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Querenza: el instinto de volver al lugar donde te sientes seguro y en casa.
Seguimos nuestro camino sin un destino claro.
Alejándonos de todo lo que conocíamos, pero con todo lo que necesitábamos.
Parábamos a descansar, a comer, a besarnos, a conversar, a jugar con el agua y a relajarnos con los últimos rayos de sol.
Bien podía el tiempo pararse, que yo me quedaría encantada a vivir allí para siempre.
Encontramos un claro con un gran árbol bajo el que descansar sobre el césped. Era como una pizca de casa a tanta distancia. Un oasis en medio de todo lo que habíamos pasado.
Nos acomodamos y dejamos que el cielo se oscureciera bajo nuestra mirada atenta.
Vimos cómo las estrellas comenzaban a brillar y yo, recostada sobre su regazo, relataba todo lo que se me ocurría de mi vida.
Ero se reía, me preguntaba, dudaba, se sorprendía.
Para él era como descubrir un mundo diferente a través de mis ojos, uno que nunca llegaría a conocer.
Observábamos el cielo brillante, la infinidad de constelaciones, la enorme galaxia que nos envolvía, el mismo firmamento que llevaría millones de años iluminando las noches, y que seguiría haciéndolo por mucho más tiempo del que podría llegar a imaginar.
Eso nos unía; ambos habríamos mirado las mismas estrellas y la misma luna, aun con siglos de diferencia.
Al mirar al cielo, podía sentir la inmensidad del universo sobre mí. ¿Podría llegar a explicarle lo que era el infinito? ¿Entendería que no somos más que parpadeos en medio de todo lo que nos rodeaba? Solo un instante entre miles de millones de años.
Qué injusto no poder disfrutarlo más.
Me reí. Quizá vender el alma al diablo por obtener un poco de esa eternidad no sería mala idea.
Sentía que poco a poco mis ojos comenzaban a cerrarse, aunque yo luchaba por mantenerlos abiertos y poder seguir despierta un poquito más.
—Puedes cerrar los ojos. No te preocupes por mí. Sigue hablándome de tu avoa, y si te quedas dormida, estará bien. —Me acarició el pelo con suavidad, como solo él sabía hacer—. Aquí estás a salvo.
Sonreí y él me devolvió una sonrisa sincera. Esa que temí perder para siempre, pero que por fin resurgía.
Las noches eran cada vez más frías. Estábamos arropados con una manta, pero corría una ligera brisa que traía un aroma otoñal.
Un par de hojas cayeron a nuestro lado. Alcé la mirada y me fijé en las ramas del árbol que se mecían con el viento.
Se me antojó una imagen muy familiar. Casi como una sensación de déjà vu.
Lo cierto era que ese árbol se parecía mucho a nuestro árbol. Pero habíamos caminado horas, durante todo el día. No podía ser el mismo. Era imposible.
Los párpados me pesaban y ya no podía evitarlo más.
Pero antes de cerrar los ojos, quise mirarlo atentamente.
Mi suerte, mi inspiración, mi estrella que me miraba siendo la más brillante de toda la noche.
Ero depositó un suave beso sobre mi frente.
Si el cielo existía, imaginé que debía de ser muy parecido a aquello.
Seguí hablando hasta que, poco a poco, empecé a notar que las palabras perdían sentido, que el sonido del viento se alejaba y un calor cálido me inundaba el pecho. En ese momento, comprendí que algunas cosas pueden parecer imposibles hasta que un día de pronto, sin saber cómo, dejan de serlo.
—¿Estela?
Escuché mi nombre y abrí los ojos.
Una blancura intensa me deslumbró. Reconocía ese lugar. Ese espacio brillante, sin límites, tan ambiguo como acogedor.
Al girarme, la vi.
Me sonreía.
—Sabela.
—Hola, Estela.
Me lancé a abrazarla sin pensarlo dos veces. Su tacto era suave, etéreo, como imaginaba que sería abrazar una nube, y tan reconfortante como el abrazo de todos tus seres queridos juntos. Me lo devolvió sin dudar.
—Has... has vuelto. ¿Por qué...?
—Nunca me fui. No puedo explicarte cómo funciona esto. Estoy aquí porque tenía que ser así. Y no sabes lo feliz que me hace haber podido hacerlo.
Me tomó la mano. Sentí esa sensación suave y cálida acariciándome.
—Gracias. Gracias por conseguir lo que yo no pude. Por salvarnos.
—¿Salvaros?
—Yo no podía marcharme. No del todo... Me quedaba algo pendiente y tú has conseguido resolverlo. Gracias por salvarlo a él también. Por hacer justicia. Quizá ahora aún no seas consciente de todo lo que has hecho, pero puedes sentirte orgullosa.
Soltó mi mano y se alejó unos pasos.
—¿Ya te vas?
—Ya no me necesitas, Estela. No solo me has liberado a mí.
—¿Qué significa eso? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
—¿Estela?
Escuché una voz que no venía de Sabela. Me giré en busca de su origen sin encontrar a nadie más.
—Vive —respondió Sabela.
Cuando volví la vista hacia ella, había desaparecido. Me encontré de nuevo sola ante toda la inmensidad.
—¿Estela?
Escuché de nuevo mi nombre. Ahora más cerca.
El brillo comenzó a intensificarse. Me cubrí los ojos con las manos, incapaz de soportar aquel resplandor. Aun así, terminaba atravesándolas. Cerré los ojos con fuerza y, cuando traté de abrirlos de nuevo, apenas pude mantenerlos entreabiertos.
Todo cambió.
No entendía cómo, pero ya no estaba de pie; me había tumbado sobre un suelo pedregoso. Lo palpé con las manos, sentía humedad y briznas de hierba. El aire olía a bosque... y a algo más que no sabía describir. Algo extraño. Distinto. Menos... ¿puro?
La luz dejó de ser solo luz y comencé a notar cómo los rayos de sol me calentaban la cara.
No recordaba haberme quedado dormida, pero, pese a la confusión, me sentía descansada. Entonces un sonido hizo que el estómago se me encogiera.
Un sonido metálico, artificial, repetitivo.
Familiar.
Una alarma.
Abrí los ojos rápidamente y los tuve que cerrar, deslumbrada. Me los froté, intentando aliviar el escozor que me provocaba la luz del sol, hasta que por fin pude entreabrirlos.
No comprendía lo que estaba pasando.
—¡Ostras, perdona! Pensaba que la había apagado antes. No quería asustarte. Pero menos mal. Llevaba un rato intentando despertarte y empezaba a preocuparme.
Como si un peso amenazase con caer sobre mí, me tapé la cara con las manos.
Me incorporé de golpe.
—No, no, no, no, no —musité.
No podía estar pasando. Miré a mi alrededor. El árbol seguía allí, imponente. Sara me observaba con preocupación.
Un vacío en el pecho aceleró mis pulsaciones.
¿Dónde estaba Ero? ¿Se había esfumado?
Clavé los dedos en la tierra. Miré a Sara con la respiración entrecortada mientras las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas. Buscaba en ella una respuesta que sabía que no podía darme. La angustia me oprimía el pecho.
Confundida, cerré los ojos con fuerza.
Todavía podía sentir su olor. El calor de sus manos. Su voz suave susurrándome al oído.
Era imposible.
No podía haber sido solo... un sueño.
Las imágenes se distorsionaban en mi cabeza. Tomaban extrañas formas antes de desaparecer, igual que las olas borran un dibujo sobre la arena. Los recuerdos seguían allí, pero muchos detalles empezaban a difuminarse.
No.
No.
Ero, Clara, Alma, Sabela, Gonzalo, Leo, Inés...
Sí, ellos seguían ahí, conmigo.
Llevé mi mano al colgante para anclarme a algo que pudiera tranquilizarme, pero mi mano solo tocó piel.
¿Dónde estaba? Lo busqué con las dos manos y, desesperada, intenté encontrarlo, arañándome el cuello hasta hacerme daño. Hasta que una ligera esperanza me golpeó y me hizo llorar más fuerte.
Sara me agarró de las manos.
—Ey, para. Ya está —me susurró, tratando de calmarme—. Estoy aquí. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Creo que no —respondí.