperando mi respuesta y, al menos, a eso sí sabía cómo contestar.
—La vela. Estábamos jugando. Cometí un error y el fuego empezó a extenderse.
Sí, lo recuerdo. No pasó nada grave, pero mis padres se enfadaron muchísimo con mi avoa.
Pensaron que ya no podían seguir confiando en ella y, por eso, nunca volví a pasar aquí el verano.
Siempre creí que, simplemente, pensaban que ya era demasiado mayor para quedarme con ella y por eso empezaron a apuntarme a campamentos hasta que tuve edad suficiente para quedarme sola y hacer mis propios planes.
—Guau. Qué fuerte. No me lo esperaba. Esta técnica no la he podido poner en práctica antes... Pero eso da igual. —Negó con la cabeza y me miró con atención—. ¿Quieres hablar de ello? Como amiga, no como terapeuta. Te lo prometo.
«Ayúdame a volver». Eso es lo que me habría gustado decirle. Y, sin embargo, no lo hice. Necesitaba pensar. Aclarar las ideas y entender qué había pasado. Y, sobre todo, recordar.
Sentía que cada minuto que pasaba las imágenes se iban diluyendo poco a poco y nada me podía aterrorizar más que eso. Tenía que hacer algo y con Sara allí no iba a poder.
—Sara, perdóname, pero... creo que me gustaría estar sola.
Vi cómo la ilusión desapareció de sus ojos al escucharme.
—Muchísimas gracias por esto, de verdad —me apresuré a decir—. Prometo recompensártelo. Pero ahora me gustaría pensar, descansar, y también debería seguir recogiendo la casa. Todavía siento muchas emociones al mismo tiempo. ¿Eso tiene sentido?
Sara asintió.
—La experiencia de meditación e hipnosis es única en cada paci... persona. Pero es habitual experimentar muchas sensaciones en un corto periodo de tiempo.
Me mordí el labio. Había sentido toda una vida.
—¿Cuánto tiempo dices que he estado así?
—Mmm... aproximadamente media hora. Hubo un momento en que dejaste de responder a mis preguntas y de contarme lo que veías, pero preferí dejarte tranquila hasta que comenzaste a moverte y respirar más deprisa. Ahí fue cuando empecé a llamarte para asegurarme de que estabas bien.
—Ya veo.
Solo media hora. Y, aun así, me sentía como si una apisonadora me hubiera pasado por encima. Varias veces. Media hora había bastado para cambiar por completo mi forma de entender la vida. Para perderme, encontrarme y volver a perderme.
El dolor me oprimía la cabeza. Sentía que estaba a punto de estallarme.
—Me marcho ya. Llámame si necesitas algo. De verdad, lo que sea.
—Mañana te llamo, gracias de nuevo.
Pensaba que estar sola era justo lo que necesitaba. Siempre me había sentido cómoda en soledad; estaba acostumbrada. Pero la casa se me hizo demasiado grande.
No lo dudé ni un segundo.
Decidí salir a la calle y a fijarme en lo que me rodeaba. Todo era tan diferente, pero... ahí estaba el mismo color del cielo, la misma disposición de las calles, los mismos adoquines de los barrios más antiguos... Comencé a subir la empinada cuesta y, en cuestión de pocos minutos, llegué.
La plaza.
Había cambiado por completo. Ahora estaba llena de terrazas y una enorme fuente ocupaba el centro. Donde en el pasado había ardido el fuego, ahora corría el agua.
La sensación al entrar en la iglesia fue muy diferente. Una corriente me empujó hacia atrás cuando abrí el portón de madera. Se me erizó la piel. El olor, la baja temperatura y la iluminación tenue... Todo me hacía sentir que había regresado al pasado de verdad, otra vez.
Me senté en uno de los primeros bancos y esperé. Esperé a algo que no llegó.
Volví a casa, y sentí un vacío que nunca había experimentado, una ausencia de algo que se sentía tan real como la vida misma y que, sin embargo, se desvanecía poco a poco.
No podía soportarlo.
No terminaba de encontrar el sentido a lo que me estaba pasando, a lo que había vivido. Había sido tan... real.
No podía esperar más, tenía que sacarlo antes de que se borrase de mi mente. Me levanté corriendo hacia mi dormitorio, abrí una página en blanco al azar de mi cuaderno y con el lápiz comencé a dibujar todo lo que conseguía recordar con claridad.
Su rostro. Esta vez completo.
Y a Luz.
Dibujé el bosque, el claro, el árbol, la plaza, la plataforma de madera con la pira y la antorcha ardiendo, la taberna, el viñedo.
Cuando terminé de plasmar todo lo que había conseguido retener de esas imágenes, volví a cerrar los ojos, intentando ver más allá.
Traté de afinar mis recuerdos para conseguir todos los detalles posibles.
Volví a mirar los dibujos. Eran solo bocetos rápidos e incompletos, pero bastaban para demostrarme que aquello había sido real de algún modo.
Tenía algo a lo que aferrarme. Aunque me faltaba un detalle.
Color.
Busqué por toda la casa y conseguí dar con un par de bolígrafos con los que conseguí colorear y dar más sentido a todo. Rojo y verde. Parecía que no necesitaba más variedad después de todo.
Hacía mucho tiempo que no tenía inspiración ni ganas de coger un pincel, pero de pronto sentí una impaciente necesidad.
Ojeé el resto de las páginas intentando encontrar algún tipo de explicación o pista que me ayudase a entender lo que había pasado.
Paré en una donde estaba uno de mis dibujos más repetidos, el que había memorizado, cada trazo y cada sombra. Una lágrima cayó sobre el papel.
Ver esos ojos mirarme me provocó unas ganas irrefrenables de llorar. Ya no solo recordaba su mirada, ahora podía ver su sonrisa y, si cerraba los ojos, podía sentir sus labios sobre los míos. Gruñí de rabia e impotencia. Y cerré el cuaderno.
Miré a mi alrededor, tratando de encontrar algo que me confirmase que estaba soñando y tenía que despertar.
Entonces cogí mi ordenador.
Abrí una pestaña tras otra y empecé a buscar información. Noticias, artículos, ensayos, tesis, documentales... Las fechas coincidían. No había lugar a dudas.
Luarela, entre otros pueblos de la zona, había sido el escenario de una caza de brujas y juicios durante la Inquisición.
Sin embargo, mucha de la documentación se perdió en un incendio y apenas quedaban registros de los hechos.
Qué oportuno. Estuve a punto de cerrar el portátil cuando un nombre llamó mi atención.
Lo releí una segunda vez para asegurarme de que no me equivocaba.
El inquisidor don Julio Mendoza figura entre los miembros más relevantes del Tribunal del Santo Oficio de Santiago de Compostela. La documentación conservada le atribuye la imposición de varias decenas de condenas, de las cuales se estima que, al menos, un tercio fueron penas de muerte.
Cerré la tapa del portátil y lancé el ordenador al otro extremo de la cama. Las imágenes se me arremolinaban en la cabeza. Lo había vivido. Aquello tenía que haber sido real; no podía no serlo. Acababa de pasar.
Pero ¿cómo era posible?
Las paredes desnudas me devolvieron el silencio y me recordaron el verdadero motivo por el que estaba allí.
Llena de frustración y sin saber bien qué hacer con ella.
Me levanté y comencé a guardar cosas en cajas sin el cuidado y el detenimiento que había tenido días atrás, cuando llegué a la casa.
Mi cabeza estaba muy lejos y pensé que hacer alguna actividad automática me ayudaría a reconectar.
Una caja, luego otra. Marcos de fotos, figuritas, accesorios.
Objetos, recuerdos de un pasado que apenas conocía y del que me habría encantado saber más, mucho más.
Continué el resto del día recogiendo en piloto automático. Terminé de clasificar y empaquetar la habitación de mi avoa. La idea era vender la casa, pero, aunque en el pasado me hubiera parecido la decisión más lógica, algo había cambiado.
Las historias que escondía cada rincón, cada mueble, cada recuerdo... Pensar en marcharme y no volver jamás a este pueblo me causó malestar. Tanto, que tuve que dejar una de las cajas a medio llenar.
Seguiría al día siguiente.
Eso me prometí.
Cuando quise darme cuenta, ya había anochecido. Preparé algo sencillo para cenar y después salí al porche de la casa con una infusión y el libro que llevaba arrastrando todo el verano. Solo me acompañaba el sonido de los insectos. El fresco de la noche me había obligado a ponerme una fina chaqueta.
Eso era la definición de tranquilidad, sin embargo, no entendía por qué estaba tan incómoda.
Cambié de postura varias veces y saqué una butaca del salón, convencida de que la silla era la culpable de mi incomodidad.
Pero aquello no sirvió de nada. Comencé a dar vueltas por el comedor, hasta que de repente tuve una idea.
Rebusqué en un cajón hasta encontrar varias velas y una caja de cerillas. Lo había tenido muy claro, pero en ese momento dudé. Inspiré despacio y tragué saliva.
Con un chasquido, la cerilla se encendió a la primera.
Encendí las velas.
Me acerqué una de ellas a los ojos y entonces sonreí. Me senté de nuevo con el libro, cómoda, por fin. Solo había necesitado apagar los farolillos del porche y dejar que la luz titilante de las velas me iluminase.
Por fin me encontraba tranquila, sin miedo.
Me sentía en casa.