Todas las vidas hasta ti 55
85%

55

Loubán: quien actúa con astucia y con malicia para beneficiarse.

Haber experimentado las visiones de Sabela no hacía que fuera más sencillo.

La humedad, el olor y el frío eran incluso más reales.

Exactamente el mismo proceso y las mismas preguntas que le hicieron a Sabela.

Pero lo peor era la incertidumbre, el tiempo que parecía no avanzar y esa impotencia de no poder salir de ahí ni contar con una defensa justa.

No tenía que estar allí. Las acusaciones de herejía y brujería, si bien siempre eran injustas, habían seguido un protocolo detallado, pero, en mi caso, se estaban saltando todos los pasos.

No hubo anuncio público, por lo que intuí que ese no era un caso como el resto y eso no hacía más que llenarme de rabia.

Antes de encerrarme en esa oscura celda, Mendoza me había interrogado mientras su secretario, ese hombre que siempre lo acompañaba, anotaba todo lo que decíamos.

O, al menos, todo lo que decía él, porque, tras unas pocas preguntas, comprendí que mis respuestas no servían de nada; me limité a guardar silencio, a pesar de las bofetadas que otro guardia, al que no conocía, me soltaba para que hablara.

—¿Confiesas haber hecho un pacto con Satanás para conseguir poderes sobrenaturales?

Silencio.

—¿No es cierto que se te ha visto caminando hacia el bosque en medio de la noche para practicar conjuros y retozar con el diablo?

Silencio.

—¿Fue durante la celebración del Sabbat cuando, junto con otras brujas, realizaste los maleficios que han atormentado a varios vecinos de este pueblo santo?

Silencio.

No tenía ningún sentido tratar de explicarme o justificarme. Si estaba allí, era porque ya tenían motivos suficientes para hacer conmigo lo que quisieran. Y el dolor de esos golpes no me doblegaba.

«Que no se le noten».

Había dicho Mendoza al hombre que estaba en la sala única y exclusivamente para torturarme.

«Kael ha sido muy concreto en su orden. Sin marcas visibles o muy notables. Quiere que conserve su belleza hasta el final».

Me dieron ganas de reír con esas palabras. Estaba rodeada de locos psicópatas.

«Si sangra, debemos parar».

Pero no sangré.

El sonido de la verja al abrirse me puso en alerta y me apreté contra la pared para estar lo más lejos posible de la puerta. Temía enfrentarme de nuevo a otro interrogatorio o, peor aún, a Kael.

—Déjanos solos. Estaremos bien —escuché que decía una voz.

Era Mendoza dirigiéndose al guardia que custodiaba mi celda.

No, no, no. Otra vez no.

Cuando entré en mi celda, no me aparté ni me escondí. Lo miré con repulsión, rabia, enfado. Asco.

—Por favor, no me mires así —pidió alzando las manos con una sonrisa de cautela en el rostro—. Soy solo un humilde siervo del Señor. Y por eso vengo a verte ahora.

¿Qué quería decir?

—Vengo para decirte que estás absuelta de todo pecado, muchacha.

Le miré sin entender lo que significaba aquello. Me puse en pie.

—¿Puedo irme? —pregunté, sorprendida.

Mendoza me sonrió con tristeza y soltó una carcajada seca.

—¿Qué? No, joven. Solo vengo a darte la buena nueva de que, aunque se te castigue en la Tierra, no serás condenada a los infiernos.

Parpadeé, confusa. La expresión de mi rostro debió de dejarle claro que no comprendía lo que me estaba diciendo porque procedió a explicarse.

—La Santa Inquisición exige una investigación exhaustiva para los casos de brujería.

Se nos pide que, para imponer condena, se deben entregar pruebas suficientes.

Las acusaciones vecinales no son válidas por sí solas, deben ir apoyadas de hechos fehacientes.

Y, querida, no hemos encontrado las pruebas suficientes para mantener tu detención.

Pero eso eran... buenas noticias. ¡Eso significaba que ya no tenían motivos para retenerme ahí!

—Pero, como comprenderás, soy muy mayor ya para buscarme nuevos enemigos.

Una ola de frustración me recorrió el cuerpo; volví a caer al suelo, devastada. Sabía que no podía ser tan fácil.

—Así que, a efectos de este Santo Tribunal, no cabe duda de tu amistad con Satanás.

—Su voz sonaba entrecortada, como si le costase pronunciar aquellas palabras—.

Lamento decirte que te has metido con quien no debías, y yo no quiero seguir el mismo camino.

Necesito que el capitán y su hijo sigan teniéndome en alta estima.

Tienen la influencia suficiente para acabar conmigo y con todo lo que he conseguido si me aparto de lo que tienen previsto.

Qué ilusa era por haber creído un solo segundo que tendría escapatoria.

—¿Por qué me cuentas eso si no cambia nada mi situación? —grité con toda la rabia que sentía ardiéndome por dentro—. ¿Quieres regodearte en mi miseria?

—¿No cambia nada? Lo cambia todo, encanto —dijo agachándose hacia mí con una amplia sonrisa en el rostro—. Te lo cuento porque, como fiel siervo de Dios, debo hacerte saber que él te perdona. Que estás libre de pecado a sus ojos.

Comencé a reírme de forma exagerada. Mendoza se echó hacia atrás por mi reacción. Le miré a los ojos. Odiaba a aquel hombre que creía que hablaba en nombre de un dios.

—Tu Dios y tú os podéis ir al mismísimo infierno.

Escupí a sus pies, esperando algún tipo de reacción o, al menos, que me dejara en paz, si es que no pensaba ni ayudarme ni torturarme. Murmuró para sí unas palabras que parecían latín.

Después hizo la señal de la cruz sobre mí.

—Que el Señor, nuestro Dios, esté contigo.