Todas las vidas hasta ti 59 #3
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59 #3

Miré al resto de vecinos, a Ramón y Pedro, que ya se habían encargado de Mendoza, que soltaba quejidos en el suelo; a Uxía, que había recuperado el valor y parecía pletórica, y a todos los demás, que aventajaban a los partidarios de Kael.

—Todo vuestro —les grité.

Tomé la mano de Estela y bajamos los escalones. Allí estaban Gonzalo y Simón, reteniendo al capitán de Biedma e impidiendo que interviniera. Al final, había decidido tomar partido. Gritaba y forcejeaba para liberarse, pero sin éxito. No vi al resto de los guardias.

—¡Traerán refuerzos! —amenazó el capitán de Biedma—. Os rebeláis ante Dios y la corona. ¡No os libraréis de esta!

Todos éramos conscientes de las consecuencias de nuestro plan.

A mí me movía el amor. Definitivamente. Y a ellos les movía la lealtad, la amistad y también la justicia.

Personalmente, estaría eternamente agradecido a mis compañeros y vecinos.

Todos quisieron ayudarme sin pedirme nada a cambio, conscientes de que ya no podíamos aceptar más injusticias y muerte en Luarela.

Como agradecimiento, le di un apretón en el hombro a Gonzalo, que respondió con una sonrisa. Primero me miró a mí y después a Estela.

La emoción y la felicidad dieron paso de nuevo a la urgencia. Seguíamos en peligro. No podíamos tardar demasiado o, de lo contrario, todo lo que habíamos arriesgado no serviría de nada. Sentía los latidos del corazón retumbando en mis oídos.

—¿Qué está pasando? —me preguntó Estela tirando de mi brazo cuando la arrastré para sacarla de la plaza.

Acerqué mi cara a su oreja.

—Prometo explicártelo todo. Pero cuando estemos a salvo. Ahora necesito que no te separes de mí. Tampoco lo permitiré. Ya no.

Asintió convencida. Nos alejamos de la multitud y recorrimos un par de calles desiertas.

Giré por un camino al azar y, al comprobar que nadie pasaba, me paré.

La necesidad de comprobar que aquello era real me oprimía el pecho.

Estela me miró confundida y, antes de que pudiera decir nada, la apreté entre mis brazos.

Posé las manos con suavidad sobre su rostro, recorriéndolo despacio.

Necesitaba convencerme de que estaba allí.

De que lo habíamos conseguido. En su mirada solo había ilusión, sorpresa y deseo.

Me pareció que sus ojos comenzaban a humedecerse y, antes de poder comprobarlo, posé mis labios sobre los suyos.

Fue un beso breve pero profundo, con un equilibrio perfecto entre intensidad y ternura.

Después apoyé mi frente contra la suya, intentando recuperar el aliento que sentía que me faltaba.

—No... no podía esperar más —susurré—. Temía..., pensaba que no podría volver a besarte nunca más. No podría vivir sabiendo que lo último que te dije fue que te marcharas.

Tomé aire, necesitando un momento para pensar en todo lo que quería decirle.

—Cuando te vi salir por la puerta, me di cuenta del error que estaba cometiendo.

Pero el miedo y la cobardía pudieron conmigo.

—Le sonreí con cautela; ella me miraba con atención, como si estuviese procesando todo lo que le estaba diciendo—.

Te seré sincero. Todavía me cuesta entenderlo.

No sé si algún día seré capaz de hacerlo.

Pero hay muchas cosas en esta vida que tampoco entiendo.

Como el sol que nos calienta o las estrellas que brillan cada noche en el cielo.

Y, aun así, nunca he dudado de que fueran reales.

Igual de reales que lo que siento por ti.

Igual de real que la verdad que me confesaste.

Levantó una mano para apartar una lágrima que resbalaba por mi mejilla. Le sujeté la muñeca y me llevé el dorso de su mano a los labios, sin dejar de mirarla.

—Tenemos que seguir.

Sin soltarla, volví a tirar de ella calle abajo.

La pendiente era tan pronunciada que nuestras piernas casi bajaban solas, sin esfuerzo, y nuestros pasos resonaban con brusquedad.

Sabía que Estela estaba deseando hacerme mil preguntas, y yo se las respondería todas cuando estuviésemos a salvo. Lejos.

Abandonamos el pueblo y nos internamos en el bosque.

No tardamos en llegar al claro donde había dejado a Luz escondida, junto a nuestro árbol.

Estela no se sorprendió al ver a Luz allí.

Me dispuse a desatarla. Pero, cuando estaba a punto de subir a Estela sobre su lomo, una voz resonó a nuestras espaldas.

—Creo que se os olvida algo, ¿me equivoco? —Era Clara.

Estela se giró sorprendida. Ninguno de los dos la habíamos oído llegar. Clara llevaba mis alforjas en la mano. Alma iba junto a ella.

—¿Clara? ¿Alma? —preguntó Estela dando un paso hacia ellas.

—Te dejaste esto en casa cuando saliste para traer aquí a Luz —dijo Clara con una sonrisa en el rostro—. Es normal, tenías muchas cosas en las que pensar.

No me había dado cuenta siquiera de que me las había olvidado. La miré agradecido y estuve a punto de sonreír. Pero el alivio me duró apenas un instante. Caí en la cuenta de lo que significaba que estuvieran allí.

—¿Qué hacéis...? —pregunté, preocupado—. Es peligroso. Deberíais regresar.

—No esperarías que fuéramos a dejar que os marcharais sin despediros correctamente, ¿verdad? —dijo Clara mientras se fundía en un abrazo con Estela y Alma.

Estela se separó de ella, claramente confundida.

—¿Me va a explicar alguien por fin qué está pasando? —preguntó.

Los tres cruzamos miradas antes de asentir.

—¿Qué quieres saber primero? —preguntó Clara.