Todas las vidas hasta ti 56
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Bruxa: mujer sabia que conocía de plantas medicinales y remedios naturales.

Allí abajo el tiempo parecía pasar más lento.

Y yo no sabía si dormía, soñaba o vivía en una pesadilla continua.

Estaba apoyada con la espalda en la pared, con la mirada perdida.

Traté de acomodarme los grilletes que me ardían en la piel.

Sentía miedo y vergüenza, pero también una rabia e impotencia que no me pertenecían solo a mí, sino también a Sabela.

Después de todas sus advertencias, había terminado como ella. Me sentía un fracaso, una decepción. Solo quedaba esperar.

Escuché el sonido de la puerta al abrirse y, de inmediato, me abracé las rodillas y escondí la cara entre ellas. No quería volver a enfrentarme a los guardias o a Mendoza.

—E... Estela —me llamó una voz dulce y familiar.

Levanté la cabeza, como si no me creyera lo que oía, y sentí mi cuerpo soltando toda la tensión que cargaba.

—Clara —logré decir ahogando un sollozo—, estás aquí.

Verla era tan agradable como doloroso. Detestaba estar en esa situación y, por la forma en la que me miraba, entendí que ella estaba igual de perdida que yo. Clara siempre me había ayudado, pero esta vez las dos sabíamos que no había forma de sacarme de allí.

Se agachó ante mí y me acercó una bandeja con comida.

El sonido metálico al arrastrarse sobre la piedra resonó en mis oídos con una intensidad insoportable.

Agudo, un pitido insufrible que me obligó a cerrar los ojos.

Al abrirlos, las mismas marcas en las muñecas, las paredes de piedra, el mismo olor a humedad. Pero ya no era yo.

Sabela quería que viese algo.

Una bandeja de comida junto a unos pies.

Unos zapatos masculinos. Subí la mirada.

Ante mí estaba Kael. Más joven, pero con la misma mirada de absoluta maldad.

¿Qué querría de Sabela? Hasta a mi propio orgullo le dolió sentir alivio al ver un rostro familiar antes de recordar la clase de persona que era.

Como en otras ocasiones, las palabras comenzaron a salir solas de mis labios.

—¿Qué haces aquí?

—Voy a ayudarte a salir.

Se agachó y se puso a mi altura, pero sin apoyar las rodillas en el suelo. Quizá, después de todo, se arrepentía y buscaba compensar el daño que me había hecho.

—Cásate conmigo. —Me miró con amabilidad y cariño.

Su petición me pilló de sorpresa. Sentí las náuseas subir por mi garganta.

—Si nos prometemos, podré intentar convencerlos de que no estabas en tus cabales y me responsabilizaré de ti. Diremos que pasabas por un periodo de locura y...

—No.

—¿No? Es tu única salida, Sabela. De lo contrario, ya sabes lo que ocurrirá. No van a prolongar las pesquisas. Es tu última oportunidad.

—Soy inocente.

—Lo sé. Pero si nos casamos, es posible que...

Me incliné hacia él para que me escuchara bien. Su frase se quedó a medias al enfrentarse al odio de mis ojos.

—Antes muerta. —Saboreé esas palabras, esperando que entendiese que la misma muerte sería mejor que una vida a su lado.

Su expresión se volvió seria, oscura incluso. Se puso de pie dirigiéndose a la salida.

—Que así sea.

No lo miré, tan solo escuché cómo sus pasos se alejaban.

—Una última cosa.

Levanté la mirada.

—Me faltó decir que la forma más sencilla de liberarte es haciendo que la persona que te incriminó retire la acusación. Y de primera mano te puedo decir que esa persona tenía intención de hacerlo. Pero le acaban de rechazar, así que no creo que siga dispuesta. Una pena.

Y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé paralizada, incapaz de reaccionar. Aquello que había visto tenía que ser imposible. Noté un golpe en el hombro. Estaba con Clara de nuevo.

—¿Estela? —pronunció mi nombre con preocupación—. Parece que te has ido lejos. ¿Estás bien?

No sabía por dónde empezar. Era como si todo hubiera estado delante de mis narices y hubiese decidido ignorarlo.

Pero, de golpe, todo cobró sentido. Kael había acusado a Sabela por despecho, incapaz de aceptar un no por respuesta, y había repetido el mismo patrón conmigo.

Ya no me quedaba ninguna duda de que, si a mí me estaba pasando esto, era también por su culpa.

—No ha sido fácil convencerlo, pero al menos he conseguido que me dejara verte —dijo Clara—.

He intentado convencerle de que debía liberarte, pero está...

está fuera de sí, nunca le había visto así.

No escucha y parece que nuestro padre no le pone ningún tipo de freno.

No me imaginaba que fuera capaz de llegar a este punto...

—Aguantó unas lágrimas que amenazaban con desbordarse—. No pensaba que fuese un monstruo.

—Pero lo es —añadí cortante.

Clara asintió. Me apretaba las manos con fuerza intentando darme consuelo.

—Les ha contado lo de tus dibujos. Dice que son tu forma de hacer magia negra. Que así conseguiste hechizarlo para que hiciera lo que hizo, y que de la misma forma hechizaste a Ero para que lo atacara. Que todo ha sido obra tuya, con la intención de corromperlos y traer al diablo al pueblo.

Hice un gesto rápido para señalar lo absurdo que era eso.

—No necesitas decir nada. Es evidente que ha buscado la excusa y la ocasión perfectas para que todas las miradas apunten hacia ti. Dice que mentiste desde el día en que llegaste. Que no perdiste la memoria y que todo formaba parte de un plan para desatar el caos.

Me acusaba sin fundamento y no tenía ninguna forma de demostrar que había mentido. Aunque quizá había bajado la guardia en algún momento y había dicho algo que no debía, y ahora lo estaba utilizando en mi contra. Nunca esperé quedarme tanto tiempo en el pasado ni que mi vida fuera a correr peligro.

Tampoco contaba con enamorarme en el proceso, pero estaba claro que el destino era caprichoso.

Sacudí la cabeza. No quería hablarle de mí. Tenía que contarle la nueva visión de Sabela.

—Fue él, Clara. Lo he visto.

—Lo sé, Estela. Eso te lo estoy diciendo. Ha sido Kael quien te ha acusado y no ha necesitado ocultarlo, sabe que solo basta con su testimonio... —Clara hablaba rápido, atropellando las palabras.

La interrumpí.

—¡Fue él quien acusó a Sabela! —No había forma de decirlo con suavidad—.

Por su culpa está muerta. No solo la violó, sino que nunca aceptó que ella lo rechazara.

¡Quiso someterla! Pensó que, si la ponía entre rejas, aceptaría casarse con él.

Pero ella volvió a rechazarlo y él terminó lo que empezó. Lo... lo siento.

Clara calló. Durante unos instantes pensé que no me había oído.

—Gracias —dijo al fin—. Con esto no hago más que reafirmar que elegí el bando correcto. Y Ero...

—Merece saberlo también. Merece saberlo todo. Se lo conté. Creí que me escucharía. Pero... está claro que no fue así.

—Hiciste lo correcto. Va a sacarte de aquí. No tengas duda de que hará todo lo que esté en su mano para liberarte. Alma me contó todo lo que pasó. Sé que no fue fácil para ti, pero tampoco debió de serlo para él. Ten confianza, está haciendo todo lo posible para llegar a ti.

Abrí los ojos al escuchar aquello. Pensé que seguiría enfadado conmigo, que me despreciaría después de contarle todo.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo sabes? —pregunté—. ¿Te lo ha dicho él? ¿No me odia?

Me sonrió con cariño.

—Me ha dejado un mensaje para ti mientras tanto.

—¿Un mensaje?

Recuperé algo de esperanza. Quizá no estaba todo perdido.

—Que da igual dónde te escondas, Estela. Te encontrará.

Me lancé a los brazos de Clara.

Recibir esas palabras fue como sentir que mi corazón volvía a latir. Esas palabras, esa frase. Ero me estaba dedicando la promesa que había mantenido con Sabela durante tantos años. Esa promesa que ahora cerraba conmigo.

Y eso solo podía significar dos cosas.

Ero me había perdonado.

Y aceptaba mi verdad.