Todas las vidas hasta ti 60
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Ledicia: alegría, felicidad, dicha.

—Pero ¿todos estuvieron de acuerdo?

—No todos. Pero la mayoría se oponía a la nueva dirección que estaba tomando Kael y, viendo que su padre no le paraba los pies, no fue difícil convencerlos. Había unos pocos de los que sabíamos que no podíamos fiarnos. Si le hubiéramos dicho algo, habrían arruinado el plan.

Ero me contó que, mientras yo estaba encerrada, él había estado forjando una alianza con varios de sus compañeros y de los vecinos para alzarse. No había podido rescatarme antes para no levantar sospechas que pusieran el plan en peligro.

—Los azotes fueron la gota que colmó el vaso dentro de la guardia. Y tras la pena de muerte de la hermana de Uxía y la condena de las hijas de Simón... muchos vecinos sabían que lo que estaban haciendo era totalmente injusto.

Ero parecía satisfecho. Había dejado atrás la postura cabizbaja y estaba... lleno de esperanza.

—¿Y Kael? ¿Está...?

Miré directamente a Alma, que desvió la mirada, incapaz de responder. Fue Clara quien contestó por ella:

—No nos quedamos a comprobarlo. Lo dejamos en su mano. Y en las del pueblo... Pero las gotas deberían dejarlo fuera de combate el tiempo suficiente, pero dependerá también de la cantidad de vino que tomó. No debería ser más grave, pero tampoco podemos estar seguras.

—Y... ¿cuál es el plan? ¿Qué va a pasar ahora?

—Tenéis que iros. Cuanto antes. En las alforjas tienes un par de recambios de ropa para que puedas quitarte esos harapos que te pusieron.

¿Irnos? ¿A dónde?

—También hay un poco de comida, creo que os durará unos días. Os servirá hasta que todo se calme y podáis ver qué es lo más seguro.

Miré a Ero, confundida.

—Nos marchamos. Ahora —sentenció—. Seguro que ya nos están buscando. Por bruja, desacato a la autoridad y ser fugitivos de la ley. Nada bueno nos espera si nos atrapan.

—¿De verdad no podremos volver? ¿No podrás volver?

Para mí, aunque Luarela se había convertido en casa, aquel pueblo me había acogido durante un corto periodo de tiempo, pero para él, era su vida entera.

—Ya lo escuchaste, Estela. Fueron a buscar refuerzos a los pueblos de alrededor. No tardarán en llegar y, si nos alcanzan, el castigo no serán solo unos latigazos.

Conocía la respuesta, pero escuchársela a él no hizo más que confirmar la realidad.

—Pero eso ya no me importa. Mi hogar ya no está aquí, Estela. Está allí donde estés tú. Además, solo estoy haciendo algo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Pero había algo que me lo impedía. Ahora he entendido que no podía irme antes. Aún no lo sabía, pero te estaba esperando.

Me sentía culpable. Si de verdad me creía, si de verdad estaba dispuesto a renunciar a todo por mí, también asumía todas las consecuencias de mi incierta situación.

—Pero... —dudé—. ¿Sabes que puede...?

Ero negó con la cabeza.

—No hay tiempo que perder. Seguiremos hablando por el camino. Tenemos que darnos prisa.

Ero se apartó para colocar el poco equipaje que llevábamos sobre Luz.

Alma dio un paso hacia delante para susurrarme al oído.

—Sabe la verdad, hija, y te ha elegido. Ya te lo dije, Estela —se rio con cariño—. Ero recuperó las ganas de vivir en el momento que llegaste a su vida. Y puedes estar segura de que no habrá nada que sea capaz de arrebatarle eso. Pase lo que pase.

Tragué saliva. Asentí con la cabeza intentando creer que lo que decía era cierto.

Sin añadir nada más, Clara se acercó a nosotras y las tres nos fundimos en un abrazo que no quería que terminara, porque sabía que iba a ser el último. Olían a especias y a incienso y, para mí, ese aroma significaba familia.

Pensaba que con los nervios y la adrenalina no podría llorar, pero me equivocaba.

—Nosotras también deberíamos volver —dijo Clara, limpiándose las lágrimas—. Además, aquí solo os retrasamos.

—¿Estaréis bien? —pregunté.

Ambas habían tenido un papel fundamental y peligroso.

—Con la reputación de Kael, no habrá ninguna duda de que fue todo culpa del alcohol. Y, además, tengo la suerte o desgracia de ser su hermana. Puedes estar tranquila por mí. Tened buen viaje.

—Nos veremos de nuevo. Estoy segura de ello —habló Alma con su sonrisa cándida—. En esta o en otra vida. —Me guiñó un ojo—. Lo importante ahora mismo es que os pongáis a salvo.

Quise volver a abrazarlas, pero sabía que tampoco habría sido suficiente, así que me despedí de ellas con la mano mientras se alejaban.

Me sequé las lágrimas y respiré hondo para recuperar la compostura. Cogí la ropa que me había traído Clara, me cambié deprisa y ayudé a Ero a sujetarlo todo bien.

No tardamos en estar preparados. Cuando me subió al lomo de Luz, besó mi mano antes de sentarse delante de mí y emprender la marcha.

Empezamos galopando, recorriendo caminos de tierra y senderos apenas trazados.

No nos salíamos de los caminos secundarios y, si escuchábamos algún ruido extraño, nos ocultábamos entre la vegetación.

Cuando consideramos que estábamos a una distancia segura, bajamos la velocidad.

No habíamos vuelto a hablar. Quizá no hacía falta, o quizá no nos atrevíamos a romper el silencio.

—Ero... —pronuncié su nombre al cabo de un rato.

Se giró levemente para mirarme por encima del hombro.

—¿Todo bien? —preguntó.

Me mordí el labio, tenía miedo de preguntar, pero no podía aguantarlo más.

—¿Estás seguro de esto?

Levantó los brazos para tirar de las riendas, haciendo que Luz parase. Ero se bajó y, sin darme tiempo a reaccionar, me sujetó de la cintura y me bajó también. Apoyó mi espalda en el lomo de Luz y se me quedó mirando unos segundos sin decir nada.

—¿Que si estoy seguro?

Miró al cielo dando una carcajada.

—Estela... Cada instante, cada momento que puedo estar aquí, a tu lado, tocándote, sintiéndote, oliéndote, es un milagro que no creo merecer.

Pero debe haber algo, o alguien, que, en un descuido, me concedió esa suerte.

—Acarició mi mejilla—. Y cada uno de esos instantes es el mayor regalo que podría haber recibido nunca.

No me importa si vienes del futuro, del cielo o del mismísimo infierno.

Tampoco me importa si algún día regresas al lugar del que viniste, Estela.

En esta vida, en la próxima y en todas las que vengan.

Repito, todas. Voy a encontrarte. Porque ahora lo sé, Estela.

Te quiero. —Me miró como pidiéndome permiso para quedarse con un pedazo de mi corazón, como si no supiera que ya se lo había dado—.

Recorreré todas las vidas hasta ti, hasta que te encuentre, las veces que haga falta.

Me miraba a los ojos, a los labios, me acariciaba las mejillas.

Lo deseaba con cada parte de mi cuerpo. Quería quedarme en aquel instante para siempre.

¿Cómo se supone que se responde a la declaración de amor más bonita jamás escuchada?

Esperaba que no hicieran falta las palabras.

Que la forma en que mi piel reaccionaba a su tacto o cómo mis ojos se humedecían le bastara para comprenderlo todo.

Coloqué mis manos sobre las suyas, que no abandonaban mi cara.

Las apreté suavemente y se me ocurrió una forma de decirle lo que sentía y que no lo olvidase nunca.

Me llevé las manos a la nuca y me peleé con el cierre hasta que cedió.

Tomé una de sus manos, deposité la cadena sobre su palma y cerré sus dedos alrededor de ella.

Ero me miró con sorpresa y negó con la cabeza.

—No puedes. No lo acepto —sentenció—. Sé lo importante que es para ti. No lo quiero.

—Es un regalo —insistí—. Por salvarme. De nuevo.

Me miró confundido.

—Primero en el río y ahora...

—¿En el río? Ay, Estela... —terminó la frase con una risa, sin entender a qué me refería—. Ese día fuiste tú quien me salvó a mí.

¿Yo a él?

—Así que ahora estamos en igualdad de condiciones.

—Si prefieres... llámalo préstamo, sí. Es solo un préstamo —insistí.

—¿Qué quieres decir?

Sonreí y le miré a los ojos. Le quería, le quería tanto, que le regalaría mi vida entera si pudiese.

—Quiero que la tengas, como prueba de que, si nuestras almas se han encontrado una vez, volverán a hacerlo si se separan de nuevo. Y me la devolverás cuando eso ocurra. Siguiendo mi brillo.

—Tu estela —completó.

Miró mis manos con duda antes de devolverme la mirada.

—Pero, mientras, es tuya, Ero. Por encontrarme.