Todas las vidas hasta ti 59
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Afouteza: espíritu valeroso que te lleva a actuar sin temor a los peligros.

Ero

Atravesar la multitud fue más fácil de lo esperado.

Aunque no hubo anuncio oficial, la voz corrió como la pólvora, y todos los vecinos acudieron veloces a la plaza como si se tratase del evento del siglo.

La luz comenzaba a asomarse entre el límite del cielo y la tierra, pero la oscuridad todavía era uniforme, y hacía que el fuego de la antorcha lo llenase todo de su luz anaranjada, cálida y amenazadora.

El pecho se me encogió al ver la escena y casi me paralizó el recuerdo de Sabela ardiendo, pero recuperé la compostura para asegurarme de que ningún elemento del plan fallara. Estela no iba a sufrir la misma suerte.

Todo quedó en silencio cuando el portón de madera se abrió.

Kael salió solo, se tapaba la boca mientras caminaba a toda velocidad hasta situarse junto a su padre, a los pies del tablado que había en el centro de la plaza.

No les bastaba con la gran pira que había delante, en el centro de la plaza; querían hacer de aquello un espectáculo. Volví a mirar hacia la puerta.

La frialdad que había mantenido desapareció en cuanto la vi.

Escoltada por Gonzalo y Rodrigo, Estela caminaba encogida, arrastrando los pies.

La gente volvió a gritar, pero no los oía, tenía la atención puesta en ella.

Podía ver el terror en sus ojos. ¿Tenía la boca manchada de sangre?

Supuse que aquello era culpa de Kael y me llevaron los demonios, pero agité la cabeza.

No podía dejarme llevar y, si quería salvarla, necesitaba tener todos mis sentidos alerta.

Había ido para mantener mi promesa.

Y la cumpliría a toda costa.

Llegó al final del pasillo y, justo antes de que girase hacia los escalones que subían al tablado, nuestras miradas se cruzaron. La plaza contuvo la respiración en ese momento. Había silencio, el suficiente para que me escuchara, el perfecto para disculparme.

Solo Dios sabía cuánto me arrepentía de haber actuado como lo hice.

Quería decirle tantas cosas que ni siquiera una vida entera a su lado me parecía suficiente para decirlas todas.

Pero no dije nada. La miraba sin saber si entendería lo que mis ojos querían confesar, lo que callaba con la promesa de sincerarme a solas, porque lo que sentía por ella solo era digno de ser escuchado por sus oídos.

Porque era lo mínimo que podía darle a la persona que me había demostrado que podía volver a querer.

Ella se merecía el mundo, y yo le daría todo lo que me quedase en esta vida y en todas las que vinieran después para compensarlo.

Estela subió los escalones con la cabeza alta.

Comenzó a sonar un tambor a un ritmo pausado pero constante que avisaba de lo que estaba por ocurrir.

El pasillo humano volvió a abrirse y todos los rostros se giraron hacia atrás.

Mendoza caminaba al ritmo de la percusión, recto, serio, con la mirada al frente.

Y detrás, algo más torpe y cabizbajo, caminaba su notario.

Otro guardia los seguía a cierta distancia.

El inquisidor subió y se colocó a la derecha de Estela.

El último golpe del tambor coincidió con Mendoza colocando su pie, posándose en el centro del tablado.

Este hizo un gesto con la mano y su asistente le entregó un papel que desenrolló y leyó en voz alta.

—Los acontecimientos recientes, de los que seguro todos vosotros os habéis hecho eco a estas alturas, nos obligan a tomar estas medidas con total urgencia. El diablo, el mismísimo Satanás, se encuentra entre nosotros.

Escuché cómo varias personas exclamaban gritos ahogados de sorpresa.

—Ha sido llamado, reclamado por esta bruja.

Señaló a Estela y procuró que esas últimas palabras quedaran bien marcadas.

Un abucheo sonó por encima de las palabras de Mendoza.

Era Simón, el padre de las dos hermanas que seguían encerradas.

Ramón lo trajo a la reunión cuando se enteró de lo que quería hacer, y él fue el primero en ayudarme a desarrollar todo el plan.

Él también quería liberar a sus hijas de una muerte segura.

Sus quejas avivaron el griterío, y los vítores se apagaron entre las protestas. Hubo más abucheos.

—¡Silencio! —gritó con firmeza el capitán.

—Gracias, capitán de Biedma —sonrió Mendoza con agradecimiento—. Como iba diciendo. Esta bruja ha traído locura, violencia y caos. Y, lo peor de todo, ha puesto en riesgo la obra de Dios al corromper la fe de a saber cuántos de los vecinos de este pueblo.

Estela tembló al escuchar aquellas palabras.

Tuve que contener el impulso de subir hasta ella.

Tan frágil, tan asustada. No soportaba seguir esperando, pero había demasiadas cosas que podían salir mal si no aguardábamos al momento oportuno.

Desde arriba, Estela volvió a mirarme, y noté cómo sus labios comenzaban a temblar.

Le sonreí, intentando transmitirle serenidad.

Necesitaba que confiase en mí, que fuera paciente y que esperara, porque había mucho que perder, pero todo que ganar.

—... en consecuencia, para purgar los pecados y la presencia demoníaca, el santo tribunal impone la pena máxima.

Se condena a Estela... —calló para consultar algo con su asistente—.

Al no constar información sobre su familia, a ojos de este tribunal será Estela del Río, por ser ese el lugar donde apareció.

Como iba diciendo, se condena a Estela del Río a la única pena capaz de purgar la presencia de Satanás.

Arderá en la hoguera. —Se giró hacia Estela antes de acabar—. Que Dios esté contigo.

Enrolló de nuevo el documento y se echó a un lado. Kael dio otro trago de vino antes de subir para colocarse en el lugar que antes había ocupado Mendoza. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se aclaró la garganta para hablar.

—Hombres. ¡Atadla!

Pero ni Gonzalo ni Rodrigo se movieron.

Mi corazón comenzó a latir aún más deprisa. Miré a Gonzalo y asentí con la cabeza. Iba a pasar. Vi cómo Kael se aproximaba hacia ellos con enfado, pero los guardias seguían impasibles.

—¿No me habéis escuchado? Atadla. ¡Ahora mismo! —insistió Kael.

Y, como estaba planeado, ni Gonzalo ni Rodrigo dieron un paso. Estela los miraba, claramente confundida.

Pude ver a Uxía intercambiar miradas con sus padres, incrédulos.

—Obedeced —insistió el capitán dando un paso hacia delante.

Pero nadie se movió, ni siquiera el resto de guardias, aunque sabía que tenían miedo a enfrentarse a la tiranía de los de Biedma.

—¡Cállate la boca ya! —gritó alguien entre la multitud.

Una piedra golpeó al capitán en la cabeza. Aquella era mi señal. Miré a Ramón, que bajaba el brazo. A su lado, su hermano Pedro le golpeó la espalda felicitando su puntería, y después empujó a los guardias que tenía cerca.

Era la hora. Aparté a las personas que tenía delante y me abrí paso hacia las escaleras.

El capitán intentó pararme, pero alguien le agarró del pescuezo y lo tiró hacia atrás.

La gente comenzó a gritar, escuché golpes a mis espaldas y mucho revuelo.

Bajo la atónita mirada de Estela, subí a la tarima observando a mi alrededor, vigilando que todo siguiera como estaba pensado.

—Ero. —Estela pronunció mi nombre como si no creyese que me tenía delante.

Me moría de ganas de abrazarla y acunarla entre mis brazos para decirle que todo estaba bien, pero eso no era lo previsto. Tenía que sacarla de allí, rápido.

Kael se acercó a mí, y Mendoza y su secretario dieron un paso atrás.

—¡Alto! Guardias, apresadlo —gritó alguien entre la multitud.

El capitán de Biedma se había liberado y, tras desenvainar su espada, daba órdenes a los guardias, desquiciado. Kael miró a su alrededor buscando a alguno de sus soldados de confianza.

—¡Apresadlo! —ordenó.

Pero ni siquiera ellos le obedecían. Vi cómo los guardias que supuestamente habían jurado ser fieles a Kael discutían por cuál de ellos debía subir a por mí.

Al final, uno se atrevió a dar el paso. El mismo que me había impedido entrar en los calabozos.

Solo que ahora parecía más pequeño, más joven y mucho más débil.

Antes de que pudiera poner un pie en la tarima, Gonzalo y Rodrigo desenvainaron sus armas y le apuntaron.

—Piensa bien cuál va a ser tu próximo movimiento —dijo Gonzalo—, porque quizá deberías volver a tu puesto.

Dudó, y finalmente volvió a bajar las escaleras.

Caminé hasta el centro de la tarima dirigiéndome al público.

La muchedumbre gritaba y se pegaba. Los vecinos que defendían al capitán y al inquisidor, los que creían que la palabra de la Santa Iglesia era la verdadera, se encaraban con los que consideraban que todo aquello era una injusticia y un abuso de poder. Luarela estaba dividido.

Con un rápido vistazo, me di cuenta de que Simón había agarrado por la espalda al capitán de Biedma y lo tenía inmovilizado con un puñal apuntando a su cuello. Los guardias que tenía cerca y defendían al capitán alzaron las manos en un gesto de rendición.

Alcé la voz para intentar calmar a la gente.

—No queremos hacer daño a nadie. Más bien todo lo contrario —grité al público.

Varios de los vecinos dejaron de gritar y de enfrentarse y me miraron.

—Os han engañado. Os han mentido. Han jugado con vuestra fe, con vuestras vidas.

Y se lo habéis permitido todas y cada una de las veces.

Pero no es vuestra culpa. Sería injusto acusaros porque han usado vuestro miedo y vuestro sufrimiento para haceros creer que estáis en el lugar correcto.

Pero lo cierto es que todos nosotros no somos más que piezas en un juego de poder, influencias y ego.

—Poco a poco fui atrayendo la atención de los presentes—. Y esta caza de brujas acaba hoy.

—¡Cállate, hereje! —gritó Kael.

Caminó hacia mí con pasos firmes después de dar un largo trago de vino y desenvainó su espada con menos destreza de la que me tenía acostumbrado.

—¿Quién te crees que eres para presentarte aquí y poner en duda nuestro trabajo y el de la Iglesia?

—balbuceó; parecía que le costaba pronunciar cada palabra.

Como si hablar le doliese—. Aquí las decisiones no las tomas tú.

Así que mucho cuidado con lo que dices si no quieres terminar peor que la última vez.

¿O es que setenta azotes no te parecieron suficientes?

—Quizá el que debería controlar esa boca eres tú —me encaré a él.

Le arrebaté el odre de las manos.

—Pero ya está visto que el alcohol hace decir cosas que no deberíamos.