Todas las vidas hasta ti 58
89%

58

Lume: fuego.

Cuando las puertas a la plaza se abrieron, mi fortaleza se esfumó por completo. Me temblaron las piernas y las rodillas me fallaron. Gonzalo, que caminaba tras de mí, tuvo que sostener mi cuerpo durante unos segundos.

La plaza estaba llena. La multitud de vecinos nos rodeaba y todos gritaban, pero yo no podía escuchar lo que decían porque, al final de aquel pasillo humano que habían abierto para que yo llegase a una plataforma de madera, vi una gran pira junto a una antorcha encendida.

Tan solo bastó el olor a humo para que se me cerrara la garganta.

Sentí que me faltaba el aire y que mi cuerpo no respondía.

Un ligero apretón en el hombro me dio la fuerza que necesitaba para ponerme recta y comenzar a caminar.

La visión se me nubló. Me froté los ojos.

Al abrirlos de nuevo, supe al instante que ya no era yo.

Pero eso no hizo que lo sintiera más lejano ni menos intenso.

Era de noche y, sin embargo, una luz titilante iluminaba todos los rostros que me observaban desde abajo.

El humo me impedía mantener los ojos abiertos, me picaban y lo enturbiaba todo.

Pero no lo suficiente para no verlo a él.

Muerto en vida, un Ero más joven me observaba incrédulo, roto, vacío.

Sentía un cúmulo de todo y de nada. Dolor, pena, hastío, rabia, impotencia, deseos de venganza, incertidumbre y tristeza.

Mucha tristeza inundándome por completo, que solo se hacía más liviana cuando miraba esos ojos.

Aún vacíos, podía ver en ellos un brillo que me devolvía la esperanza.

Siempre había pensado que solo era una fantasía para tenerme más enamorada de lo que nunca había imaginado que podría estar, pero ahora no tenía dudas.

Porque no sabía cómo ni cuándo, pero en ese instante supe que lo haría.

Sabía que Ero encontraría la forma de cumplir su promesa.

El dolor se apagaba. Mi mente se nublaba cada vez más, todo me daba vueltas y el resto de mis sentidos comenzaban a distorsionarse y entremezclarse.

Podía escuchar el calor y saborear los colores rojo y naranja del fuego y oler el dolor de mi cuerpo.

Todo a mi alrededor desaparecía. Todo, salvo la esperanza.

Y, en aquel extraño vacío que sentía, la paz lo inundó todo porque, sencillamente, lo sabía.

Ero me encontraría.

Cogí aire como si hubiera pasado varios minutos aguantando la respiración. El oxígeno entró en mis pulmones. Todavía estaba lejos del fuego.

Miré a mi alrededor. Gonzalo me sujetaba, aguantaba mi peso para impedirme caer.

Lo que había visto no eran mis recuerdos.

No eran mis vivencias. Pero los revivía como si lo fueran, y no podía evitar lamentar las desgracias que Sabela había sufrido en tan poco tiempo.

Era solo una niña. No merecía nada de lo que le había pasado, y eso no hacía más que aumentar mi rabia y mi impotencia.

Podía sentir la misma sed de venganza que había sentido Sabela.

Y, si no era por mí, lo haría por ella. Alcé el mentón y eché a andar.

Caminé con la vista fija en el suelo. Mis pies descalzos avanzaban sobre el empedrado, y podía ver el bajo de la falda; estaba sucio.

El frío metal de los grilletes me arañaba la piel.

Pero también estaba el agarre amable de Gonzalo, sujetándome para que no me derrumbara.

Notaba el sabor metálico de la sangre. Oía... Oía a gente abucheándome.

No. Espera.

Algunos me defendían.

Seguí caminando, pero por fin me atreví a alzar la vista. Noté un escalofrío cuando vi el fuego en la antorcha. Estaba cerca, demasiado, y era grande, enorme.

Ondeaba, chisporroteaba, calentaba en la distancia.

¿Era real? ¿Estaba pasando de verdad?

Ya no escuchaba. No sentía. Solo veía.

El fin y el principio se unían.

Cerré los ojos.

¿Me asustaba morir? Sentí la incertidumbre y las incógnitas por lo desconocido. Pero no, no era la muerte lo que me aterraba. Era el fuego. Siempre había sido el fuego, porque el fuego había sido el destino de Sabela.

Y también parecía ser el mío.

Volví a abrir los ojos, preparada para enfrentarme a sus llamas.

Pero entonces lo vi a él.

Ahí estaba, entre la multitud, abriéndose paso.

Había venido. No me odiaba. ¿Me quería? No lo sabía, no me lo había dicho.

¿Podría llegar a quererme igual que la quería a ella?

No lo sabía, pero había venido. Y esos ojos que me atravesaban por completo me miraban de una forma tan única, tan familiar, tan intensa, que hacían desaparecer todo lo demás.

No me importaba si no me amaba, porque yo igualmente me quedaría a vivir en esa mirada sin pensarlo.

No tenía miedo a morir, pero sí lo tenía a separarme de él. Me arrepentí de no poder decirle todo lo que sentía por él, una última vez.

Gonzalo me llevó hacia la estructura de madera que había delante de la pira y, mientras una lágrima se deslizaba libre por mi mejilla, miré a la gran antorcha que me esperaba.

Por primera vez no tuve miedo al mirar las llamas.