59 #2
Coloqué el odre boca abajo, dejando que el vino se derramara. Tal y como esperaba, Kael se abalanzó sobre mí, cegado por la rabia. Desenvainé la espada y, con la facilidad con la que se le arrebata un dulce a un niño, lo desarmé de un solo movimiento.
La espada cayó al suelo, lejos del tablado. Kael permaneció inmóvil, con los ojos muy abiertos y las manos temblando.
No pude contener una carcajada de asco.
—Qué lástima das.
—¡¿Qué has dicho?!
—Qué. Lástima. Das. —Con cada palabra le di un golpe en su hombro, haciéndole caminar hacia atrás.
Con el tercer golpe se desestabilizó y cayó de rodillas, confundido. Intentó levantarse, pero las piernas le fallaron y volvió a derrumbarse.
Uno de los guardias de Kael subió para ayudar; muchos de los presentes miraban desde el suelo, lanzando vítores de celebración.
—¿Qué...? ¿Qué está...?
Parecía incapaz de terminar la frase. Miraba a todas partes confundido.
Vi cómo Mendoza intentaba escabullirse. Por un momento dudé, pero cuando localicé a Gonzalo dispuesto a cortarle el paso, le indiqué con un leve gesto que lo dejara marchar.
Sin embargo, Ramón y Pedro ya lo esperaban en el suelo, con dos varas de madera en las manos.
Uxía estaba tras ellos, con el rostro encendido y queriendo vengar a su hermana.
Sonreí. No todo estaba perdido. Aún había quien estaba dispuesto a hacer justicia.
Kael seguía inmóvil sobre las maderas. Lo odiaba. Odiaba todo lo que representaba, pero, por encima de todo, me revolvía el estómago pensar que pudiera seguir durmiendo tranquilo después de todo lo que había hecho.
Entonces recordé lo que Clara me había contado que Estela había descubierto.
Verlo arrodillado a mis pies despertó en mí algo de lo que no me sentía del todo orgulloso, pero decidí saborearlo unos instantes antes de hacer lo que de verdad importaba.
Busqué a Estela con la mirada. Ella me observaba petrificada. Rodrigo la había soltado y ya no hacía falta fingir. Como si me hubiera leído el pensamiento, corrió hacia mí. Me tomó de las manos y nos dedicamos una sonrisa que llevábamos demasiado tiempo buscando.
Kael insistía en levantarse. Estaba a punto de ponerse en pie de nuevo.
—Ni se te ocurra moverte —le advertí.
Parecía ignorar mi orden, así que lo apunté directamente con la espada en el hombro. En cuanto el filo tocó su piel, dejó de intentar levantarse. Se arrodilló de nuevo, y entonces me di cuenta de que todo su cuerpo temblaba. Clara tenía razón.
El vino comenzaba a hacer efecto.
Estela miraba la escena con atención, manteniéndose al margen. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, supe exactamente lo siguiente que tenía que hacer.
—Suplica. Suplica clemencia. Pide perdón por tus actos.
No aparté la espada. Incluso procuré que la punta se clavara en su piel lo suficiente como para que no se moviera ni un ápice. Levantó la cabeza para mirarme. Me enfureció no ver en sus ojos el menor rastro de miedo.
—A mí no. A ella.
Sentí cómo las manos de Estela se aferraban a mi brazo al oír esas palabras.
—Pídele perdón por haberla tocado. Pídele perdón por haber intentado mancillar su honor. —Me costaba hablar al pensar en lo sucedido—. Discúlpate por haber respirado demasiado cerca de ella, incluso. Si hay alguien aquí que deba escuchar tus disculpas por ser una escoria de persona, es ella.
Él se mantuvo en silencio, con los ojos puestos en Estela y con esa sonrisa repugnante. Había sangre en la comisura de sus labios y su mirada estaba cada vez más perdida. No parecía dispuesto a hablar y la rabia me reconcomía por dentro. Estela soltó mi brazo.
Bajó la vista hacia Kael y su expresión cambió por completo.
Nunca le había visto esa mirada. Se agachó hasta quedar frente a él y volvió a mirarme, buscando una respuesta.
Le indiqué con un leve gesto de la cabeza que mirara hacia la calle principal que conectaba con la plaza.
Allí, apartadas, estaban Alma y Clara. La primera sostenía un pequeño frasco de cristal.
Bastó con eso para que Estela entendiera.
Algo se encendió en ella.
—¿Qué te parecen mis hechizos? —le preguntó a Kael, poniéndose a su altura.
Me pilló por sorpresa escucharla hablar así, con esa confianza y seguridad, pero enseguida entendí lo que pretendía.
Ver cómo Kael la miraba desde el suelo, con una expresión de auténtico pánico, me provocó más satisfacción de la que me habría gustado admitir.
No quería una venganza física ni hacerle derramar sangre.
Quería asustarlo. Y lo estaba consiguiendo al utilizar lo que más miedo le daba: el diablo.
—¿Pensabas que podrías conmigo? Enhorabuena.
Atrapaste a una bruja. Pero ella ha sido más lista que tú.
Ahora estarás maldito el resto de tu vida.
Y, después de muerto, cuando te devoren los gusanos, tu alma tampoco encontrará descanso.
Olvídate de ese cielo donde dices que te espera tu Dios.
Pues mi amo, mi padre, te recibirá para toda una eternidad de sufrimiento.
Le escupió en la cara. Paralizado por una fuerza invisible, Kael no apartaba los ojos de ella. Parecía intentar hablar, pero ya no era capaz de articular una sola palabra ni de moverse. El líquido lo tenía paralizado.
Me habría quedado allí el tiempo suficiente para grabar aquella escena en mi cabeza. Pero teníamos que avanzar, seguir con lo planeado.
Puse mi mano sobre el hombro de Estela. Sentí cómo se me erizaba la piel.
La miré. Era real. Estaba ahí, lo habíamos conseguido.
Le di un suave apretón y comenzó a levantarse sin apartar la vista de Kael.
Parecía dudar. Antes de darse la vuelta, le propinó una patada en el costado.
Vi cómo terminaba de encogerse sobre sí mismo.