Todas las vidas hasta ti 57
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Noxo: asco, repugnancia.

A través del pequeño ventanuco de la celda, pude ver que la oscuridad de la noche se aclaraba.

Debía de estar amaneciendo. Aquella espera se me estaba haciendo insoportable.

No conseguía dormir. Solo podía esperar, esperar y seguir esperando.

Me estaba volviendo loca. No habían vuelto a interrogarme ni había venido nadie más a visitarme.

Miraba hacia los barrotes esperando encontrar a Ero, que había venido a rescatarme.

Seguía pensando en el mensaje que Clara me había dado.

No me cabía duda de que intentaría llegar a mí de alguna manera.

Así lo sentía. Pero encontrarme no significaba necesariamente que consiguiera salvarme.

Herido, convaleciente... ¿Sería capaz de hacer frente a Kael y al resto de guardias en esas condiciones?

Confiaba en él, tenía que hacerlo. Aunque me sentía inútil quedándome ahí sentada esperando a que vinieran a por mí, no sabía qué otra cosa hacer.

Ya había intentado abrir los grilletes, romper las cadenas, excavar en la piedra para encontrar una salida.

Había suplicado a los guardias. Había gritado a través de los barrotes en busca de alguien que me escuchara y pudiese hacer algo desde fuera.

Y todo había tenido el mismo resultado: ninguno.

En mi desesperación, escuché unos ruidos que me dieron algo de esperanza. Unas voces y unos pasos rápidos se me acercaban por el pasillo; parecían nerviosos. Me puse en pie, pensando que podía ser Ero. Sin embargo, fue Kael quien apareció con pasos firmes.

Abrió la verja y se arrodilló junto a mí.

—¿Preparada?

Parpadeé varias veces, intentando entender qué estaba pasando. Dos guardias entraron tras él. Mis ojos fueron directos hacia Gonzalo. Verlo me alegró y esperaba que él lo notase en mi expresión. Pero no me miraba, tenía la vista fija en Rodrigo, que miraba al suelo.

Kael chasqueó los dedos. De inmediato, Gonzalo y Rodrigo caminaron hacia mí.

Los miré, buscando gesto de complicidad al que aferrarme, pero ninguno de ellos me devolvió la mirada. Sin embargo, cuando Gonzalo me agarró del brazo, habría jurado que... ¿me guiñó un ojo?

Giré la cabeza con velocidad para confirmarlo, pero su expresión seguía siendo la misma. Seria. Firme. Rodrigo me desencadenó de la pared mientras Gonzalo me sujetaba para que no me escapase.

No dije nada, pero mi expresión debía reflejar tanta confusión que Kael siguió.

—Se ha decidido que el castigo se ejecute de inmediato. La espera ha terminado. Enhorabuena.

Castigo. De inmediato.

Esas palabras resonaron en mi cabeza, y más que nunca quise despertar y volver a mi realidad.

Cuando me quitaron las cadenas, intenté zafarme del agarre de Gonzalo, pero él bloqueó mis movimientos con facilidad.

Me sentí pequeña; solo quería retrasar aquello.

Necesitaba más tiempo. Ero no había llegado aún.

Aunque, en realidad, no sabía si vendría siquiera.

Al ver mi desesperación, Kael se acercó hacia mí con paso relajado.

—Lo cierto es que desde que apareciste me generaste mucha curiosidad.

Demasiada, me atrevería a decir. Sospechaba que no estabas siendo del todo sincera, que nos ocultabas la verdad, pero no me importaba.

Porque pensaba que te abrirías a mí. Te di protección, cobijo, compañía, tranquilidad, influencia...

y podría haberte dado todo lo que pidieras.

Estaba dispuesto a aceptar el secreto que ocultas con tanto ahínco.

Deseé que Ero hubiese acabado lo que empezó aquella noche. Kael se acercó victorioso para susurrarme al oído.

—No soy príncipe ni rey, pero tengo poder.

Mucho más del que alguien como tú podría aspirar a tener.

Y, por supuesto, un escenario mucho mejor que el futuro desgraciado que vivirías al lado de un traidor como Ero.

Piénsalo. Nadie va a venir a por ti. Nadie.

—Ese segundo nadie sonó como una victoria para él—.

Dejé de buscar tu origen hace mucho, con la esperanza de que antes te dieras cuenta de que tenías todo lo que podías desear aquí. Conmigo.

Pasó el dorso de su mano sobre mi mejilla; moví la cara tratando de alejarme lo máximo de él, pero no pude evitar que me tocara.

Noté que Gonzalo y Rodrigo se tensaban a mi lado.

—Todavía puedo darte un futuro, Estela. Conmigo podrías tener una familia. Y nunca te faltaría de nada. Siempre que cumplieses con todos mis... —se detuvo para volver a acercar su boca a la mía sin llegar a tocarla— deseos.

Me sujetó de la barbilla.

Giré la cabeza para escapar de aquel contacto. Parecía confundido, como si hubiese esperado que su propuesta pudiera interesarme de alguna forma, cuando lo único que me producía era...

—Me das asco —dije sin vacilar.

Se rio.

—Aquí tienes tu merecido. Por embaucadora, mentirosa, por bruja.

No sabía qué pretendía con eso. ¿Ofenderme?

¿Regodearse? Quizá solo quería sentir que me vencía.

Nunca le habían negado nada, pues el mundo estaba hecho por y para personas como él.

Kael creía que todo le pertenecía, que podía tomar lo que quisiera o destruirlo si no le servía.

Le miré con rabia, sin apartar la vista de aquellos ojos que un día me parecieron bondadosos y que ahora odiaba.

Sonrió y me di cuenta de que no había acabado de humillarme.

—Aunque no me importaría probar esos labios una última vez. Como recuerdo, como premio por liberar al pueblo del diablo —siguió.

Moví la cara hacia un lado. Pensar que pudiera besarme me daba arcadas. La mano de Gonzalo se tensó sobre mi brazo y Rodrigo contenía la respiración. Estaban enfadados.

—Eres patético.

Los guardias seguían sujetándome con fuerza y Kael me agarró del cuello para que lo mirase. Mis palabras no le hicieron efecto y yo quería hacerle daño.

—Lamentable —dije esta vez pensándolo bien y mirándole a los ojos—. ¿Así es como tratas a todas las mujeres que te rechazan? Esta no es la primera vez. Te deshiciste de Sabela por lo mismo.

No podía resistirme más. Quizá yo ya estaba perdida, pero no podía soportar pensar que él asumiera que me había acobardado.

—¿Có... cómo...? —tartamudeó.

—Me lo dijo ella —sentencié.

Vi el miedo y la duda en sus ojos, pero también la rabia.

Sin decir nada, aplastó su boca contra la mía y yo no me resistí.

Pensé que aún podía vengarme una última vez.

Noté cómo su lengua intentaba abrirse camino y, por mucho que me asqueara, abrí los labios y le dejé pasar.

Aguanté una arcada. Sabía a vino y aguardiente.

Él se dejó llevar y, sin importarle la presencia de los guardias, se recreó sin ningún reparo en aquel beso mientras sujetaba mi cabeza.

Era el momento perfecto.

El odio me poseyó y no dudé al clavar mis dientes en su lengua. Mordí con todas mis fuerzas hasta que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca.

Un fuerte grito salió de su garganta y se separó de mí con brusquedad. Se llevó las manos a la boca y, con terror en sus ojos, se miró la sangre que manchaba los dedos. Acto seguido, me cruzó la cara con una bofetada.

—¡Bruja malnacida! —gritó.

O al menos eso es lo que entendí en su balbuceo.

Le devolví la mirada sonriente. Gonzalo seguía sujetándome y me pareció escuchar aire saliendo por su nariz, como ahogando una risa.

En mi momento más vulnerable me sentía valiente. Y, aunque no era la venganza que habría elegido, se acercaba bastante.

Dejé de sonreír y escupí al suelo, junto a sus pies. Un pequeño trozo de carne cayó entre el escupitajo, teñido con la sangre de su boca.

Kael se llevó las manos al cinto y cogió el odre que le colgaba de él. Se lo llevó a la boca para dar un largo trago. Vi cómo el alcohol le arrancaba una mueca de dolor al entrar en contacto con la herida antes de que se marchara sin decir una palabra más.

—Bien hecho —me susurró Rodrigo al oído, lo suficientemente bajo para que nadie más pudiera oírlo.

Quise aprovechar el momento para preguntarles, para suplicarles que me liberasen, pero entonces me obligaron a salir de la celda. Caminamos en la oscuridad de la prisión y subimos unas escaleras.

Cuando llegamos a la puerta de entrada, un olor encendió todas mis alertas.

Madera quemada.

Fuego.